Plácido Domingo entró puntual al coliseo del antiguo colegio de Palermo, en El Poblado. Venía acompañado de una comitiva compuesta por su hijo –que es también su manager– y por sus asistentes. En el escenario lo esperaban los músicos de la orquesta filarmónica de Medellín, con sus instrumentos listos. Domingo saludó a la gente que se cruzó en su camino y firmó una pintura que Blanca Luz Valencia, una pintora amateur, hizo de él, un retrato que lo muestra con sombrero de copa alta, foulard negro, vestido de gala.
Apenas entró al sitio, una corriente magnética pasó por las vértebras de los asistentes, el fenómeno que se produce cuando una celebridad de verdad, alguien que ya tiene un puesto asegurado en los libros de historia, entra a cualquier sitio. ¿Exageración? Domingo es el hombre que durante más tiempo ha sido ovacionado por un público: el 30 de julio de 1991 recibió en Viena, tras interpretar a Otelo, un aplauso que duró una hora y veinte minutos. Un récord.
Tras saludar a los músicos y destapar una pequeña botella de agua, el cantante comenzó un ensayo lleno de momentos memorables. Uno de ellos fue cuando interpretó, en compañía del colombiano Valeriano Lanchas, Espumas y Pueblito viejo, dos canciones emblemáticas del folklore colombiano. Lo hizo dos veces: en la primera se familiarizó con los versos de Jorge Villamil y de José A. Morales, los autores respectivos de esos trozos del patrimonio nacional.
Ya en la segunda ocasión liberó por momentos el milagro de una voz que ha estremecido los escenarios del mundo. Mientras lo hizo, los músicos y los asistentes que se sentaron en las gradas del coliseo contuvieron la respiración o, al menos, supieron vagamente que presenciaba algo importante.