Amanecí más verde que nunca

Por Chepe:

Foto: Manuel Saldarriaga

Tengo que aceptarlo: presumí de madurez  y de cabeza fría para sentarme a ver la clasificación de Nacional a la final.

El alarde de ser un poco mayor y de que la fiebre  del fútbol me había pasado fue un error craso. Llegué como suelo hacerlo siempre a mi hogar a eso de las 5 y 30 de la tarde.  He sabido disfrutar del fútbol al máximo y  siempre fui un fanático enfermo que deliraba ante cualquier asomo de gloria o derrota con mi verde del alma.

Como es costumbre, me relaje y escuché un poco de música en mi cuarto. Bebí una cerveza para el calor y luego tome lugar en el pequeño estadio que tengo en mi hogar. Mi viejo llegó a la hora de los himnos y se sentó a mi lado.  Él,  como siempre suele hacerlo arribó con la naturalidad y silencio que lo caracteriza. Nunca ha perdido la compostura ante las dificultades, allá quería llegar yo, pero esta noche me di cuenta que no seré capaz de ser como él.

Mientras empezaba el partido mi viejo lucía tranquilo. Yo por el contrario, que trataba de disimular la ansiedad, hacía movimientos torpes que develaban lo pésimo que se ve atragantar las emociones del alma.

Yo, el anfitrión de este encuentro, revestí mi espíritu “nacionalista” con el mejor traje de guerra. La camiseta de mi verde querido me infló el pecho y me hizo sentir inmune a la derrota. El viejo mientras tanto con sus canas y sus arrugas en las manos trataba de sosegar la ansiedad con un trago de cerveza. Él es mi polo a tierra en estas cuestiones del fútbol, que sería de mí, sin sus palmaditas en la espalda mientras un balón pasa rosando el palo de mi equipo.

Con el inicio del encuentro sentí que una gota de sudor bajaba por mi espalda. Al momento, sin percatarme, las manos parecían una esponja cargada de agua que mientras se oprime deja escapar el preciado líquido que esconde en su interior.

Aunque era inconsciente un leve tic hacía que mi cabeza no se quedara quieta. Un vaivén de negación hacía que el músculo de mi cuello se moviera precipitadamente. Mientras tanto, mi viejo relajado observaba como quien está frente al mar disfrutando de sus olas.

El partido transcurrió  así: yo apretando y mi padre en lo suyo. Por momentos trataba de hacerme el insensible que no se inmuta a las emociones, pero era imposible. No podía negarme las cosas que estaba sintiendo. Nacional es la chispa que hace doblegar cualquier asomo de parsimonia.

Con el convencimiento de que ya no podía aguantar más exploté en euforia cuando se acabó el partido. Abracé a mi viejo y sentí que ver a mi verde del alma es el mayor júbilo que he tenido en mi vida. Ahora sé que es imposible contener ese fuego en el corazón que me hace querer al verde.

Hoy prestos para otra final,  recuerdo la despedida de mi viejo luego de verme padecer durante 90 minutos  -hay enfermedades que viven dentro de uno y son mortales, hay otras que lo hacen vivir a uno para hacerlo sentir mortal-.

No sé porqué, pero mi viejo siempre tiene la razón.

Síganos en Twitter: @pulsoverdeec

2 comments

  1. negro   •  

    buen escrito….Yo por lo menos soy muy fanatico y sufro por mi verde…mi abuelo no puede ver al verde porque sufre del corazon hay se ve la herencia..
    vamos con toda verdolaga esta mas que un sentimiento.

  2. MARIA   •  

    SOMOS DEL VERDE JUGAMOS CON TODO, NOS SIGUE LA SUERTE,SOMOS LOS REYES DE COPAS GRACIAS A ELLAS SEREMOS CAMPEON, POR ESO TE QUEREMOS VERDE CON TODO EL CORAZON

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