Por Selene Botero*
En Medellín durante los años 80 y 90 la gran mayoría de jóvenes de los barrios populares carecían de oportunidades, el tiempo se malgastaba en las esquinas convirtiéndose en presa fácil para las organizaciones criminales. Algunos, como el cantante y compositor Álex Oquendo, encontraron en el arte su salvación, y en la música su camino para denunciar la violencia.
Con la rebeldía que brinda la juventud, Álex Oquendo, desafió la incomprensión de sus padres quienes no le veían futuro como músico, el rechazo de los vecinos por esos sonidos guturales que su voz hacía como cantante de metal y la desconfianza que generaba para las autoridades su atuendo negro.
Fueron tiempos difíciles incluso para conseguir instrumentos y un garaje prestado que cumpliera la doble función de ensayadero y escenario; pero siguieron adelante y en 1988 sonaron las primeras notas de Masacre. Si bien este es un género de nicho y sus canciones no están inspiradas para darle gusto a los sellos disqueros comerciales, nadie, aunque no le guste el metal, le puede negar a Alex Oquendo y a su agrupación musical, la coherencia que han tenido durante más de 35 años de trayectoria cantando a la muerte.
Ha dicho que la música hace treinta años le sacó de la violencia...
“Nos liberó, claro que sí, en Medellín estaban reclutando “pelaos” para el sicariato y nosotros estábamos ajenos a todo eso, nos interesaba una guitarra, una batería, un casete, un disco y no en una moto, ni la ropa de moda, ni un arma, ni balas, ni droga, ni dinero. Crecimos viendo a nuestros amigos que estaban empezando a oír música, pero poco a poco se fueron reclutando en los ejércitos del sicariato. La música nos salvó y a través de la música hemos dado un mensaje en el que hemos salvado muchos jóvenes o por lo menos, los hemos puesto a pensar”.
¿Qué significa para Alex Oquendo estar en el Teatro Carlos Vieco?
“Me trae muchos recuerdos, estoy casi seguro que fuimos la primera banda de metal que se presentó en este escenario hace más de 30 años. Fue una época muy difícil, tratábamos de encontrar espacios dónde mostrar nuestra música a un público masivo, siempre tocábamos en lugares pequeños, por eso llegar acá fue un sueño cumplido. Venir a este Teatro se convirtió en un ritual para presentarnos, para ver y conocer otras bandas, también aquí realizábamos intercambios de casetes y discos. Esto tenía su magia, era como un templo, un templo del rock, el punk y el metal en Medellín”.
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¿Cómo fue esa irrupción en Medellín hace más de treinta años cantándole a la muerte, con cabello largo, voz gutural, vestuario negro?
“Éramos muy jóvenes y fue muy difícil luchar contra lo establecido porque en nuestras propias casas no aceptaban lo que cantábamos, también en el colegio éramos el punto negro. Nosotros estábamos en un momento muy radical, muy fuerte, pero también estábamos muy entregados a nuestras creencias, porque vivíamos en una ciudad, una Medellín, en un momento muy violento y nadie estaba protestando ni se rebelaba, la gente aceptaba lo que sucedía y nosotros a través de la música, nuestra simbología y vestuario, expresábamos ese rechazo”.
Cuenta que cuando caminaba por la calle la gente se pasaba de acera
“Hay gente que relaciona esta música con droga, con satanismo y lo que no ven es que a veces hay más satanismo en una corbata, en una túnica, en ciertos lugares burocráticos, políticos, religiosos y sociales; que en el metal. La música tan sólo ha sido un escape como lo es el arte. El arte es una manera de liberarse un poco de esa realidad”.
Manrique, ubicado en la comuna nororiental de Medellín es el lugar donde transcurrió la infancia y juventud de Alex Oquendo, quien agradece a este barrio porque aquí se forjó y sonó por primera vez su música. Para esta entrevista Oquendo regresó décadas después y recuerda que hace poco le preguntó a su mamá por qué se habían ido de Manrique en los 90 y ella le respondió que si no se hubiesen ido no estaría vivo, Alex opina que sin estigmatizar cree que puede ser cierto lo que dice su madre porque de los amigos de aquella época sobreviven tal vez uno o dos.
