Un retrato de la vida y la memoria

Ana Sofia Osorio Herrera
IE San José de Venecia
Grado Octavo
Talleristas: Sara Montoya y Susana Mejía

 

Recuerdo que a mi abuelo le encantaba el café, disfrutar de una taza de cafecito caliente en las mañanas, cuando el día apenas estaba por comenzar y los primeros rayitos de sol apenas se hacían visibles; era uno de sus tantos pasatiempos favoritos, además siempre tenía que ser acompañado de una buena vista, contemplaba las flores, los árboles, las aves y las hermosas montañas del Suroeste Antioqueño, para luego dar como inicio a su jornada de arduo trabajo.

Braulio Antonio Herrera Cardona. Mi abuelo. Nació en Venecia, en una familia muy humilde y numerosa, en dónde no tenía muchas comodidades, pese a esto tuvo que empezar a trabajar desde que era tan solo un niño de 7 años. La realidad de muchos de nuestros abuelos y padres, e incluso, aún de muchos niños y jóvenes. Empezar a trabajar desde jóvenes para sacar adelante un hogar, una familia, para encontrar oportunidades. Mi abuelo lo afrontó de la mejor manera posible, sin pereza; para mí él era un referente de resiliencia y valentía ya que tenía dificultades y aun así disfrutó de su juventud y su vida en general, por ello decido contar su historia. Creo que ser un buen ciudadano también se trata de ser noble, de ser resiliente, de encontrar la belleza en las pequeñas cosas, y eso era mi abuelo.

Cuando tenía 23 años conoció a mi abuela, Luz Marina Correa Calle. Amor a primera vista, se enamoraron, fueron novios durante 9 meses para luego finalmente casarse. Decidieron formar una familia grande, tuvieron 7 hijos. Mis tíos y tías. Y aunque eran muy jóvenes para conformar un hogar hicieron todo lo posible para que nunca les faltara nada a sus hijos, como dicen por ahí “lucharon contra viento y marea”. Su historia podría parecerse a la de muchos libros y películas, y, sin embargo, cada vez que la escuchaba, sentía que era mágica y nueva, como una primera vez.

Luego de los años, mis abuelos seguían viviendo en Venecia, un pueblo de personas amables, de gran corazón y echadas para adelante. Con un clima templado, donde hay días que hace demasiado calor y otros que amanece tan neblinoso, que no se puede ver…

Era una casita de una zona coloquialmente llamada “El Callejón”, y la verdad es que nunca supe su verdadero nombre. Ahí disfrutaron muy buenos momentos, entre ellos ver crecer a sus nietos, fueron muy felices en ese lugar. Pero, mi abuelo tenía otros planes. Su sueño era irse a vivir al campo. Y así fue, se hizo realidad. Ubicada en la vereda El Rincón está la finca de mis abuelos. El Bosque.

Un lugar maravilloso, un lugar que para mí representa memoria y regocijo, que transmite una energía sensacional; desde el camino enrielado rodeado de pinos, hasta que llegas a la entrada. Que es de un color azul, un azul radiante; que nos transmite esta tranquilidad y paz, pero a la vez entusiasmo.

La finca está rodeada de árboles, flores, adornada de hermosos paisajes y con la compañía del cantar de los pajaritos cada día. Su aroma es indescriptible, pero sí, creo que se asemeja a la propia pureza. La finca tiene una casa llena de fotografías, fotografías con retratos que contaban historias, con objetos que nos llevaban a otras épocas, y con aromas que nos transportaban a la región. La casa era un retrato de mi abuelo, y mi abuelo un retrato de la vida y la memoria.

Mi abuelo se encargó de transformar su nuevo hogar, darle vida y color. Él, que era un apasionado por la agricultura, se puso en la tarea de sembrar la huerta. Donde había plátano, yuca, tomate, hortalizas… También tenía su cosecha de café, él se encargaba de realizar todo el proceso que requiere. Un recuerdo muy notorio que tengo de él es secando el café. Y claro, me enseñó, porque siempre que hay que cuidar las cosas desde su origen para que salgan de buena calidad. Lo recuerdo, ahí, vivo: extendiendo las cerezas del café en patios de secado, removiendo cada tanto tiempo con un rastrillo para que todo se secase de manera uniforme. Uno sabe cuando el café ha alcanzado el secado adecuado porque se puede escuchar el traqueteo de los granos. Ese sonido siempre me recordará a mi abuelo.

Mi abuelo se encargó de plasmar poco a poco el sinónimo de la verdadera belleza, la belleza de lo natural. Lo natural que es la vida, la nobleza pura y sabiduría que tanto lo caracterizaba.

También logró avivar todos los bellos recuerdos de la trayectoria de su existencia, desde que era tan solo pequeño hasta su vejez. Mi abuelo murió hace unos años, pero florece todos los días en el jardín. Jardín que un día fue cuidado con sus propias manos. 

 

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