Hace casi una semana, Medellín se despidió para siempre del torneo del segundo semestre y, de paso, de cualquier posibilidad de logro notable del año.
Hace casi una semana, esos del frente que se llenan la boca afirmando haber eliminado al rojo de la Liga, son los mismos que nos preguntan por qué no llenamos el estadio en la final de la Copa Colombia si vamos “por el xentimiento”.
Como si cualquier hincha, incluso aquel que nunca abA/Ndona el Atanasio ni para ir a almorzar a la casa, no tuviera derecho a lamentar que su equipo nunca hubiera mostrado un proyecto deportivo claro en todo el año. Lamentar pasar de ver un juego lindo que nos hizo campeones otra vez después de siete años, a ver algunos jugadores desconectados con la cancha y superconectados con sus cuentas bancarias.
Cómo no lamentar que la trayectoria de un técnico respetado por muchos conocedores del fútbol se viese afectada por un proceso que daba también cuenta de malas decisiones administrativas, ¡cómo no lamentar que el equipo le regalara un pésimo partido de despedida al gran Mauricio Alejandro Molina!, como si sacarlo por la puerta de atrás hubiera sido adrede.
Cómo no enfurecerse (por no decir otra palabra) al tener certeza de que a Medellín no lo eliminó nadie, se eliminó el mismo, y sentir impotencia al no lograr contagiar a los jugadores del aguante que tenemos como hinchada.
Quizá no sea la mujer ni la persona más amante del Deportivo Independiente Medellín en toda el área metropolitana, pero todavía me asombro con lo que ha llegado a hacer el Poderoso con la vida de una persona: los amigos tan maravillosos que le trae, la motivación que le inspira para recorrer su país y encontrar el amor en todas sus canchas, la resiliencia que le forma para plantarle la cara a los problemas y sobre todo, lograr que la alegría se nos note en todo lo que tiene nuestra huella.
Lograr que un man se cambie de nombre, que otro cargue una bandera gigante todos los domingos, que otros se formen como los músicos empíricos más prolijos del planeta para dedicarle notas, y que otros muchos hayan dedicado 10 años de su vida a soñar y materializar el tapatribunas más grande del mundo.
Por mí y por todos ellos, lo que más lamento en la vida es que estemos dejando escapar eso. Que dejemos ir la alegría, el aguante y la ‘rexixtenxia’ que nos hace diferentes de todas las hinchadas. Que tantos de nosotros se hayan vuelto hinchas de teclado solamente por marcadores, por no aguantar el hecho de que ni el equipo ni las directivas de 2017 se comparan con el sentir de la tribuna.
Claro que tenemos derecho a vivir esta tusa. a alegar, llorar, abstenernos de ver partidos y hasta no abonarnos. Pero jamás, nunca en toda nuestra vida, hay derecho a dejar de contestarle a un hincha de nacional: “yo he caminado mucho, el hambre se me nota a leguas, a vos que todo te lo regalan, qué vas a valorar el sentido de una estrella”.
Foto: Instagram Mauricio Molina. Gracias, ¡leyenda!
@LaLau5972