El viejo Ángel Quejada caminó ocho días con la esperanza de vender un cerdo en la plaza de mercado de Urrao. Convidó a su nieto, José Tomás Quejada, y juntos emprendieron una travesía que incluyó abrir monte y trepar el filo de la cordillera occidental –con el animal gordo por delante– hasta bajar al pueblo.
Cuando la trompa del marrano asomó en la plaza, los comerciantes aprovecharon que el señor y el niño venían cansados y les dijeron: “Ese animal está enfermo, tiene granalla y solo le podemos ofrecer la mitad del precio”.
– Ustedes son bobos. Ese marrano no se los doy barato y tampoco se los vendo. Me devuelvo y me lo como con mi familia, respondió el señor mientras daba la media vuelta.
Todo eso pasó en 1970. El viejo Ángel Quejada ya falleció y José Tomás Quejada, ahora con 64 años, es el encargado de difundir en Mandé la lección de dignidad –y también de rabia– que le dejó el abuelo.
El Consejo Comunitario por la Identidad Cultural de Mandé es un caserío habitado por 1.043 mujeres y hombres negros. Tiene 7 veredas y está incrustado en medio de las selvas de Urrao y Frontino (Antioquia).
Tienen 200 años de historia, les pasó por encima el conflicto entre el Estado y la guerrilla de las Farc y todavía gritan la necesidad de una vía carreteable.
Para llegar allá se necesitan 12 horas desde el casco urbano de Urrao. La chiva –que no opera todos los días– hace un recorrido de cinco horas por carretera destapada. El paisaje montañoso, a veces, es interrumpido por las siglas “AGC”: una pinta que los ilegales, apoderados del territorio, dejan sobre las fachadas de las casas campesinas.
El carro da varios brincos que revuelcan el estómago. La escalera hace su última parada en un lugar conocido como el puente de La Quiebra. Hacia adelante todo es trocha.
“La gente que está cerca de las ciudades piden vías 4G. Nosotros solo queremos un camino, ¿no tenemos derecho? Hacer el recorrido que hacemos una vez al año puede ser hasta turismo extremo, pero cada ocho o quince días es una tortura”, dijo Aristídes Santos Díaz, representante legal de Mandé.
Subido sobre el capacete de la chiva, el chofer descargó mercados, ropa, útiles escolares, colchones y hasta electrodomésticos que son cargados en una fila de mulas. Esos animales deben alistarse para hacer un recorrido de 7 horas.
Durante el periplo las patas de las bestias se hunden hasta la mitad en el pantano y se desciende 40 minutos por una peñolera empedrada –que los pobladores bautizaron como la loma de Caimito– en la que la vida del jinete queda supeditada al equilibrio, energía y fuerzas del animal.
En Mandé dejaron de comercializar sus productos. Los cultivos de maíz y plátano, las vacas, los cerdos y las gallinas que se producen son para el autoconsumo. No hay manera de “sacar la cosecha” al pueblo.
Las dificultades incrementan cuando requieren evacuar a un enfermo. Veinte hombres amarran al paciente de una hamaca y, con él al hombro, caminan montaña arriba hasta llegar a la carretera. Ese recorrido puede tardar días.
De hecho, mientras esta redacción visitó el lugar conoció que una mujer del poblado fue mordida por una equis, una víbora venenosa. La señora recibió medicinas ancestrales y solo pudo ser evacuada en un helicóptero de la Fuerza Aérea tres días después del ataque del invertebrado.
En Vásquez –una de las 7 veredas de Mandé– se construyó un puesto de salud en 2019 que solo opera cinco días en el mes y que es atendido por un enfermero de Urrao. También hay una escuelita en la que reciben clase 111 alumnos.
Así nació Mandé
La historia del Consejo Comunitario la han recogido a pedacitos. La tradición oral indica que los primeros pobladores de esta zona fueron un grupo de esclavos que escaparon de los españoles en Panamá y, después de navegar por el río Atrato, caminaron monte adentro y encontraron a Mandé.
“Los primeros pobladores entraron e hicieron resistencia. Esta era una parte muy rica en comida y oro. Los esclavos lo que más necesitaban era oro porque con él compraban y comercializaban. Y eso era lo que había aquí. También mucha comida como pescados, guaduas, tatabros y gurres”, contó Diomedes Perea, un líder de la zona.
A Mandé lo bautizó así un esclavo –que había sido vendido 20 veces y que logró escaparse desde Santa Fe de Antioquia–. Cuando el negro vio el río que atravesaba la comunidad aseguro que era “igual” a un afluente que pasaba por su natal África.
“La guerra de los brutos”
Durante años las comunidades de Mandé estuvieron al margen del Estado. No figuraban en el mapa y sus pobladores vivían de lo que la tierra y el río les ofrecía. Todavía no había atisbo del conflicto.
“Pero aquí empezaron a pasar cosas. Nosotros lo llamamos la Guerra de los Brutos. Pasaba que la gente se ponía a tomar y si un negro le negaba a otro un trago de viche, entonces se armaba las peleas con machetes. Eso dejó varios muertos por allá en el 70 y yo creo que eso llamó a los grupos armados que hicieron aquí otra guerra igual de bruta”, relató Juan de Jesús Quejada Perea, un hombre de 70 años que siempre ha vivido en Mandé.
Este territorio, aunque olvidado, funcionó como un corredor estratégico para los actores armados. Al estar en límites con Chocó y entre las subregiones del Occidente y Suroeste de Antioquia, sirvió de ruta para conectarse con el Urabá y el Pacífico.
