Se acabaron las excusas para verlo por televisión: que “no jugamos a nada”, que “no tenemos quien la meta”, que esos “muertos no sudan la camiseta”, que “el horario parece un partido de segunda división”.
El sábado contra el Cali (desde las 6 p.m.) es la cita perfecta para reencontrarnos con ese viejo amor. Sí, con ese que nos tuvo el corazón arrugado durante todo el semestre pasado y que nos despachó desde noviembre a vacaciones con un sinsabor del tamaño del Atanasio Girardot.
36 mil espectadores en los dos primeros partidos de local (promedio de 18 mil) es poco para un equipo que hizo esfuerzos económicos después del descalabro del año anterior. Trajeron a Cano y a gratas sorpresas como Gómez y Ricaurte, se reforzaron atrás y retuvieron a Didier que tenía varios equipos haciéndole guiño, guiño. David sigue cuidando el arco que lo sacó campeón en 3 de los 6 títulos del club.
Además se fue “Tolotelly” , quien nos dejó sin garganta cada que pudo por cuenta de su torpeza para coordinar los movimientos de los pies con lo que se le pasaba por la cabeza.
¿Quiere más razones? Al frente habrá un rival de peso, que viene de golear, al que siempre da un fresquito adicional ganarle más allá de esas peleas pendejas de barras. Además nos programaron sábado en un horario bueno para el antes, el durante y el postpartido que es fundamental.
Así que aliste la carpa y vuelva a poner el cd rayado con los temas tipo El glorioso DIM con los que tantas veces se ha emocionado, prepare la garganta, recuerde esos goles de antaño de los Marrugo, Mao o Jackson y disfrute viendo en el Coloso de la 74 a uno de los líderes del campeonato.
Llame a ese amigo que no volvió desde que jugaba en el DIM el “gran” César La Paglia, invite al sobrino que apenas descubre el fútbol para que conozca lo que es el amor verdadero.
Los 12 mil o 15 mil de siempre ahí estaremos alentando. La invitación es que se sumen los incrédulos a un equipo que no es perfecto, pero que trata bien la pelota y que raspa cuando el rival va al frente. No seamos, o sean, esa hinchada indolente y de finales que tanto hemos criticado.
*Por Mateo Isaza Giraldo