Vida, muerte, vida

Ana Isabel Giraldo Giraldo
Escuela de Educación y Pedagogía
Licenciatura Inglés Español
Universidad Pontificia Bolivariana

Se sentó en la cama para respirar e intentar llenar con aire el vacío que se le encajó en el pecho después de que, todavía entre dormida, escuchara a gritos: “¡Se murió Laura!”

Otra vez, la madrugada siendo mensajera de malas noticias. Salió del cuarto con la misma sensación de vacío en el pecho, el nudo en el estómago y la negación en la cabeza. Caminó desesperadamente de un lado a otro mientras amanecía.Le retumbaba la premisa de desconsuelo que escuchó decir a otra de sus tías, quién vivía en el piso de arriba, “Esto no puede ser, esto no puede ser. Díganme que es mentira”.

Rápidamente, todos en la casa comenzaron a bañarse y organizarse, ya habían vivido situaciones como estas porque, como dijo alguna vez uno de sus primos, “Muy bellos, muy buena gente, pero lástima lo poco longevos”. Sabían que el día comenzaba temprano y que luego habría encuentro de corazones apacharrados, abrazos con sollozos, mensajes de condolencias, llamadas y más llamadas de familiares, amigos, conocidos y curiosos. 

Cinco días antes la tía había comenzado a sentir malestar en el cuerpo. La indisposición no pasaba de una gripa que debía cuidarse con Fluturán, Vitamina C y altas dosis de aguapanela caliente con jengibre y limón. El jueves, después de 3 días sintiendo desaliento, decidieron ir a hacerle la prueba para Covid 19. Salió positiva y, antes de finalizar la semana, cuatro positivos más en su casa. El viernes, toda la familia estaba en cuarentena y en la madrugada del sábado la tía ya no estaba.

A mi mamá le chocaba tanto la gente lenta que hasta pa’ morirse fue rápida. Contaba una de sus hijas en una tarde familiar de remembranzas en la casa donde vivieron los abuelos. En ese mismo lugar donde los sobrinos aprendieron a montar en zancos, patines y bicicleta con la ayuda de la tía que, sin mucho pensarlo, soltaba a quien le estaba enseñando y le decía:

Hágale, hágale. Siga que usted es capaz. Mire pal’ frente.

Años más tarde, cuando ya no había niños que cuidar los juegos de patio fueron reemplazados por el Fase10, los rompecabezas de mil fichas, los sudokus y los crucigramas. Para estos últimos las tías se turnaban las mismas gafas que permanecían sobre la mesa. A no ser que Laura se las quedara para usarlas como diadema y así sujetar su pelo gris que hace muchos años había decidido no volver a tinturar y tampoco dejar que su largo sobrepasara los hombros.

Además de los juegos, el tinto que ofrecía la tía apenas llegaban a la casa amenizaba la previa a la coronilla del señor de las misericordias que rezaban cada tarde a las tres, en correspondencia al legado que había dejado la abuela. Luego empezaba la tertulia con vino de consagrar de las monjitas del convento de Marinilla y la tía, que conocía a mucha gente en el pueblo, fácilmente podría terminar contando que la hija de los “paturros” se casó con un “patebomba” que viene siendo primo de los “chingas”. Y les decía a las otras tías que cómo no se iban a acordar si ellos tuvieron tienda por ahí por la confitería, cerquita de Anita la de los Granodeoros. Un acertijo que solo entendían los viejos porque para los más jóvenes parecía estar hablando en clave, pero realmente hablaba de los apodos de familias de un barrio de Marinilla.

Por otra parte, nunca se llegó a saber que tenía la tía con las reuniones funerarias porque no había velorio o entierro de persona conocida que se perdiera. Tal vez, por eso tan suyo de la vida social, las amigas y las charlas que duraban horas. Además, su particular gusto por las ciencias forenses y su ausencia de morbo respecto a este tema. De hecho, en varias ocasiones llegó a contar con picardía que le cerró los ojos a un muerto y que otro día le sacó un pelo de la boca a una señora ya fallecida. Tanto así que, siempre que moría algún vecino, la abuela le hacía lavar las manos antes de entrar a la cocina porque según ella, Laura era muy “novelera” y seguro, había estado allá tocando al muerto. Anécdotas que terminaba expresando con su gesto natural, la sonrisa desmedida complementada por las arruguitas de las comisuras alrededor de la boca y aquellas marcadas en el contorno de los ojos coquetos que hablaban sin palabras.

Entre el trance que supone una noticia que se siente como una patada en la cara y la exigencia de continuar la vida sin opción de ponerle pausa, las memorias se llenan de últimas veces.  La última vez que la vio, la última llamada, el último mensaje la noche anterior o la última planta de su jardín amado que, con sus manos grandes y gruesas como las del abuelo, sembró y luego regaló diciendo “para que me cuide la energía”, como si ya el camino lo supiera. Las mismas manos con las que escribía en un pedazo de servilleta mal doblada la solución a los acertijos que enviaba al grupo de WhatsApp de la familia, después de haber enviado mensajes o notas de voz diciendo:

¿Nada que han podido? Jajaja

No, no es así. Miren bien y pónganle lógica.

Hoy, cuatro meses después de que la tía trascendió, la vida va volviendo gradualmente a su curso. Volvió el afuera, la ciudad, la rapidez, el movimiento. Volvió todo, menos Lala, porque ya hace parte de todo. 

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