Una vez el Señor Ok vio al legendario grafitero La Plaga rayando un muro de Medellín y quiso ser como él: compró vinilos, pinceles y empezó a dibujar animales. Más adelante plasmó en las paredes los rostros de su novia, sus amigos y hasta su gata en un estilo expresionista: vinilo y extensores para “manchar” en gran formato.
Sus series son sobre rostros sin nombre o lugares comunes, tan anónimas como su nombre, Señor Ok, “un gesto, alguien que no existe”, según dice. Su tag o firma es un conejo, como una estampa de autor. Lleva ya 10 años y aunque ha recibido múltiples comparendos de la Policía (ver Cómo funciona), le gusta pasar inadvertido dibujando en los barrios y el Centro. No le importa, es lo que le gusta.
Quienes hacen arte urbano en espacio público, es más, quienes solo ponen una firma, se enfrentan a dilemas complejos: ¿por qué es ilegal?, ¿es arte o vandalismo?, ¿todos son artistas?, ¿si es un arte menor, cómo se explica el fenómeno Banksy?
Porque con él tiemblan todos los conceptos: en octubre del año pasado, en una subasta de la casa Sotheby’s, una pintura suya, Niña con globo, se vendió por 1,3 millones de dólares. Era una pieza que alguna vez estuvo en una pared en la calle y que el artista además le puso una sorpresa: tan pronto consiguió su precio y se dio el golpe de martillo, el lienzo pasó por una trituradora que estaba escondida debajo del marco y se autodestruyó. Se convirtió, dijo la casa de subastas en su momento, en “historia mundial del arte instantáneo”.
Y puede hacer la comparación del precio, para entender qué tanto se han valorado las obras del artista callejero: en 2016, la escultura de bronce Hombre a caballo, de Fernando Botero, fue adquirida en subasta por 1.8 millones de dólares. También la vendió Sotheby’s.
La historia con Banksy sigue: la reciente aparición de una obra suya en plena Bienal de Venecia, una de las más importantes en el mundo. ¿Por qué estaba ahí si es un artista de la calle?
Porque a veces convive el street art con la legalidad, como también pasa en Medellín en la Comuna 13, que incluso tiene un Grafitour, el recorrido por Ayacucho, que es casi una visita obligada para los turistas.
El artista británico, sin embargo, volvió lo ilegal y vandálico una paradoja. Si el rayón del muro lo hace Banksy, ¿en cuánto vendería el muro?
Los antecedentes
No hay un solo surgimiento del grafiti. “Como se le conoce hoy nació en varias ciudades, especialmente Nueva York”, escribe Sandrine Pereira en el libro Grafiti (2003).
Especialmente en los 60 y los 70, las protestas laborales y estudiantiles en Europa y EE. UU. estimularon su uso con eslóganes políticos en los muros. Sin embargo, este medio de expresión no se quedó ni en el aerosol ni en un solo mensaje.
El investigador Emilio Fernández Herrero, autor del estudio Origen, evolución y auge del arte urbano, explica que el grafiti no era el un único medio de expresión de las calles. En los 80 y 90 se popularizaron técnicas como el sticker, el esténcil, el mural y el póster (ver destacados), y se empezó a hablar de todos estos como street art.
Por ejemplo, lo que hace Banksy es arte urbano –específicamente esténcil– no grafiti. El Urban Dictionary lo define en varios términos: 1. “El que está en espacio público”, 2. “Generalmente se refiere a arte de naturaleza ilícita (en oposición a iniciativas de gobierno o la comunidad; 3. “Obra de arte moderna”.
En los 80 comenzó su auge en Latinoamérica, también como medio de crítica social y política. A Medellín arribó en los 90, especialmente en las zonas periféricas como los barrios Las Independencias I y II, con mensajes de paz, cultura y transformación social.
Ahora los puentes, Comunas, deprimidos, muros abandonados o incluso las casas tienen un grafiti en sus paredes. Zonas como la 13, Santo Domingo, Ayacucho, los bajos del Metrocable y el Centro son el escenario de expresión.
¿Ilegal?
En 2010 la Fundación Mi Sangre de Juanes invitó a la Casa de Hip Hop Kolacho para que se inventara un recorrido por la 13 que incluyera expresiones como el rap, el grafiti y el break dance. Los artistas Perrograff y Jeihhco diseñaron una guía turística –grafitour– que ahora lleva 3.000 visitantes al mes a ver su trabajo.
Según el abogado y miembro del colectivo Resistencia del Arte, David Gómez, los que se hacen en esta zona tienen la connivencia de la comunidad. “Desde lo jurídico hablamos de manifestación de la voluntad. Los grafitis de la 13 tienen autorización de los dueños de las casas, pero el espacio público es público, no puedo rayar cualquier muro o una iglesia porque sí”.
Explica que el territorio común hace que este oficio también sea tachado, borrado, controlado, perseguido, criminalizado y, en últimas, estigmatizado. Frente a esto la ley en Colombia es clara. El Código Nacional de Policía (ver módulo) plantea que no se puede rayar en el espacio público o privado sin el debido consentimiento de sus dueños.
El tema es doblemente filoso si se tiene en cuenta que a algunos grafiteros tampoco les interesa legalizarse: “Si es legal, no es grafiti”, reza un lema del gremio.
¿Es arte?
“Hay una línea delgada en si es legal o ilegal, pero no se trata de llenar la ciudad de firmas o rayar por rayar”, comenta David Ocampo, director de la Fundación Trash Art, escuela de formación en grafiti en la ciudad.
