Isabella Guzmán Arboleda
IE Ciudadela Las Américas
Grado Noveno
Talleristas: Sara Montoya y Susana Mejía
Para una niña de nueve años como yo, era difícil cambiar drásticamente de lugar, las mudanzas me fatigaban; pero un día me encontraba abriendo la puerta de mi nueva casa en París, Bello. Mis padres decidieron mudarse, por mucho que les insistí en quedarnos en mi antiguo barrio, no sirvió de nada. Iba a extrañar salir todos los días a jugar rayuela y saltar la cuerda con mis amigos; aquí no tenía a nadie, no conocía a nadie y aunque la casa era más grande que la anterior, lo único que me quedaban eran los recuerdos, los que en ese momento tendría que acumular con polvo. En estos cuatro años he aprendido a adaptarme al lugar y a las personas.
Mi antiguo barrio se llamaba Santander. Recuerdo que entre esas personas estaba Jonathan que corría todas las mañanas intentando cambiar sus malos hábitos, Jonathan era un hombre callado y trigueño, vivía solo y, según deduzco, en un apartamento pequeño. Siempre nos encontrábamos cuando yo salía a estudiar, lo veía todas las mañanas desde que llegué a este barrio, salía de su casa por el callejón dos a las seis en punto. Sí, callejón dos. Nombré a los callejones de mi cuadra para diferenciarlos; callejón uno, callejón dos y callejón cuatro, no hay ningún callejón tres. Jonathan es uno de esos vecinos que te topas a diario, y con quien muchas veces no cruzas palabras, pero sí pasos.
En la semana hacía un recorrido para llegar a mi colegio, me iba por la calle setenta y dos en donde veía a María, una señora de edad que me daba mala impresión y que sabía todo de la vida del barrio pero nadie sabía de la vida de ella; se me hizo costumbre que me mirara de mala manera. Después de eso, pasaba por el Doce de Octubre, allí, hacía una parada en la biblioteca. Solo observaba los títulos de los libros y, cuando salía un poco más temprano, me quedaba a leer algún que otro cómic que me llamaba la atención.
Mi parte favorita era cuando llegaban los fines de semana. El sábado, papá me invitaba a comer las arepas rellenas de la esquina y si me había portado bien en la semana, me compraba varios dulces en la tienda de don Rodolfo, quien era un hombre escuálido y sarcástico, siempre hacía bromas cuando llegaba, intentando hacerme reír y lo lograba con facilidad.
Los domingos normalmente caminaba con mi mamá, no sé cuánto subíamos, pero siempre lográbamos llegar al parque de Picacho, ese lugar que con el paso de los años dejó de ser una zona peligrosa para convertirse en un lugar de deporte y esparcimiento diurno y nocturno. Ese día dimos una vuelta por la cancha y vimos a los niños jugar fútbol. En ese momento pasó Martín, el señor de las obleas, mi mamá me había prometido comprarme unas la semana pasada, nos acercamos hacia él y pedimos dos. Para mi infortunio, no había salsa de arequipe y, como dicen por ahí, “aguadulce sin dulce pa qué”. Me decepcioné ya que tendría que esperar una semana entera para volver a probar una de las deliciosas obleas.
Esperé y esperé. Lunes, martes, mitad de semana y se me hacían eternos los días… sábado y domingo. ¡Ya era domingo! El camino se me hizo corto y no me quejé de la subida como las veces anteriores, estaba de tan buen humor que saludé a María con una sonrisa que, por supuesto, no me devolvió, pero estaba muy feliz para que me importara. Por fin escuché el micrófono anunciando: “Obleas, solteritas y ensaladas de frutas a mil” y me acerqué con una sonrisa. Martín me atendió con gusto, esta vez ¡sí había arequipe! Cuando mi mamá pagó, nos dirigimos hacia un banco debajo de un árbol que tapaba todo el cielo y parte de la cancha y di el primer mordisco. No sabía cómo describir la sensación, ¡sabía delicioso! Era un sabor melifluo e idílico, era dulce pero no hostigante y eso lo hacía exquisito. ¿Qué pasaría si no volviera a encontrar unas obleas así, un vecino como Jonathan, las arepas rellenas de la esquina?
Al final uno descubre que cada barrio tiene su magia, sus personajes, sus rutinas. Y uno siempre lleva el barrio por dentro, y el barrio lo lleva a uno. Como decía el compositor y bandeonista argentino Aníbal Troilo: Alguien dijo una vez que yo me fui de mi barrio. ¿Cuándo? ¿Pero cuándo? Si siempre estoy llegando.