Lo primero que escribió Luis Miguel Rivas fue una canción. Tenía siete años y como se mantenía muy solo porque su mamá trabajaba en una fábrica, él se inventaba campeonatos de fútbol entre perros y tapas y veía televisión. Le gustaba mucho la canción de Pecos Bill de un vaquero, que ahora que lo piensa es atroz porque es de un tipo que acababa con los indígenas, con los búfalos, con todo, pero él era un niño y le llamaba la atención la cosa épica. Su canción es todo lo contrario, era sobre un indígena que se llamaba Águila Verde. No sabe ni por qué era contraria ni por qué lo puso así, pero todavía recuerda el corito: “Era todo tonto, pero era mi versión y no tenía ninguna ideología reivindicativa”
—¿Cómo era ese coro?
—(Canta) Era un indio, era un indio muy valiente/ águila verde, águila verde/ cuando iba con los indios atraía/ ahí a la gente, ahí a la gente. De escribir recuerdo esa canción y luego ya más grande, por ahí a los 14, 15, escribí un cuento de un tipo que por donde caminaba se iban apagando las luces, tal vez porque una vez me pasó ir por la noche y al estar bajo un farol se apagó y pensé como que alguien tuviera alguna energía o algo adentro que hiciera que por donde caminara hubiera oscuridad. No tenía tampoco ningún concepto, ni nada, sino esa situación, y recuerdo que escribí algo con esa idea, eso es lo primero que recuerdo haber escrito.
Luis Miguel recién lanzó un libro de cuentos, Malabarista nervioso, que llega cinco años después de su primera novela, Era más grande el muerto. El nombre sale de un poema que está en el libro No quiero metáforas.
—Cuando estaba leyendo el cuento La sonrisa de nuestra señora de la arepa, que es el segundo del libro y que es tan divertido, pensaba si te reís mucho escribiendo
—Yo vivo solo ya hace muchos años, pero cuando vivía con la mamá de Bruno, ella me contaba que yo estaba encerrado y de pronto oía unas carcajadas y se asomaba por la ventana y yo era muerto de risa y yo ni cuenta me daba. Estaba tan metido en el asunto, que estaba simplemente ahí en ese mundo y lo que pasaba era esa situación cómica. Por ejemplo en ese cuento, La sonrisa de nuestra señora de la arepa, empezó casi con la idea de un chiste, han ocurrido tantos en nuestra sociedad, no sé, que aparece el número de la lotería en un pescado, la Virgen en una tapa de gaseosa... Quería jugar a eso, pero la idea era no quedarse solamente en el chiste, sino que partiendo de una situación que de por sí es graciosa porque hay una paradoja y un absurdo, a medida que uno va enriqueciendo el personaje o lo va armando para que no sea solamente el cliché del chiste, sino que sea una persona, va encontrando los matices en el personaje y un poco no porque quiera ser gracioso, ni porque quede claro que uno quiere hacer reír, sino que la situación es a veces tan trágica, tan dramática, que ya te da risa.
—Finalmente el humor es muy natural, está en tu personalidad.
—Sí, es una manera de estar en el mundo y de mirar las cosas. Hay técnicas, hay cursos de comedia y técnicas para construir chistes. Hay una metodología, pero en realidad lo que hace reír es una cosa espontánea, es un chispazo que surge en la persona.
─—¿Cómo sucede esa ruptura en vos, esos chispazos para que se dé un cuento?
—Sinceramente ahorita no recuerdo bien cómo son los procesos. Digamos el de la arepa, que es el más chistoso, la misma situación del personaje me fue llevando a las circunstancias. A él solo podía pasarle eso. Como yo lo concebí, solo le podían pasar cosas malas, porque hay seres humanos que cargan una especie de sino que por más intentos que hagan de que las cosas les salgan bien, siempre van optar por el camino errado y en esa persistencia en el equívoco es donde está la comedia. Una definición de comedia es que el personaje siempre está sometido a un vicio o a una compulsión que no puede evitar o a un obstáculo persistente que depende de sí mismo y está luchando con eso, pero siempre cae en ese mismo problema, en ese mismo error.
—En el primer cuento de este libro hay una reflexión sobre el estar, sobre la vida, y uno siente que es un Luis Miguel experimentando otras maneras de narrar.
