Decía David, el salmista, “demos vítores a la roca que nos salva”. Hoy decimos nosotros, los creyentes, larga vida a los guantes que nos salvan. O a los pies que nos salvan, o al pecho que nos salva, al David que nos hace volver a creer.
Anoche, nuestro muro de carne y hueso, escribió una página más en la eternidad de la biblia roja. De carne y hueso porque como buen mesías, lo ha traicionado una que otra vez un Judas con forma de balón que se le ha escapado de las manos. Pero tras la muerte nuestro rey ha resucitado una y otra vez, anoche en Palmaseca, nos recordó que es humano al errar un penal y se vistió de gloria a salvarnos de nuevo de la noche oscura. Ese 22 lleva en su espalda la causa de este pueblo lindo.
Ahora nosotros, el redil, pidamos perdón por nuestras culpas, por las blasfemias, por la falta de fe en él. Vamos de rojo a nuestro templo, el Atanasio, y pidamos al Todopoderoso, y a su hijo más querido vestido de arquero, que nos dé un motivo más para brindar con el cáliz de la gloria. David, el ídolo, ¡qué grande sos vos!
Revisa aquí la tanda de penaltis que inspiraron este artículo.
El es un gran ser humano, a quien se le perdona todo, un gran líder en nuestro equipo del pueblo.