Hasta Mandé llegó el frente 34 de las Farc. Ese territorio les servía de retaguardia, repliegue, descanso y abastecimiento después de sostener combates con el Ejército en Chocó.
“Cuando esa gente llegó al territorio nosotros no teníamos noción de que existía un Gobierno. Entonces ellos empezaron a poner reglas, aportaban para la construcción de obras comunitarias, ayudaban en temas de salud y deporte. La lógica entonces era obedecerles. Muchos de nuestros niños se dejaron seducir y se fueron con ellos. Los reclutaron”, relata Aristídes.
El asesinato del gobernador
El 5 de mayo de 2003 seis helicópteros y un avión fantasma interrumpieron el silencio de Mandé. Eran 75 soldados. Venían a intentar rescatar al gobernador de Antioquia, Guillermo Gaviria, a Gilberto Echeverri, asesor de paz y a ocho militares que habían sido secuestrados por el Bloque Noroccidental de las Farc. Eran las 10:30 de la mañana.
“Nosotros sentíamos el estallido y el traqueteo de las balas. La guerrilla estaba ejecutando al gobernador, al asesor y a los soldados en un campamento que tenían en nuestro territorio, en el sector de Curvatá”, recuerda Diomedes.
La amenaza de alias El Paisa se cumplió. Ejecutó a los secuestrados ante un intento de rescate por la fuerza. Ese día asesinaron al gobernador y a su asesor de paz.
El Paisa y los 20 guerrilleros que lo escoltaban lograron escaparse entre las ceibas, los guacamayos y el río cobrizo de Murrí. La comunidad de Mandé quedó en la mitad de una guerra que no les pertenecía.
“Esto fue una cosa de locos, hermano. Todos los días parecía la hora de llegada. Todos los días bombardeaban los montes. Uno se despertaba con un bombazo o el despliegue de los aviones Kfir”, recordó Perea.
Las comunidades permanecían confinadas, solo podían bajar al río a hacer sus necesidades. Los miembros del Ejército, relatan, los señalaban de colaborar con la guerrilla.
“Cuando bajábamos al pueblo no podíamos hacer mercados grandes. El Ejército montaba un retén y requisaba costal por costal. Si veía enlatados o una libra de arroz de más, lo que hacía era botarla. Creían que les traíamos insumos a la guerrilla”, señala Lucy Quejada Torrez, una mujer de la comunidad.
La guerrilla, por su parte, asesinaba a quienes, solo por sospecha, colaboraban con las fuerzas oficiales.
“La guerra generó el desplazamiento de nuestra comunidad. Hicimos un censo y hay más de 1.400 personas que salieron de Mandé. La guerrilla asesinó al inspector de policía y prohibía los cultos con los pastores o las misas con los curas: no los dejaba entrar. Nuestras culturas también se perdieron. Hay una cantidad inmensa de jóvenes reclutados y desaparecidos que no sabemos dónde están. Las madres y los padres tienen derecho a saber dónde están sus hijos”, señaló Aristídes Santos.
La tierra también sufrió. La acumulación de plomo en las montañas hizo que el chontaduro, fruto tradicional de esa comunidad, no volviera a crecer entre sus pastos.
“El amor al río y a nosotros mismos nos tiene en este lugar. Si vamos a morir afuera, mejor nos morimos aquí. Acá lo tenemos todo, aunque falte mucha cosa”, dijo don José Albán Quejada, otro anciano de la comunidad.
El pasado 6 de septiembre un helicóptero aterrizó en un claro de Mandé con una delegación oficial –otros entraron en mula– de la Unidad de Restitución de Tierras. Llegaron al lugar para dar cumplimiento con una sentencia del Juzgado Primero Civil del Circuito Especializado en Restitución de Tierras de Antioquia.
Hicieron entrega formal de un territorio de 12.394 hectáreas más 9.769 metros cuadrados para restituir a la comunidad.
“Esta es la primera sentencia en Antioquia que protege los derechos étnico-territoriales de las comunidades afrocolombianas, raizales y palenqueras. Esto representa un hecho histórico para la Dirección Territorial Antioquia y para el departamento, porque por primera vez, a través de la jurisdicción de restitución, se les reconocen los derechos a una comunidad étnica que ha sido víctima del conflicto armado pero, sobre todo, que ha sido resiliente”, señaló Acxan Duque Gámez, director de Asuntos Étnicos de la URT.
La sentencia también involucra a otras entidades del Estado que se deben poner al día para cumplirle y reparar a las comunidades de Mandé.
El juzgado, por ejemplo, le ordenó a la Unidad de Víctimas diseñar un plan integral de reparación colectiva. Diseñar un plan para el retorno y reparación de la población desplazada y hasta el acompañamiento de otras instituciones como el Sena, la Agencia de Desarrollo Rural, Prosperidad Social, el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar y el Centro Nacional de Memoria Histórica.
“Para nosotros el territorio lo es todo. Aquí conseguimos pescado, carne. Aquí tenemos todo. Por eso hemos hecho resistencia y por eso gran parte de la comunidad no se desplazó. Fuimos resistentes y ahora necesitamos que el Estado nos acompañe, para ya no estar más en el olvido”, puntualizó Aristídes Santos Díaz mientras se dirigía a varios funcionarios que portaban escarapelas de distintas entidades del Gobierno.
1.043
personas habitan en el Consejo Comunitario por la Identidad Cultural de Mandé.
12.394
hectáreas fueron restituidas al Consejo Comunitario para la Identidad Cultural de Mandé.