—Claro, uno es muchas cosas y aunque tengamos una mirada que sea la más relevante, uno tiene muchas aristas, muchos universos dentro de uno. Quería explorar esos otros universos que no son solamente la vida de barrio y el lenguaje coloquial, que es un poco por lo que se me caracteriza, incluso era un poco un miedo de repetirme y de no caer en el manierismo, no volverse una repetición de sí mismo. Quería explorar esas otras maneras que hay en mí, tal vez para después volver al lenguaje de la novela Era más grande el muerto o De los amigos míos se siguen muriendo. A lo mejor descubro que en realidad es un tono en el que me siento muy cómodo, pero quería demostrarme que no era por facilismo, sino porque realmente es genuina esa mirada. Me parecía necesario explorar esas otras narraciones, hacer unos guiños y homenajes a esa manera clásica del cuento de fantasmas, por ejemplo, que es un narrador un poco erudito, más serio, pero a la vez hacerle una parodia a eso, porque no soy ni erudito ni serio, pero al menos manejar, conocer ese tono y elaborarlo y trabajar sobre él.
—Ese relato justamente se lo dedicás a Bruno, tu hijo
—A veces Bruno me pregunta qué estoy haciendo, y en el caso específico de ese le dije que estaba en un cuento de fantasmas y como él se autodenominó dark, le gustan las historias de terror y de fantasmas, cuando empecé con este le dije “ve, estoy escribiendo una historia de fantasmas”, y yo le contaba, no le leía, pero le contaba más o menos de qué iba y él me daba ideas, “ve, y por qué no tal cosa y tal otra”. De alguna manera participó en la escritura del cuento y no sé qué de lo que me dijo quedó, no recuerdo, pero en todo caso en un momento del proceso él estuvo ahí interesado. Una vez me dijo que si yo le iba a reconocer derechos de autor, si le iba a pagar, entonces yo le dije, “vamos a ver después, pero por lo pronto te lo voy a dedicar”. Con ocho años, cómo te parece, cómo será cuando tenga 15.
***
Bruno escribe, aunque dibuja más y hace esculturas con plastilina. A Luis Miguel no le interesa adjudicarle, sin embargo, sus frustraciones, sino que sea lo que él quiera ser. Le gusta que por ese contacto con él, de verlo escribir, de que se sienten en las mañanas, el papá a escribir y el hijo a dibujar, el niño vea natural el expresarse, no como una cosa rara.
—Decís que no tuviste ese ejemplo, pero sí estuviste cercano a los libros, que fueron tu compañía, los que no te regañaban.
—Ah, claro, sí, pero no tuve alguien, no una persona, no un contexto, un entorno humano familiar donde eso fuera una actividad que se valorara o que fuera importante. Nada. Crecí en un entorno en lo que lo importante era ganarse la vida, pagar el arriendo, todas estas cosas. Lo importante era hacer, más que hablar o reflexionar. Creo que por otras razones terminé aquí, también por cierta soledad que tuve de niño y por cosas que uno tiene naturalmente también, tuve esa cercanía con los libros y de ahí cuando los encontré, entré en ese universo.
—Tenés un clóset lleno de escritos...
—Sí, son más diarios. Es por una práctica que tengo hace muchos años de levantarme a escribir y escribo todas las mañanas los sueños o asociación libre. Tengo más en Medellín, dejé en casa de mi mamá un mundo, en Bogotá, pero muchas de esas cosas son simplemente cosas, hay muchas que son de diario de adolescente. Tal vez de ahí se puedan sacar ideas, pero realmente casi no vuelvo a leer porque me da vergüenza. También hay muchas cosas, mucha intimidad. Es más como por la práctica, ya interioricé la práctica de escribir como una manera mía de expresarme y no necesariamente todo lo que escribo es literatura o tiene una validez o una calidad literaria, pero es escribir.
—¿Qué vas a hacer con todos esos diarios? ¿O será que se publican cuando ya no estés?
—A lo mejor le pegue una leída más adelante y saque extractos, no una obra redonda y completa, sino fragmentos de ideas. También va a quedar como testimonio. A veces pienso que alguien en unos siglos quiera ver la vida de un ser humano día a día, qué pensaba durante su vida. Alguien que tenga la paciencia de leerse todo eso, el mismo Bruno cuando esté grande y quiera un poco saber quién era el padre, porque uno realmente nunca sabe quiénes son ni la madre ni el padre, así esté con ellos, pero en realidad uno no sabe toda la complejidad y los vericuetos del alma de alguien. Ojalá no me pase, bueno, no me puede pasar, pero me acordaba de un escritor chileno que murió no hace mucho, y la hija leyó los diarios y se suicidó, porque descubrió unas cosas que había del papá. En este caso pues no va a pasar, no tengo una doble vida, no soy Batman.
