Por: Laura Rendón Aguirre, tallerista de El Taller 2023
Estaba acostumbrada a encontrarlo cada día, a verlo por la mañana, con la misma gorrita y variedad de stickers en mano. Era un hombre de 60 años de edad, aproximadamente, con una estatura promedio, piel trigueña, cejas pobladas y ojos oscuros; un señor que se ganaba la vida vendiendo calcomanías y, uno que otro, libro infantil para colorear. Esa era la imagen que me recibía cuando mi mirada buscaba acertijos o personas que despertaran curiosidad.
Un día, yendo a la universidad, paramos en uno de los semáforos de la 70, ese que queda al lado de la Estación Rosales de Belén. El señor, como de costumbre, empezó a repartir las calcomanías a todos los carros que estaban allí. Cuando llegó donde mí, sonrió. Quitó uno de sus stickers de caritas enamoradas y procedió a pegarlo en mi brazo derecho que reposaba en la ventana del auto. Instantáneamente la felicidad recorrió mi cuerpo por el afable gesto del hombre. Le dije, con emoción: “¡Muchísimas gracias!”. Él me respondió señalando el papel que estaba grapado en uno de los paquetes que ofrecía a la venta. Al leer lo que decía, la vergüenza se hizo presente en mis ojos, manos y mejillas, pues él era sordo. Me apenaron mis palabras y el hecho de pasar por alto el mensaje que, en todo este tiempo, estuvo frente a mí.
Al transitar por el semáforo, solo recordaba aquel momento. Sin embargo, ya han pasado varios días en los que no lo he visto en su sitio habitual, lo cual hizo que mis recuerdos vergonzosos fueran reemplazados por preguntas: “¿Por qué no ha vuelto?, ¿le habrá pasado algo?, ¿se fue a otro lugar?, ¿ya habrá dejado de trabajar?” Estas inquietudes se hicieron más recurrentes porque, a pesar de buscar con la mirada las respuestas, aún no las he resuelto.
Esta semana, de nuevo, no logré verlo.