Tan parecidos a mí

Carlos Mario Arroyave Aguirre
Unidad Educativa San Marcos
Grado Noveno
Talleristas: Sara Montoya y Susana Mejía

Texto destacado:
Salir de la burbuja…darnos la oportunidad de romper esquemas. Carlos Mario nos invita a confrontar la manera como en algunos ámbitos escolares se fomenta la idea de que, mientras más parecidos, mejor.¿Será que sí? En este texto hay preguntas muy valiosas para todos.

Y ahí estaba yo, esperando atentamente que me llegara el correo anunciando en qué salón estudiaría en el año 2021, no sé cómo ni cuándo, pero ya estaba afrontando el grado noveno, desde primaria el camino hasta ahí se veía vasto y demorado, pero ya estaba dando unos últimos tres pasos para hacer de mí un futuro universitario.

Gran parte del bachillerato lo cursé en el grado B de mi colegio Unidad Educativa San Marcos. Realmente no era feliz, no me sentía lleno estando en las cuatro paredes que componían esos tres años que estudié representado en esa letra, pese a que el B siempre fue el mejor. Los B eran los salones de los “juiciosos”, “aplicados”, “gente que no tenía tanto mundo”. Pese a mi infelicidad, yo quería permanecer allí por el buen ambiente disciplinario que había, además de que estaba con mis mejores amigos, las otras personas no iban a influir mi vida escolar, aunque en ese tiempo tener amigos me parecía algo banal, solo veía el colegio como manera de adquirir conocimientos y “ser el mejor”.

Llegó la notificación que me anunciaba que iba a estar en Noveno A… Lloré de la desgracia, no lloraba por los recuerdos del B, lloraba por lo que era el grupo A, o como le denominaban algunos, incluyéndome, el grupo de los “criminales”, indisciplina, pereza, bullying, unas notas malas, escándalos. Esa era la imagen que se vendió de ese grupo, yo ya me veía como un rechazado, como un bicho raro que dañaría el ambiente, me veía cursando los peores años de mi vida, mi único consuelo es que me pasaron junto a mis dos mejores amigos, quienes también estaban inconformes. 

Pedí inmediatamente a la coordinación un retorno al B, argumentando que no era sano para mí estar con ellos, tratando de convencerlos de que ellos solo retrasarían mi proceso educativo, a lo cual me respondieron que no, que yo necesitaba nivelar ese grupo, y que además parte del año se iba a cursar de forma virtual, debido a la pandemia por el Covid-19, y que iba a ser un año relativamente con poca interacción.

Con curiosidad, atención y algo de prejuicios inicié mi año escolar, pensando en cómo iba a ser mi experiencia compartiendo con aquellas personas que consideraba tan “diferentes” a mí.

Lo primero que noté fue la perspicacia que tenían, un humor ordinario, que representa de alguna u otra manera jovialidad, noté la frescura del trato que había de los unos a los otros, se hacían bromas, se sacaban risas, una humanidad que no había visto antes en otro grupo, desde el trato se podía evidenciar que no eran un grupo normal. Poco a poco, durante las clases, empecé a sentir cómo la maleta de los prejuicios que uno siempre lleva a todos los lugares se iba vaciando. Empecé a sentirme extrañamente cómodo. ¿De dónde salían muchas de las ideas que tenía de este grupo?

Estudiamos virtual hasta febrero, a mediados de ese mes comenzamos el método de alternancia y después del primer día de estar presencialmente en la institución me di cuenta de que el del problema era yo, debía salir de una burbuja, la burbuja de la perfección, del miedo y el asco a la “recocha”, sabía que tenía que socializar más, que, efectivamente, reír de vez en cuando y compartir no eran actitudes contrarias a ser buen estudiante. Que uno no tiene que ser negro o blanco, que uno puede encontrar matices y oscilar entre las gamas. Incluso, dentro del grupo que todos consideraban los “malos” encontré gente realmente inteligente, apasionada, con capacidades diferentes a las habituales. 

Con el paso de las clases, durante el año, cambié, pero no me malinterpreten, nunca dejé de ser buen estudiante, solamente comencé a ser estudiante, empecé a charlar con ellos, demostré que era una persona de confianza, empecé a ser más extrovertido. Borrar mi fama de sapo fue un proceso lindo. Fue algo muy gratificante ver cómo me aceptó el grupo, me empezaron a tratar de manera amable, me hicieron sentir parte del grupo. Ellos lo justificaron diciendo que el grupo A era una familia, y que lo que los diferenciaba de los otros grupos era la buena relación que había entre ellos. Ellos me ayudaron a ser un ser más social.

