Las armas químicas, esas que se condenan desde la Convención de La Haya en 1899 y las que la ONU exigió eliminar en 1997 con la Convención sobre Armas Químicas, siguen haciendo daño, luego de que en Siria el pasado martes murieran más de 80 personas a causa de un químico (al parecer gas sarín), como lo indica Turquía y la Organización Mundial de la Salud luego de las autopsias.
Una acción reprochable que el cine ha retratado en varias películas donde dichas armas son el tema principal o hacen parte de la trama, y en la que protagonistas y antagonistas deben luchar por no morir afectados por sustancias extrañas.
Si se habla de armas químicas, es también necesario hablar de las biológicas, aquellas que en vez de compuestos químicos usan bacterias o virus, como el llamado Antrax.
Por ejemplo, en la sexta película de James Bond: Al servicio de su majestad (1969), un grupo terrorista amenaza a la ONU con expandir un virus que mata a plantas y animales si no responden al pago de sus exigencias.
Mientras que en Omega Man (1971), filme de ciencia ficción protagonizado por Charlton Heston, se recurre a las armas biológicas para relatar la historia de un mundo donde China y Rusia crean un virus que afecta a la mayoría de la población mundial.
En otras ocasiones los filmes serie B son los que han aprovechado el temor y la “popularidad” de armas químicas y biológicas para llamar al público a las salas de cine, como lo intentaron cintas del estilo de The satan bug (1965) o The Crazies (1973, ver tercer recuadro), en las que son las causantes de la muerte de miles o transforman a la gente en asesinos sin razón.
“Al parecer a Hollywood le incomoda tratar el tema de manera seria”, explica Paula Chaparro, crítica de cine.
El cine, como otras artes, intenta aprovechar la realidad para contar historia.s. Ojalá se queden en la ficción