En este tiempo, prácticamente casi todo el año 2020, nos hemos visto obligados a confinarnos para evitar el contagio letal de la covid-19. Como en las épocas de guerra o de otras pandemias, vivimos una experiencia crítica y generalizada en la que el cuidado de la vida, más que en otros momentos, se exacerba. Este cuidado, que debería ser permanente, es decir, una cuestión vital de la vida cotidiana, lo hemos aprendido a fuerza: por la inminencia de un caudal de muertos a nuestro alrededor.
En medio del encierro, del confinamiento forzoso, es importante que analicemos la trascendencia del cuidado como aprendizaje superior en la sociedad, para tiempos de pandemia, por supuesto, y también, desde luego, para lo que podríamos llamar para tiempos normales, o, por lo menos, sin riesgo de contagio universal. Esto del cuidado como aprendizaje superior tiene que ver con la idea de que lo más importante, en cualquier caso, siempre es la vida, el bienestar, el buen vivir personal y colectivo.
Si reparamos en esto, entonces caemos en la cuenta de que el contexto actual, y seguramente el futuro, exige una educación centrada en el cuidado como valor universal. Habría que decir que es el cuidado el valor mayor, que supone la sostenibilidad personal, social, económica, cultural, porque lo relevante del cuidado es, precisamente, la integralidad, y en esto reside que la especie humana y las demás especies continuemos existiendo de manera armónica.
En el cuidado quiero precisar tres aristas, en la perspectiva de la integralidad que he señalado antes. La primera arista es la casa común; la segunda, los otros (los humanos y las demás especies); y la tercera es el sí mismo, que para el caso de mi comprensión en este texto tiene también tres derivas: el conocimiento, el pensamiento, el lenguaje. Desde lo más amplio hasta lo más particular, el cuidado tendría que ser una de las ocupaciones centrales para nuestra existencia, pues en ello nos jugamos lo actual y lo venidero.
En relación con la casa común, considero que es imprescindible asumir la idea de la morada propia, esto es, entender que el hogar íntimo se amplía al planeta; por tanto, la limpieza, el orden, la estética y el uso de los recursos, lo que se llama economía, es un principio para habitar el mundo; así, hacer en el afuera lo que solemos hacer en nuestra morada es una condición de cuidado, de articulación entre lo privado y lo público. Y esto es, ni más ni menos, coherencia en la actuación.
De igual forma ocurre con el cuidado del otro. Si cuidamos a nuestro hermano, porque es de nuestra misma filiación, entonces tendríamos que actuar en consonancia con todos los otros que hallemos en la sociedad, en el mundo; aquí cabe traer a colación la última Encíclica del Papa Francisco, Fratelli Tutti, en la que nos impele a ser hermanos con todos los demás, no solamente con quienes tenemos vínculo de sangre. Esta hermandad es clave, porque nos pone en el lugar de la compasión, de la fraternidad, de un amor en la ayuda mutua, en la solidaridad.
Finalmente, el cuidado de sí mismo supone la construcción de una morada interior en la que cada quien puede convivir consigo de manera armónica, en diálogo interior. Esto, creo, lo expresa de perfecta manera Lucio Anneo Séneca, el clásico escritor latino, en su texto Cartas a Lucilio: “Yo creo como la primera prueba de tranquilidad del espíritu el poder concentrarse y vivir consigo mismo.” (1982, pág. 23). En efecto, concentrarse en sí mismo es una alta capacidad humana, porque esta concentración no es un acto solipsista, sino una condición para el pensamiento, el conocimiento interior y el afinamiento del lenguaje que nos permite relacionarnos con los demás.
Considero que en esto reside la tarea educativa que se fragua en la relación entre los medios de comunicación y las instituciones formadoras de maestros: en construir un lenguaje de interacción respetuoso, educado, que tiene como base un cuidado de sí que se amplifica hacia lo otro, los otros, el mundo. Por tanto, de la mano con el mismo Séneca, los medios de comunicación y la educación tienen que enfatizar en una formación que nos haga fuertes amigos de nosotros mismos, para que a partir de allí nos hagamos amigos legítimos de los demás. Esto es, en mi perspectiva, amor, fraternidad, hermandad.