Aguadas está sobre una meseta, a 2.214 metros sobre el nivel del mar. Cada tanto, el vapor que sube del valle del río Cauca, o del cañón del Arma, se convierte en neblina espesa, perenne, que cubre las montañas. Entonces el horizonte se pierde. Aguadas es “la ciudad de las brumas”. Pero también es la capital del pasillo colombiano. Tanto es así que, cada año, ese ritmo se mete hasta a la misa dominical.
En bandejas de plata, mecidas al ritmo de pasillo, entran las ofrendas: pan dorado, vino y uvas. El sacerdote, desde el púlpito, hace una apología de esa música importada de Europa y adaptada en los Andes:
—Tenemos que conservar nuestra tradición, lo que nos hace únicos en el país y el mundo. Ustedes, las nuevas generaciones, son los guardianes de nuestra cultura.
La escena es del Festival Nacional del Pasillo Colombiano, celebrado este año entre el 13 y 14 de noviembre. Es la edición número 30 del evento. Hasta la ciudad de las brumas llegaron bailarines, intérpretes y coreógrafos de todo el país. Luz Elena Castaño, la directora del Festival, cuenta que este fue un sueño de unos jóvenes que, hace tres décadas, se empeñaron en mantener vivo el pasillo.
La idea desde el comienzo fue hacer homenaje a los hermanos Hernández, aguadeños que llevaron la música andina colombiana al mundo. El trío de hermanos se paseó por América Latina y Europa dando a conocer los ritmos que sonaban en los pueblos andinos, encaramados, como Aguadas, en lo más alto de la cordillera.
Los Hernández, que en realidad eran diez, comenzaron su vida musical bajo la carpa de un circo. En medio del ambiente circense se dieron a conocer. Hoy, a cien años del nacimiento de los músicos, una carpa de circo les hace homenaje. Cada versión del festival, desde el comienzo, lleva el nombre de los eternos músicos aguadeños.
Los orígenes
El objetivo central del festival es mantener vivo el pasillo y que las nuevas generaciones se apropien de él. “Este es un ritmo histórico, el de la libertad. En un comienzo fue adoptado por las clases aristocráticas y luego se fue extendiendo”, explica la directora del festival.
Y es que el pasillo tiene sus orígenes en los estertores de la Colonia. Hacia 1800, las clases aristocráticas, en un afán por diferenciarse del pueblo, hicieron una adaptación del vals austriaco. Tomaron el concepto de ese baile y lo fueron puliendo, hasta crear un sincretismo cultural que resultó en un nuevo género.
Por ese origen, al pasillo se le ha endilgado cierto esnobismo; se le ha considerado como un trasplante de una tradición europea. La versión más aceptada es que el nombre viene de “pequeño paso”. En Panamá y Venezuela, donde también es popular el pasillo, se le llama valse, tal cual como se llamaba el baile europeo.
Sin embargo, pasados dos siglos de su origen, sus raíces calaron en el pueblo. Ahora es un ritmo auténticamente colombiano.
Así lo considera Gina Paola Ríos, una aguadeña que baila pasillo desde los 11 años. Este año se presentó en el festival con su pareja de baile, Óscar Gionvanny Palacio. Comenzaron a bailar en el colegio.
—Desde la escuela estamos bailando. El pasillo es la identidad de Aguadas—dice Óscar Giovanny.
—Es tanto así—complementa Gina— que el pasillo suena hasta en los quinces. En la hora loca suena un pasillo y todo el mundo sale a bailar. Es un ritmo emblemático del pueblo.
La pareja de bailarines es una muestra del relevo generacional del pasillo. Gina tiene 23 años y Óscar Giovanny, 25. Para ambos, el pasillo está lejos de morir y, prueba de ello, son los cientos de bailarines jóvenes que cada año llegan a participar en el festival.
La 30 versión estuvo marcada por presentaciones de grupos de otras regiones. Por ejemplo, desde Tunja llegó Lina Díaz, una bailarina perteneciente al grupo cultural Otrora. En 2018 había estado en Aguadas, pero este año salió sorprendida:
—El nivel en esta edición ha sido altísimo. Ver a los demás competidores es muy lindo, porque tienen un grandísmo talento.
Además de la misa con pasillo, en el festival se realizó el tradicional desfile. Por las calles de Aguadas, brumosas y empinadas, decenas de bailarines desfilaron. Lo hicieron, claro, a ritmo de pasillo. Las mujeres, con sus enaguas coloridas, las calzonarias abundantes, las blusas de manga larga y las polleras; los hombres, calzando cotiza, usando el rabo de gallo, el sombrero aguadeño y el machete al cinto.
Aunque el festival se realiza solo una vez al año, el pasillo está vivo todo el tiempo. Aguadas, la capital del pasillo, es más que un slogan. Porque, como dice la bailarina aguadeña, hasta en los quinces se gozan un pasillo.