Cada Presidente de Colombia, al menos los de los últimos tiempos, suelen tener una característica que los define. Pero en el caso de Gustavo Petro, modelo 2023, es difícil jugársela con una sola versión, o un único énfasis, del personaje.
Tal vez la que ha llamado más la atención durante todo el año ha sido esa particular manera suya de desaparecer durante varios días sin dejar rastro y sin que nadie de su equipo se atreva a dar una explicación que suene medianamente convincente.
Han intentado dar las excusas estándar como que tenía gripa, un malestar en el estómago o incluso él mismo ha llegado a apelar a un tímido raspón en la rodilla para justificar el no haber llegado a un evento programado en Chocó, al cual previamente confirmó su presencia.
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Con corte a julio, Petro no había llegado a 82 eventos como Presidente, según un detallado conteo del portal La Silla Vacía. Y mantuvo ese ritmo hasta terminar el año. La última perdida fue entre el 21 y el 23 de diciembre, cuando no apareció, entre otras, al acto de lanzamiento de su programa bandera de subsidios “Jóvenes en Paz” en Medellín.
Basta con buscar en Google “Petro no llegó” para ver la dimensión del fenómeno. No llegó a San Andrés a celebrar con los raizales el fallo de La Haya, no llegó a la reunión de alcaldes en Bucaramanga, no llegó a la reunión con el presidente Boric, no llegó a la cumbre de paz con el expresidente Santos, no llegó al desayuno al que habían invitado, en Madrid, a 35 presidentes de las más grandes empresas de España. Y así sucesivamente.
No se tiene memoria reciente de una democracia en la que el mandatario se pierda de esa manera sin dar explicación alguna. Los casos más conocidos tienen que ver con presidentes como Fidel Castro o Hugo Chávez, en su momento, y de manera más reciente Daniel Ortega, de Nicaragua. El cubano, incluso, llegó a decretar que tenía derecho al secreto: “Debido a los planes del imperio (Estados Unidos), mi estado de salud se convierte en un secreto de Estado que no puede estar divulgándose constantemente”, dijo Fidel en ese entonces.
Más allá de la discusión de qué tanta transparencia se le puede exigir a un Presidente en un sistema democrático, el hecho es que si Gustavo Petro estuviera trabajando en una empresa habría fallado ya muchas veces en su deber de cumplir un horario para lo cual fue elegido: para llevar las riendas del país.
¿Existe un horario mínimo que debe cumplir un mandatario? ¿El trabajo del presidente es como el de cualquier otro empleado que tiene que cumplir ciertas reglas o es completamente distinto?
Ese modo de desaparecer ha tenido consecuencias importantes a lo largo del año. No solo ha provocado malestar entre las comunidades o personajes a los que deja en visto y ha creado una atmósfera de incumplimiento y de desorden alrededor de su figura, sino que no es claro cuánto tiempo en realidad le ha podido destinar al ejercicio de su cargo.
Según cuentas que han hecho diversas fuentes, Petro ha pasado más de 100 días desaparecido, otros 100 días en viajes al exterior y le puede haber dedicado al menos unas 83 horas a escribir los 2.500 mensajes en la red X (este último cálculo de la Silla Vacía).
Las matemáticas son infalibles. Al final del día parece ser escaso el tiempo, comparado con el de otros presidentes, el que Gustavo Petro le dedica al país.
Ese estado de desaparición constante le ha provocado también perder sintonía con quienes eventualmente podrían tener simpatía por él. Se han pronunciado escritores como Mario Mendoza –“La impuntualidad es un insulto. Es una manera de escupirle al otro en la cara y decirle ´usted no sabe quién soy yo´”–; y periodistas como María Jimena Duzán: “Presidente, si usted tiene un problema de adicción, lo invito respetuosamente a que lo devele”, escribió en una carta abierta publicada en la revista Cambio. A lo cual Petro le respondió: “mi única adicción es al café por las mañanas”.
Esas faltas de asistencia en el ejercicio del cargo, Petro pareciera querer cubrirlas con dos prácticas que también han caracterizado su gobierno este año: las ráfagas de mensajes en la red X y los anuncios con cara de cortina de humo de los que puede lanzar hasta tres o cuatro a la semana.
En cuanto a los mensajes en X, Petro escribió 2.512 trinos desde el 1 de enero y el 15 de diciembre de este año: en promedio 7 cada día. Con los trinos gobierna: hace anuncios, ataca y se defiende. También aprovecha para pelear con el presidente de El Salvador, Nayib Bukele.
La otra práctica de Petro es la de hacer anuncios polémicos para alborotar el avispero, pero que al final no quedan en nada y de esa manera la opinión pública se mantiene distraída, sobre todo en temporadas en las que explotan escándalos o durante las crisis de su gobierno.
