Por Felipe Benavides
Me acuerdo de la famosa película de Disney El Rey León, y uso una parte del fragmento de ese relato para compararlo con la hazaña hecha por el verde al volver a una final internacional tras 12 años de ausencia.
Rafiki, el mico va a buscar a Simba (hijo del rey anterior) a tierras lejanas porque estaba desterrado por creer que él había sido culpable por la muerte de su padre Mufasa, mientras los demás leones se mueren de hambre por el reinado de Escar. El mono le dice al verdadero heredero de que el pasado duele, pero se aprende de él y lo invita a volver a su tierra y recuperar el trono. Suena un grito que retumba por toda la selva: ¡El Rey ha vuelto, no lo busquen entre los muertos!
Así le pasó a Nacional al eliminar por penales a Sao Paulo, uno de los encopetados de Suramérica con una inversión de más de 150 millones de dólares al año con varias estrellas mundialistas a su haber (Kaká, Luis Fabiano, Bastos, Pato, Pereira). Ha vuelto el Rey a estar en el curubito del fútbol internacional, porque sin todavía haber ganado la Suramericana, el hecho de jugar finales internacionales abre la vitrina para la exposición, valoriza la marca, engrandece el sentido de pertenencia y cotiza más a la actual plantilla.
El rey volvió porque aprendió de su pasado inmediato en el que su jerarquía estuvo empolvada por más de una década; en el que se prefirieron nombres de moda a procesos y en los que se cambiaba de timón en el corto plazo, renunciando a un principio básico de la administración: no solo se trata del corto sino del largo plazo.
Ese último penal de Ruiz no solo fue comprar el tiquete para Buenos Aires, sino que significó la confirmación de que en el fútbol hay mucho más en juego que once futbolistas dentro de un campo; que lo que genera resultados son los procesos bien arropados, la unión entre hinchas, directivos y jugadores; y ante todo trabajo, porque a mitad de año, mientras Defensor Sporting clavaba una daga en el corazón verdolaga al ver frusrtado el sueño de volver a alzar la Libertadores, mucho se habló de que no había nómina con qué llegar lejos y en el Morumbí esa tesis se esfumó como el sueño paulista.
Sin el mundialista Hurtado; sin el renombrado Tula; sin el perfumado Macnelly Torres, o el mago Giovanni Moreno, sin la frialdad de Maggiolo y con la ausencia del brasileño Baiano; este Nacional de la era Osorio ha demostrado que la disciplina se impone más que los nombres como el aguerrido Henríquez, el técnico Bocanegra; el tres pulmones Farid Díaz; el líder Mejía; el velocista Berrío el siempre inquieto Ruiz y el genio Cardona, por solo citar algunos se acordaron de la historia, evocaron sus antepasados y se disfrazaron de héroes.
Ahora el trabajo ya lo hicieron jugadores, técnicos y directivos: volver a jugar una final internacional y el balón está en nuestro campo, los hinchas que debemos ‘empujar’, tener paciencia, alentar y ante todo agradecer por lo conseguido, porque prometer título será difícil, pero más que el verde los que deben estar asustados son los rivales después de demostrarse que teníamos cómo quitarnos ese estigma que ante los brasileños no podíamos nunca.
Ha vuelto el Rey, no lo busquen entre los muertos, porque así como fuimos el primer equipo colombiano en la historia en ganar en Brasil; como somos el primero en la región andina en conseguir la Libertadores, también somos el más ganador en Colombia en títulos y el único en repetir final de la Suramericana. Ahora queda disfrutar 180 minutos de la final, porque fechas como estas no se ven todos los días.
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