¿Cómo era su vida de joven en Manrique?
“A estas calles vinieron personas a reclutar jóvenes para el sicariato y la mayoría de los de mi generación estaban tentados a tener una moto, un arma, a que lo siguieran las mujeres, a tener “poder” entre comillas, un poder que no duraba mucho. En cambio, la música sí nos dio el poder, nos dio la fuerza, nos ha dado la vida para poder contar lo que ha sucedido en la Medellín de aquella época”.
¿Y a quiénes no se reclutaron en el narcotráfico también fueron víctimas inocentes como algunos de sus amigos que murieron en la masacre de El Viejo Baúl el 4 de abril de 1990?
“Recuerdo mucho la masacre de El Viejo Baúl porque tenía amigos que murieron allí. Si bien no existía internet la noticia se conocía de inmediato y se convertía en el terror de los hogares. Nuestros padres nos decían que mucho cuidado, que no saliéramos, que miráramos lo que acababa de pasar... Yo siento que esa Medellín dolida, sufrida, batallada, masacrada; esa es la que se vuelve parte de mis mensajes, de mis letras, de ahí tomo esos fragmentos y me inspiro para componer y escribir mis canciones”.
¿De allí nace el nombre de Masacre?
“Estábamos tocando un estilo que se llama death metal porque la muerte era la realidad que estábamos viviendo, en la que crecimos, y se ha vuelto pasado, presente y futuro. No fue difícil pensar en un nombre para una banda de una ciudad que sólo vive la muerte, Masacre es un nombre que lo describe todo, y en nuestras letras y carátulas tratamos también de ser muy directos”.
¿Para qué seguirle cantando a la muerte?
“Es que crecimos en ella, nos hemos desarrollado a través de ella, la hemos esquivado, le hemos sobrevivido. De todas maneras, nacimos para morir, pero no tenemos que vivir ese derramamiento de sangre en nuestra ciudad, entonces a través de esas letras quiero rechazar lo que está pasando y que la juventud promueva un cambio en esta sociedad”.
¿Hace 30 años cómo lograban encontrar un lugar para ensayar en un género de nicho?
“Fue muy difícil montar una banda musical, incluso aprender a tocar los instrumentos porque todos fuimos empíricos. Aunque me metí a una academia de solfeo sólo me enseñaban música popular y eso no era lo que buscaba. Entonces seguía los cantantes que me gustaban, imitaba su tono de voz, cada amigo fue escogiendo el instrumento con el que se identificaba y de ahí en adelante nos pusimos a componer.
En esa época ni siquiera podíamos conseguir instrumentos, entonces compartíamos las guitarras entre varias bandas y nos grabábamos en pequeñas consolas, llevábamos una grabadora y con ella producíamos las canciones, luego esos casetes los pasábamos por toda la ciudad, las letras las apuntábamos en un cuaderno al que le sacábamos fotocopias para repartirlas; de esa manera nos fuimos dando a conocer. No existían muchos lugares donde ensayar, pagábamos por hora de ensayo y el lugar se volvía escenario porque entraban diez o doce personas a escucharnos”.
¿Siguen cantando al desamor para seguir enfrentando la sociedad?
“Creo que es una mentira cantarle al amor y a sentimientos que no estamos practicando, otros géneros en Medellín le cantan al amor y a la mujer, pero en sus temas no las respetan ni cumplen con los valores que promueven; por el contrario en Masacre tenemos un compromiso de contar la realidad de la muerte, la violencia y la desigualdad”.
A su edad le preguntan ¿para qué seguir en una banda musical?