Dentro del gremio, no todos son artistas ni todos hacen arte. La distinción es básicamente la calidad de la intervención. “Una pieza de arte se origina desde la intencionalidad del artista de crear”, explica David Gómez.
Una obra de Alejandro Paucar (foto) requiere un diseño previo, bocetos con la idea, preparación del lienzo (muro) y la elaboración final. Su trabajo parte de la exploración por la figura humana desde sus formas, expresiones y su entorno. Además en él aplica su conocimiento como publicista, artista e ilustrador. Otra cosa es hacer la firma por la firma o escribir un mero mensaje político.
No todo es arte ni una experiencia estética. “Los hay de gran formato, políticos, estéticos, también hay rayones desordenados y feos”, comenta El Rojo, director de Pictopía, festival de arte urbano y muralismo que se hace desde hace siete años en Medellín. Él hace grafitis desde los 20 años, empezó en 2007.
Lo local y su propuesta
Para gestionar sus muros y mediar entre los artistas y la ciudad, la Alcaldía de Medellín administra el tema a través de cuatro de sus secretarías, Ambiente, Infraestructura, Cultura y Juventud.
“Sabemos que es un estilo contestatario, juvenil, de resistencia; también que prima la vida y el derecho de todos”, explica Alejandro de Bedout, secretario de la Juventud de Medellín. Para él esa ciudad “lúgubre y oscura” que despunta en las calles solitarias puede ser revivida por expresiones como el arte urbano.
En Mesagraf se reciben entre 10 y 15 solicitudes mensuales para hacer intervenciones en los barrios o en la ciudad. Sin embargo, según fuentes institucionales y los mismos grafiteros, estos no representan ni siquiera el 10 % de lo que en realidad se pinta.
Esto ha llevado a que se hagan “intervenciones no gestionadas”, como actualmente ocurre en los bajos del Puente de la 4 Sur, donde no hubo concertación con la administración sino que los jóvenes pusieron sus dibujos y tags a discreción.
No sucede así cuando hay concertación. Alejandro de Bedout explica que en la calle 10 se hará este año una intervención de $2.200 millones de pesos a través de la Agencia APP de la Alcaldía. A través de convocatoria se comisionarán algunos murales en diálogo con los artistas. La administración pondrá un porcentaje y los comerciantes otro.
A través de Mesagraf, la Administración ha insistido en que hay que vincular a los artistas urbanos pero “controlando su uso” cuando no está en el marco de la ley.
A medio camino, la tensión entre los dos sectores se mantiene: por un lado los grafiteros rayan, pintan, pegan y dicen lo que sienten, y por el otro, Aseo y Ornato, como se llama el equipo encargado de borra, limpia y regresa las paredes a su estado original.
Doble filo
La joya de la corona en Medellín para cualquier grafitero es el deprimido de San Juan, por diferentes razones: es amplio, visible, central y cercano a Alpujarra, símbolo del poder público.
Este ahora no está habilitado para dibujar, lo que ha hecho discrepar a la comunidad de artistas. “No queremos que lo que hacemos se domestique, que nos digan qué es lo que debemos pintar”, señala el Señor Ok.
Lo que más le gusta al Señor Ok es enfrentarse a las situaciones de la calle, hablar con la gente, negociar con las “fuerzas” del lugar. “Luego de que termino, ellas se tienen que defender solas”, dice.
El Rojo quiere omitir la palabra vandálico del lenguaje. Prefiere hablar de espíritu rebelde o incluso un lenguaje de resiliencia (recuperación de los lugares), porque también las intervenciones son ejercicios de memoria.
De hecho, ahora mismo varios grafiteros están pensando en qué muro de la ciudad van a rayar y qué estrategia harán para evitar una o dos multas: uso indebido de espacio público y contaminación ambiental (por la cantidad de plomo que contienen los aerosoles).
La investigadora Sandrine Pereira lo plantea así: rayar o hacer arte parte de la vida moderna: la sociedad, la publicidad y la moda. No es un tema fácil de conciliar, porque, y si Banksy es el que pinta el muro de su casa, ¿lo borraría?.
500
mil pesos se puede gastar un grafitero en pinturas para para hacer un mural.
A diferencia de los grafitis, son más elaborados y generalmente más grandes. Antes de pintarlos se hace un estudio previo y bocetos con el concepto o relato que tendrá la obra. Desde el inicio del muralismo, los contenidos han abordado problemas socioculturales, políticos, comunitarias o simplemente estéticas del artista.
Es una expresión urbana para firmar, rayar, dibujar, protestar o criticar. Por lo general se habla de grafiti diferenciándolo del mural, en cuanto no está tan elaborado y estructurado como este. Viene del término italiano graffiti, que significa marca o inscripción hecha rascando o rayando un muro.
Técnica de estampado en superficies a través de plantillas. Permite reproducir el formato cuantas veces se requiera. Es muy ágil y óptimo para escenarios que requieren rapidez. Se empezó a usar en Francia a mediados de los 60 y se popularizó en varios países en los 70. Hoy es muy utilizado en el mundo. Foto: Instagram Banksy
También se les llama pegatinas y contienen mensajes políticos, publicitarios, críticos o artísticos. Se empezaron a usar en las placas de los carros, luego se pegaban en señales de tránsito, paredes, cabinas telefónicas y hasta contenedores de basura.
CARTEL, PÓSTER O PEGATINA
Son figuras hechas en lámina por lo general de papel con un mensaje visual, sea texto, imágenes u otro recurso gráfico.
Sirve para divulgar información, eventos, un servicio, o un mensaje político. Puede ser una pieza con una intención estética o artística.