Victoria RojiVerde

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Verdes y Rojos, los que juegan el partido fuera de la cancha, protagonizaron un clásico donde reinó una atmósfera de sana convivencia. Por muchas razones, el derby paisa es un ejemplo de cultura ciudadana alrededor del fútbol. 

Autor: Cristian Marín

El 28 de mayo de 1998 Héctor Mario Núñez y Plácido Bonilla sentenciaron un 3-0 a favor de los rojos en un recordado Clásico de la Paz. Las barras populares con influencia argentina, recién nacidas ya habían dado sus primeros pasos en materia de violencia, riñas y vandalismo. Las palomas blancas y las campañas que promovieron la sana convivencia adornaron un partido rodeado de una tensión motivada por una rivalidad que había traspasado los límites de lo absurdo.  Los brazos abiertos de Núñez celebrando la conquista poderosa no fueron los  que captaron la atención de los lentes. Fueron Choto y Barrabás, protagonistas de un intercambio de golpes al pie de la raya técnica. Adiós paz, ese día y muchos otros más, le abrimos la puerta al odio y salimos del estadio los incautos que sólo vamos a ver a nuestro equipo jugar queriendo volver con vida a la casa. Si los que están en la cancha no daban el ejemplo no había mucho que esperar de los demás. Verdolagas y Poderosos, cada uno por su lado.

Pero el 26 de agosto de 2017 contamos otro cuento. Atravesamos calles solitarias y calles repletas de verdes alrededor de la Unidad Deportiva sin tensión alguna. Entre locales y visitantes nos encontramos alrededor de la marte cientos de hinchas, sin distinción de color, dividiendo  nuestros amores entre la pelota y la cerveza.  Las mazorcas, las papas y los fritos le pusieron sabor a un soso Jaguares – Tigres que aburría en las pantallas.

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Fotografías: Cultura DIM

Entramos a oriental, nos sentamos y cantamos. Ellos entraron a oriental, se sentaron y cantaron. 1-0 en la cancha y victoria para todos en la tribuna. Esa noche del 26 en el Atanasio el palpitar fue distinto y el brillo de los colores fue el protagonista. Los lentes estuvieron pendientes de los besos de novios y esposos multicolor que juntaron sus labios ante la mirada de los 30 mil que estuvimos en el coloso. Sin Clásicos de la Paz o campañas rimbombantes de cultura ciudadana los aficionados de Medellín algo aprendimos de vivir con nuestros vecinos y amigos dentro de una tribuna.

Seguro la lección que nos dieron las instrumentales tocando al unísono nos movieron la conciencia, seguro las vidas desperdiciadas en luchas sin sentido ya fueron más que suficientes, tal vez nos dimos cuenta que nada tiene de clásico un encuentro monocromático, al final es más bello que Verdolagas y Poderosos vayamos al mismo lado. Ojalá, los clásicos, una especie en vía en extinción en nuestro país, sean más que dos escudos que solo le dan color a la pantalla del TV. Verde esperanza, Rojo pasión, el mejor clásico del país dentro y fuera de la cancha. El próximo partido nos toca a todos ratificar esta victoria, la más bella de todas.

2 comments

  1. Miguel Robledo Restrepo   •  

    Creo que los involucrados fueron El Chusco Sierra y Barrabás (técnico verde)

  2. No tiene sentido pelearse por algo que a todos nos gusta: El Fútbol. Mucho menos si somos los mismos los que nos apegamos desde hace tiempo a colores distintos. Papás e hijos. Tios y sobrinos. Vecinos y vecinas. Novios y hermanos. ¿Qué es lo que tiene de raro que mi hijo sea del verde y yo del rojo?…que él de camisa verde y yo de camisa roja vamos al estadio abrazados y nos tomemos un trago, una cerveza, unas crispetas…. ¡Que viva el fútbol carajo!

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