“Claro, algunos nos dicen los dinosaurios del metal porque hemos estado aquí toda la vida, pero es que este es un compromiso de vida, es lo que nosotros elegimos, no me veo sin mi banda, nacimos para esto, hay gente que nace para otras cosas, pero en Masacre sentimos que debemos seguir transmitiendo un mensaje. Estamos haciendo tours por Europa, visitando lugares que sería difícil pensar que en castellano pudiésemos presentarnos, sin embargo, llegamos a Polonia, Alemania, Bélgica, Dinamarca, Inglaterra, y el grupo tiene una acogida enorme, el público en todos esos países conoce y canta nuestros temas”.
Desde su creación en 1988, Masacre ha producido siete álbumes y más de 50 canciones, Oquendo atribuye este éxito a la persistencia y producción de discos no sólo en Colombia sino con sellos disqueros internacionales.
¿Un papá metalero le puede hablar a sus hijos de esperanza?
“Mis hijos saben lo que yo canto, lo que expreso, lo que soy. A veces me dicen que soy muy radical, pero si yo no defiendo lo que pienso ¿quién va a defender ese ideal? Trato de que vean en mí un ejemplo, nunca la música y el arte fueron una excusa para consumir drogas sino que través del arte expresamos la realidad, hay quienes lo hacen a través del deporte, la literatura, la pintura... existen otros caminos para expresarse de manera honesta”.
Cuál es su análisis 30 años después de los tiempos de Pablo Escobar
“No ha cambiado mucho, esas décadas fueron de guerra y a veces pienso que la posguerra está peor. La Medellín de hace 30 años era una ciudad más cruda donde estábamos empezando a identificar una violencia que no conocíamos en nuestros barrios, pero ahora sigue incontrolable. También hay una pérdida de valores muy tenaz, a veces le digo a mi hijo que el paisa pujante, berraco, el que le daba un golpe a la tierra y salía adelante quedó atrás, ahora quieren hacer una “vuelta” y “triunfar”.
Con esta serie buscamos exorcizar una época ¿qué recomienda?
“Esa época fue tan dura que aún la estamos recordando y hablando de ella. No podemos olvidar un momento tan fuerte de nuestra ciudad y de Colombia porque estamos en riesgo de repetir esa historia. Infortunadamente las temáticas de nuestras letras siguen vigentes, hay canciones que escribimos hace 35 años y cuando las cantamos la gente dice que seguimos igual”.
¿Y cómo exorcizar a Pablo Escobar?
“Muchas veces en nuestras giras cuando decimos que venimos de Medellín de inmediato comentan: ¡Ah! de donde Pablo, y nosotros no queremos mencionar ese nombre, para nosotros ese nombre fue una pesadilla y fue una realidad muy dura, algunos lo consideran un héroe, pero a nosotros nos tocó escondernos y ver morir gente que queríamos mucho por culpa del narcoterrorismo. Masacre de alguna manera con la música ha logrado cambios, el mensaje ha sido muy fuerte pero quitamos soldados a los violentos y los hemos metido a nuestro ejército de música. Nuestro compromiso fue narrar esa historia, crecimos en esa época viendo a nuestros amigos morir, algunos incorporarse al narcotráfico, algunos meterse en el camino de la violencia, y tal vez si hubieran tomado el camino de la música o del arte se hubiesen salvado y habrían salvado otras vidas. Queremos que la nueva semilla de jóvenes pueda crear una nueva Colombia”.
El arte exorciza la tragedia de una ciudad
*ExorcizArte Pablo es una serie de 9 episodios producidos por Teleantioquia y con la dirección y coproducción de la periodista Selene Botero. EL COLOMBIANO es aliado en este proyecto que entrevista a personajes que vivieron en Medellín en tiempos de Pablo Escobar y que han tenido la valentía de abordar el tema del narcoterrorismo utilizando recursos artísticos como literatura, cine, música, pintura, ensayo, teatro, fotografía y periodismo narrativo. Cada nuevo episodio se emite los domingos a las 8:00 p. m. por Teleantioquia.