—Este Malabarista llega después de Era más grande el muerto, y es volver a los cuentos
—Sin embargo, yo después de Era más grande el muerto quedé muy enganchado, dentro de mí quedó la idea de novela muy fuerte y muy amplia como una posibilidad muy rica realmente de contar, porque como el cuento te exige tanta síntesis, te exige cierta represión, dosificación de información, ahí hay una cierta tensión de manejar la redondez. En cambio la novela te da esa libertad de agarrar un tema y explayarte y pormenorizar sin la tensión de tener que dosificar. Sin embargo, hay ciertas ideas que son realmente un cuento, pero después de la novela me he dedicado a leer más novelas y ahora estoy leyendo sobre todo unas largas que no había leído, Ana Karenina, Los Buddenbrook, Guerra y Paz. Todos esos mamotretos de 800 páginas y cada vez me gustan más. Me gusta más esa posibilidad de explayarse y pormenorizar la vida, porque mirá, precisamente ahora que estoy leyendo Los Buddenbrook, en el cuento uno puede más o menos dar idea de lo compleja que es una persona, o sea que una persona no es ni mala ni buena, sino que tiene matices y vos lo das a entender en un cuento por las acciones, por las palabras, pero en una novela podés contar esa complejidad a largo plazo y mostrar las transformaciones en el tiempo de una persona que en los primeros capítulos te puede parecer terriblemente despreciable, pero a medida vas viendo su evolución interna y viendo que esa misma sustancia que lo hacía despreciable es la misma donde hay un brillo: en la página 300 ves una cosa esplendorosa y noble. Ese proceso que es mucho más, digamos, riguroso, mucho más como es la vida, solo se puede dar en la novela, que permite mostrar procesos, en cambio en el cuento vos tenés que mostrar de entrada esa explosión. Por esa razón me está gustando mucho la novela. Y de hecho si ves acá hay unos cuentos que son largos, que tuve que dividir en pequeños capitulitos, porque venía de la experiencia de la novela, de querer ampliar, y eso me hacía que me extendiera un poco y que no me ciñera tanto a ese prurito de la síntesis y de la compresión del cuento.
—Así que vas por una novela de 800 páginas pronto.
—Pues sí, eso requeriría tiempo, pero me emociona esa posibilidad. Tengo una novela que empecé, que nada menos ayer la estuve tratando de retomar, pero es un proceso volver a engancharse. La tengo incluso estructurada, escaleteada, tengo escritos dos capítulos. El problema con esos proyectos es que hay una fuerza muy tremenda y de pronto parás por alguna razón unos meses o un tiempo y cuando volvés da dificultad entrar a ese universo. De hecho, con Era más grande el muerto me pasó también un poco así, un proyecto que había empezado hacía tiempos, lo volví a retomar y no alcanzaba a entrar, me demoré mucho para entrar en ese mundo. Eso es lo que la novela también tiene y eso lleva tiempo de escritura y de que no te funcione, pero seguís hasta que en un momento vas encontrando ese mundo, ese universo. En cambio, en el cuento a veces tienes ya el universo de entrada, la sensación, la intuición, y simplemente hay que desarrollar las acciones alrededor de un hecho, por ejemplo, significativo, de una imagen que viste muy potente o de una sensación donde está ya el concepto ahí comprimido y a veces el cuento es simplemente darle la carne y el hueso alrededor de esa idea. La novela requiere más extensión, no basta con una compresión.
—Y es dedicarte a ese mundo
—Claro, claro. Hay gente que es capaz, pero yo no soy capaz de trabajar, no me puedo dar ese lujo. Hay gente que trabaja en otras cosas en el día y escribe por las noches, y me parece muy bien, pero yo por mi personalidad no me puedo dar el lujo de ponerme a trabajar y no necesariamente es que esté escribiendo todo el día. Con Era más grande el muerto estuve un año y medio en ese mundo, pero si no estaba escribiendo, estaba buscando fotos, leyendo, pero dedicarse a escribir no es uno sentarse desde por la mañana hasta por la noche a teclear, sino organizar la vida alrededor de ese acto. Por eso la mayoría de la gente no se dedica a escribir, porque no puede o no tiene la audacia o la irresponsabilidad de meterse de lleno.
—El poema que le da nombre al libro, Malabarista Nervioso, dice que el que tiembla y trastabilla cada tarde domingo, evitando el caos de las cosas. ¿Eso también es un escritor, pues que tiembla y trastabilla y trata de evitar el caos?
—Es tal cual. La escritura es como un intento desesperado de darle un orden al caos de la vida en general y al caos de uno. Tratar de encontrar una explicación personal a través de un orden personal que uno le da al caos. De hecho, uno no escribe porque sepa, sino que escribe para saber qué sabe o para ir descubriendo, para ir sabiendo. Mucha gente piensa que un escritor es alguien que sabe algo y se sienta a escribir, en realidad un escritor es alguien que no sabe y se sienta a escribir a ver qué descubre.