¿Y si bailamos?

Por: Mariana Acosta Gutiérrez
Tallerista Prensa Escuela 2019
Licenciatura en Humanidades y Lengua Castellana
Universidad de San Buenaventura

En esta crónica, Luisa va más allá de lo que puede significar un espacio, pues el arte y la cultura abrazan a todos los sujetos que anhelan pasar un rato allí. Es en el Parque de los Deseos donde la exploración permite que, reconozcamos nuevas maneras de caminar por el mundo.

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Fotografía tomada de Pinterest

Miércoles, cinco menos, un cuarto de la tarde. El sol calienta contra todo pronóstico, luego de una fría mañana que pintaba un diluvio del mismo estilo de los últimos que habían caído sobre Medellín. El Parque de los Deseos se encuentra tranquilo, lleno de burbujas que vuelan mientras los niños y adultos, con espíritus infantiles aún despiertos, intentan explotarlas. En los bancos de lado izquierda se encuentran grupos de amigos que se reúnen para parchar en la mitad de la semana; unos hablan, otros juegan y algunos tocan música.  Alrededor del Parque camina el “Superman” vendiendo mangos junto con otros vendedores que ofrecen una gran diversidad gastronómica, más algunos sujetos que se dedican al arte a través de pequeñas creaciones fabricadas con materiales como el alambre.

En medio de aquella tranquilidad, y aparente normalidad coloreada por la rutina, apareció un joven de contextura delgada que vestía una camiseta azul claro, un jean negro y una gorra plana bailando en medio del parque. Se encontraba perdido en su música, esa que tan solo él podía escuchar con sus audífonos de diadema. Sus movimientos eran armoniosos hasta el punto de parecer una coreografía, pero no, no eran planeados. Todos los que estaban cerca concentraban su mirada en él, se susurraban cosas al oído y sus ojos tenían un tinte de desaprobación y otros de burla: “¿Está loco?”

“¿Que si estoy loco?” Tal vez un poco, pero es mi manera de expresar lo que la música me transmite. Simplemente no me da pena ser lo que soy, no presto atención a los que piensan y dicen que no debo hacer esto porque no es adecuado. ¿Por qué sí normalizan la violencia, las drogas y las injusticias?” – expresa entre sonrisas Daniel Morales, el joven bailarín.

Daniel, de 19 años, visita tres veces a la semana el Parque de los Deseos desde que tenía 14. En aquel lugar conoció a varios de sus amigos, ha pasado momentos inolvidables en eventos de música que marcaron una huella en su memoria, como el concierto de Rafael Lechowski en 2016. También se enamoró y pasó su tusa en el mismo lugar. Allí, según él, aprendió a crecer y creer que el arte era el que en realidad podía transformar el mundo. Pasó de ser un niño tímido e introvertido a ser alguien que encontró en el baile una manera de salir y mostrarse.

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Fotografía tomada del Blog Fotoviaje

Luego de sentarse unos minutos para descansar de su improvisado baile, a 10 pasos de él, una chica de cabello corto y azul se levantó y, al ritmo de Cheap Thrills, empezó a bailar moviendo sus pies y caderas. Al instante hizo parar a su amigo, quien en un principio sentía timidez y se movía de manera torpe, pero después de unos segundos logró conectarse y seguir los pasos de ella.

“Espérame que no me aguanto”- me dijo apurado mientras se paraba a unirse a los dos chicos desconocidos. Allí estaban, en la Casa de la Música, tres personas que nunca se habían visto y que se unieron por algo en común: el baile. Sus rostros reflejaban alegría, se sonreían mientras intentaban coordinar la multiplicidad de sus movimientos.

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Tomada de la página digital Medellín Travel.

Cuando terminó la canción Daniel se despidió de los dos chicos y regresó a su lugar con una cara de satisfacción. “A eso me refería. El poder la música y el arte puede unir a la gente. Nos toleraríamos más y la violencia no sería la única salida a los problemas. Es más, ¿y si bailamos?”

 

Luisa Fernanda Guiral Cano
Comunicación Social y Periodismo
Universidad Pontificia Bolivariana

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