Pasado el tiempo me encariñé con el grupo, generaron en mí un sentimiento que jamás había imaginado. ¡Ahora valía la pena ir al colegio!, ahora cada madrugada era justificada, ya no sentía la indiferencia de antes para ir al colegio, cada hora podía ser un recuerdo; las risas, los chismes, las clases eran más entendibles, rodeadas de buenos compañeros, sumado a los excelentes profes que nos correspondieron ese año, las clases ya no eran tan monótonas. Mis dos mejores amigos, Martín y Federico, también empezaron a encajar con el grupo, nos dimos cuenta de que la imagen que nos vendieron era completamente falsa, ya era un grupo maduro, un grupo que sabía diferenciar los tiempos de charla y clase. Ese contraste me enseñó a amar el colegio y me hizo caer en cuenta de lo relativamente poco que me quedaba como estudiante, ¡Qué bella es la etapa escolar! esa etapa de aprendizaje, de definición personal, tiempo de transición, donde a veces descubrimos el amor, el odio, las pasiones, la preparación a esa vida adulta. Adultez que muchas veces añora los recreos o las tareas que para ese entonces eran aparentemente difíciles.

Yo traté de tomar, poco a poco, un rol en el grupo, una clase de líder improvisado, en verdad quería ser alguien valioso para mis compañeros y empecé a asumir la tarea por la cual fui enviado a ese grupo, nivelar; la verdad lo único en lo cual podía ayudar a mis compañeros era en el sentido académico, empecé a explicarles los temas, me preocupaba por ellos y, en efecto, el promedio empezó a subir; no me acredito nada, pero muchos compañeros me agradecieron porque les explicaba bien o por una ayuda que les daba. Mejoramos tanto que teníamos los primeros puestos en el grado. Nos propusimos una meta grupal: pasar a décimo todos juntos sin necesidad de presentar refuerzos, era algo nuevo para algunos compañeros que no lograban pasar de un periodo a otro sin una materia perdida, entonces era un reto difícil, mas no imposible, solo había una materia pendiente y era matemáticas. En el momento en que estoy escribiendo este texto no se ha acabado el año, pero vamos bien, se creó un espíritu por ser el mejor grupo, y según algunos profes, a la fecha de este artículo, somos los mejores. 

Qué agradecido estoy con la vida y con la coordinación de mi colegio, este año me ha enseñado muchas cosas, comenzando por las etiquetas, muchas veces son falacias letales capaces de destruir vidas, todavía me sorprendo de lo mal que se hablaba de ese grupo, algunos profesores incluso lloraban de la desesperación, el montón de procesos por los que pasaron mis compañeros. Es algo muy inusual que un grupo mejore de manera tan drástica, y eso es lo segundo que me enseñó el 2021, las personas cambian, es algo bonito que debemos tomar para bien en la sociedad, todos podemos ser diferentes si tenemos alguien que nos ayude, algo que le dé sentido a la vida, la mayoría de veces se puede cambiar. Mi grupo cambió sus notas, su disciplina, su interés por el colegio, y eso me alegra enormemente y por eso, sonará raro, ¡pero mis compañeros de clase son mi orgullo! 

¿Qué aprendí yo? cambié mi visión de la sociedad, mi imagen en el colegio, ya no era la del sapo, incluso mejoré mi promedio, me di cuenta de lo bello que puede ser instruir a una persona; una gran oratoria que escuché me dejó la bella enseñanza de que uno puede enseñar inconscientemente a las personas, ya sea siendo buen ciudadano o queriendo mejorar al otro; me volví una persona más resiliente, y una última cosa que me enseñó este año fue el amor a la vida. Y como cada suceso se vuelve un aprendizaje,  sé que me debo levantar de cada derrota, al fin y al cabo esa es la esencia de la vida, la felicidad y la tristeza, el ganar y el perder, no nos podemos estancar en esta última, no nos podemos quedar con los brazos cruzados, ni entrar en una depresión solo por perder algo o por creer que no encajamos, tenemos que buscar la forma de salir, de mejorar, de hacer nuestra vida agradable, y eso muchas veces lo conseguimos con amor. Ese sentimiento que nace muchas veces de lo más banal e insignificante, ese valor que está en todas partes, solo lo debemos buscar, yo lo encontré en el colegio y es algo que todos los jóvenes deberían entender, debemos querer la escuela, esa etapa no es tan tediosa, estudiar no solo son los libros, son los momentos, las experiencias, las bromas, y todo lo chévere, porque en mi opinión, si este país tuviera mejor educación y los muchachos y muchachas aprendieran a amar el colegio, Colombia mejoraría demasiado. 

En la diferencia, en los contrastes, se encuentra la diversidad. No es bueno solo el que recibe buenas calificaciones. El grupo que creía tan diferente a mí, y sí, tan diferentes, que se parecen a mí.

 

 

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