El duro entrenamiento de tres meses en la escuela policial, del que solía quejarse con su papá, le terminó salvando la vida al auxiliar Gustavo Alberto Esquivel Rojas, el único sobreviviente de la emboscada que mató a siete uniformados en Neiva el pasado 2 de septiembre.
Bajo cuidados médicos y psicológicos permanece el muchacho de 18 años, en la clínica de la Policía de Huila, tratando de reponerse de la brutal experiencia sufrida.
Aquel viernes iba en la camioneta oficial con los intendentes Wilson Cuéllar y Luis Sabi; los patrulleros John Bautista y Duverney Carreño; y los auxiliares Andrés Pascuas, Santiago Gómez y Cristian Cubillos. Salieron a las 10:30 a.m. del Comando de la Policía de Neiva rumbo a la subestación del corregimiento San Luis, en el área rural de la capital huilense.
A la 1:40 p.m. pasaban por una vía destapada de la vereda Corozal, en el sitio Quebrada de los Muertos, cuando una bomba enterrada en el piso explotó.
Según los recuerdos brumosos de Esquivel, los cuales ha ido compartiendo con sus compañeros e investigadores del CTI, él iba sentado en el volco trasero. Cuando retumbó el suelo, la onda expansiva empujó el vehículo hacia la ladera izquierda y el auxiliar voló a unos matorrales.
Segundos después comenzaron las ráfagas de fusil, de parte de sombras que no alcanzaba a identificar por el aturdimiento y el humo del explosivo.
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Gustavo Esquivel nació en Colombia, un municipio montañoso de Huila, enclavado en la Cordillera Oriental.
Es el segundo de cinco hijos, traídos a este mundo por una pareja de campesinos. Su padre, Jesús María Esquivel, contó que Gustavo “siempre quiso ser un policía”.
Hace tres meses se inscribió en la Institución y fue enviado a la Escuela Nacional de Entrenamiento Policial (Cenop) en San Luis, Tolima.
“A veces me contaba por teléfono que el entrenamiento era muy duro, pero que él quería ser el mejor”, dijo el papá.
También señaló que Gustavo estaba inquieto por un altercado que habían tenido los policías con un grupo de civiles en días pasados, y que le había advertido que aquella zona era peligrosa.
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Después de la explosión, Esquivel y otro policía se alejaron de la camioneta, cuya latonería era impactada por la lluvia de balas. Pero el compañero iba herido de muerte y a los 25 metros se desplomó.
Los otros seis uniformados fueron rematados en el vehículo. Uno quedó en el platón, dos en la carrocería y tres más tirados a los costados.
El auxiliar rodó por un caño y se internó en el monte, temiendo que lo persiguieran. En cada finca que veía golpeaba la puerta, pero los campesinos, aterrados por el estruendo, no le abrían.
Horas después dio con otro labriego, un alma caritativa que le abrió la puerta para que se quitara el uniforme y le prestó su ropa. Después lo acompañó a recorrer la montaña, buscando un sitio donde funcionara la señal de celular.
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El mayor Ricardo Calderón, comandante del Gaula Militar de Huila, recibió la orden de desplazarse a Quebrada de los Muertos con dos destacamentos de soldados de la Novena Brigada. Un grupo llegó en helicóptero a la parte alta de la vereda Corozal, mientras otro avanzaba por tierra.
El oficial instaló un puesto de mando en la estación de Policía del municipio de Palermo. “A las 19 horas entraron las llamadas de Whatsapp del joven a una auxiliar de Policía amiga suya, contándole que estaba vivo. Eso nos dio una luz de esperanza y empezamos a buscarlo”, relató.
A las 10:45 p.m. los militares del Gaula se toparon con él, cuando un residente del área lo transportaba en una moto. De inmediato lo llevaron a la estación, adonde llegó en estado de shock y se desmayó, mientras lo cargaban a una ambulancia.
Después de esta tragedia, no se sabe si Esquivel querrá continuar en la Policía. Lo que sí es seguro es que demostró tener el valor necesario .