Cuando Támara Argote llegó a su hogar después de la jornada del colegio no encontró quién le abriera la puerta. No había nadie en casa, ya su familia no vivía ahí, pero ese era el punto de encuentro con sus padres para huir a algún lugar escondido de Bogotá porque su papá estaba amenazado.
Esperó, con su uniforme de falda de colegio de mujeres y una pantaloneta debajo del vestido, a que llegaran a recogerla para correr a un punto en el que su padre, el sindicalista y ahora concejal capitalino, Álvaro Argote, no fuera perseguido por los grupos paramilitares que lo buscaban por su ideología política.
De esa persecución la familia salió ilesa, pero Argote creció con el miedo de tener infiltrados dentro de las asociaciones que lideraron y con la costumbre de sentarse mirando hacia las puerta y las ventanas –sin darle la espalda– por temor a que llegara un sicario a meterles una bala por detrás.
Esa historia resume la infancia de Argote, quien ahora es la primera persona no binaria que llega al Congreso de Colombia. Ser no binario significa no identificarse como mujer, tampoco como hombre. En sus palabras: “Nos han enseñado que hay un marco de referencia de representación de la sociedad de dos patrones, como en la matemática, como en Matrix”.
Sintió que no entraba en ese paradigma de blanco y negro, más bien, se identificaba como un gris y esa gama la fue formulando desde la escuela cuando usaba tenis en lugar de zapatos y con la rebeldía de quitarse la falda porque tener vagina no podía ser el equivalente a vestir como una muñeca.
“Eso me hizo a mí pensar que el mundo tenía que explicarse de una manera que no fuera binaria y eso es explicar que usted no tiene que comportarse ni como mujer ni como hombre porque eso son imposiciones construidas en esta sociedad”, relata.
Esas deconstrucciones –y construcciones– se formaron en una familia fundamentalmente política. Cuando pequeña no veía caricaturas, sino que escoltaba a su papá a reuniones sindicalistas, veía el feminismo de su madre Lilia Calderón y la acompañaba a los colegios que ella dirigía.
Pertenecieron a en Firmes, el movimiento socialista del fallecido político Gerardo Molina Ramírez, y allí Támara dio sus primeros pasos en la militancia. La política en su vida primero fue de cuna y luego una decisión propia al formar el Polo Joven, una bandera que aún mantiene.
Discordia en el Polo
Por esa raíz y el apellido Argote, cuando apareció en el segundo puesto de la lista a la Cámara de Representantes del Pacto Histórico por Bogotá –detrás del hoy presidente de esa corporación, David Racero– señalaron que había un favoritismo hacia su figura por la herencia de su papá, un concejal que lleva 18 años ininterrumpidos en el hemiciclo y que pasó por el Congreso.
Esa crítica llegó de cuenta del concejal del Polo, Carlos Carrillo, quien apuntó a la selección de Argote como una “rapiña por los puestos en las listas cerradas” y un “golpe de Estado” dentro de la colectividad. A Támara la tildaron hasta de ser “el manguito” del partido en Bogotá y fue tal la discordia que terminaron dándole otro puesto a última hora: la posición número 4 de una lista en la que pasaron 7 representantes al Capitolio.
Argote responde que “hay una tradición muy machista y patriarcal en todas las organizaciones políticas. Dentro de mi historia reconozco que no es fácil deslindar o trabajar al lado de mi papá sin tener que sufrir las consecuencias de tener una figura patriarcal-paterna al lado haciendo política”.
El concejal Argote es una de sus alianzas, también el otro corporado de ese partido, Celio Nieves. De cuenta de los votos de ellos dos a favor de los proyectos de la alcaldesa Claudia López le señalaron como una cuota del “claudismo” en la lista.
Su otra bandera es la de la desigualdad que asumió la vicepresidenta, Francia Márquez, al punto que promovió el articulado para la creación del Ministerio de la Igualdad que diseñó el Pacto a la medida de la número dos de la Casa de Nariño.
Si bien pertenece a la comunidad LGTBQ+, su activismo jurídico no siempre ha estado ligado a ese grupo. Uno de los proyectos más comentados de su agenda es la propuesta de ley de medios que pretende cambiar la balanza en la financiación para los medios de comunicación dándoles más plata a los comunitarios y públicos y reconsiderando los giros a los privados.
También está moviendo el articulado para conceder indulto y amnistía a quienes fueron detenidos en el marco de la protesta social, una iniciativa legislativa que surgió de un “mico” en la Ley de Orden Público que terminó tumbando el Congreso y que pretendía darles el perdón social a los presos del estallido social.
Está moviendo la reforma a la Ley 30 para establecer un nuevo modelo de financiamiento para las instituciones de educación superior –una cuestión que está en sus raíces de docente– y la regulación del cannabis de uso adulto. Esas dos cuestiones que generan ampollas en los más conservadores del Capitolio.
En estos seis meses en el Capitolio también presentó un articulado que promueve la no discriminación por motivos de orientación sexual, identidad y expresión de género diversas en las redes de salud mental y otras instituciones. Todas esas iniciativas están en trámite y tienen a su favor la maquinaria de las entrañas del petrismo.
Está en la bancada más robusta del Congreso, pero ha sido una persona de decisiones individuales. La más determinante de todas: ser madre de Simón, quien tiene 14 años y le acompañó en su aventura de viajar a Francia mientras estudiaba una de sus tres maestrías. A él lo cría solo porque tener una familia fue un proyecto autónomo.
Su nombre completo es Etna Támara y se declara como descendiente de la revolución. No hace cuentas sobre su edad, en qué año entró a la política o cuándo fue aquella ocasión en que se rapó el cabello por primera vez, pues todos esos pasos hacen parte de una vida de hitos políticos que ahora le tienen en la Cámara de Representantes como escolta del proyecto político “del cambio” de Gustavo Petro