Ayer, por ejemplo, en su red X dijo que va a recibir a los 20.000 colombianos que, según él, no van a poder seguir estudiando gratis en Argentina por decisión del presidente Javier Milei. “Literalmente son expulsados de ese país”, escribió. En realidad, no es cierta la premisa de la cual parte Petro: por ahora es apenas un proyecto de ley según el cual las universidades argentinas podrán cobrarles matrícula a los extranjeros. Suponiendo que se apruebe, ¿podrá el sistema universitario público en Colombia acoger esa cifra cuando cada año la Universidad Nacional en todas sus sedes del país recibe solo 5.000 nuevos estudiantes?
Así como está, sin mayor análisis de qué tan factibles pueden ser, Petro ha propuesto dar transporte masivo “gratis” cobrando una “pequeña cuota en el recibo de la luz”, crear un nuevo departamento en el Magdalena Medio, montar una capital de paz en el Catatumbo, acabar con el Soat y flexibilizar la regla fiscal. Todas ellas son debatidas por días en el país y luego al cabo de unos días se esfuman.
En algún momento el petrismo convirtió la frase del “estado de opinión” como una bandera contra el gobierno de Álvaro Uribe y ahora parece estar dedicado a intentar construir su propio estado de opinión. Hace 20 años, en diciembre de 2003, Uribe llegaba al 80% de su popularidad, mientras que Gustavo Petro ha llegado en este diciembre a la cima de su desfavorabilidad con 66%, según la encuesta de Invamer.
Para afianzar su discurso han sido muy útiles los ejércitos de bodegas que tiene el petrismo en redes sociales y que ante cualquier escaramuza salen por miles a tratar de acabar con la reputación de quien osa poner en tela de juicio al mandatario. Como pudimos demostrarlo en EL COLOMBIANO, con más de 3 millones de menciones, montaron en agosto un ataque masivo contra los medios tradicionales. El propósito era desacreditar investigaciones de sus periodistas sobre Gustavo Petro. Sin embargo, 2 millones de menciones salieron de países diferentes a Colombia, tan lejanos como Tanzania o el Congo, lo que demostró que la mayoría son cuentas falsas.
Más allá de las faltas de asistencia, las publicaciones de la red X y las cortinas de humo si bien retratan lo que ha sido Petro en el 2023, ¿qué tan bien le ha ido en su gestión?
Los dos cónclaves que ha hecho con su gabinete, uno en agosto y otro en diciembre, en los cuales ha repartido regaños a diestra y siniestra, dan una idea de lo poco satisfecho que está con los resultados. En parte tiene que ver con lo poco que se involucra Petro en la gerencia del Gobierno y en su estilo de creer que solo se necesita soñar con el paraíso –y decretarlo– para alcanzarlo.
Hacer un balance de su gobierno excede los alcances de este escrito. Sin embargo, cabe señalar algunos puntos destacados. Uno, la paz total que no navega y a la que le tuvo que cambiar de capitán porque parecía que naufragaba. Dos, la economía que se mantiene en un tenso equilibrio, con la preocupación por el desaliento que se manifiesta en la inversión en Colombia. Y tres, el turismo que crece y llegó al récord de 5,5 millones de visitantes en este año (cabe anotar que la meta de Petro en campaña era de 12 millones y luego la redujo a 7 millones de visitantes).
Un capítulo que también marcó a Gustavo Petro en 2023 fue el de los escándalos. Tal vez desde Ernesto Samper (1994-1998), un presidente no vivía una crisis de gobernabilidad tan profunda como esta. Las declaraciones de su hijo Nicolás, dadas a la Fiscalía, y del gerente de su campaña, Armando Benedetti, dadas a la revista Semana, le han dejado una profunda marca a su gobierno en términos de credibilidad. Así como a Samper, a Petro le ha tocado sacar del cubilete la magia de la estrategia –entreteniendo a la opinión y atacando al fiscal general Francisco Barbosa–, para evitar que los escándalos prosperen en materia penal.
¿En qué le está yendo bien a Petro? En el turismo, ya mencionado. Y tal vez en ganarse un espacio en el activismo mundial medioambiental con sus discursos apocalípticos y su guerra contra el petróleo.
Los otros personajes
¿Ella es el poder detrás del poder?
Laura Sarabia
Laura Sarabia es la mujer de confianza de Petro, incluso los ministros le tienen que dar cuentas a ella. Es tan importante, que salió del Gobierno y el Presidente la volvió a llamar.
“Todo ese llanto por nada”
Armando Benedetti
El hombre que movió la campaña de Petro Presidente se fue lanza en ristre contra su jefe porque no le dieron un Ministerio, sin embargo, no le sirvió de mucho y lo sacaron del Gobierno.
El muchacho que Petro no crió
Nicolás Petro Burgos
Puso al gobierno de su padre contra las cuerdas; al parecer pidió dinero para la campaña, el cual usó, según lo confesó para su beneficio. En 2022 tuvo gastos por $1.600 millones.
Contrapeso desde la rama judicial
Francisco Barbosa
Más allá de las investigaciones adelantadas por la Fiscalía, Barbosa se convirtió en un personaje del año por sus enfrentamientos públicos con el presidente Gustavo Petro. ¿Fue líder de la oposición?