– Tengo miedo- dije. Tenía las mejillas rojas y la voz cortada.
- ¿Miedo? – respondió mi padre un poco confundido, mirándome a los ojos como si tratara de decir que no me comprendía.
- De ser mujer- respondí seriamente. Nunca me había sentido tan segura de decir algo.
Era octubre de 2019, aproximadamente 4:30 de la tarde en un día soleado. Unas horas ante nos encontrábamos en El Colombiano en su sede de Envigado, ya que este era el último día de Prensa Escuela y todos estábamos ansiosos por ver quienes habían sido publicados en El Taller. Cuando salimos, caminamos rápidamente hacia el centro comercial Viva Envigado, nos quedamos cerca de diez minutos en el segundo piso, solo nos sentamos un momento a descansar y hablar un poco antes de volver a casa. Éramos siete, cinco compañeros del colegio, la madre de un compañero y la maestra del salón; luego nos dirigimos al Metro.
Personalmente me disgusta el transporte público, pues no estoy acostumbrada a usarlo y tiendo a perderme y a confundir los caminos. Estábamos cerca de la estación Caribe, todos tenían que bajarse allí para dirigirse a sus hogares, por lo que yo tendría que quedarme sola en un medio de transporte que no solía frecuentar.
- Tú te bajas en Acevedo, Sara. Es la estación que sigue- Me dijo Yeimy, mi maestra de Lengua Castellana, luego de despedirse.
- No debe ser difícil – me dije, queriendo convencerme de que no estaba nerviosa, solo tenía que esperar una estación más.
Sin embargo, no me imaginé lo que iba a pasar. El vagón estaba lleno, pero pude sentarme en un asiento que se ubicaba al lado de la puerta, pero aun estando en un vagón lleno, me sentía sola. Algo muy peculiar. Cuando llegué a la estación Acevedo me di cuenta de que estaba en el vagón equivocado, ya que en la puerta solo se observaba una pared. Me asusté, pero traté de ocultarlo para disimular frente a los otros pasajeros para no incomodar, razón por la que permanecí callada y no le pregunté a nadie qué podía hacer. Con el celular apagado, mi morral verde que cargaba en la espalda y mi uniforme azul me dispuse a esperar a la siguiente estación para coger un taxi, ya que si seguía en el Metro solo lograría perderme aún más.
Luego, en la esquina de la estación Madera me acerqué a una señora que tenía una pequeña chaza. Era una mujer de piel morena, con una camisa rosada y apretada, el pelo recogido en una cola y muy dispuesta a responder mis preguntas. Ella notó mis nervios al instante.
La señora me indicó un lugar donde podía subir a un taxi cerca de allí, y yo haciendo caso, aunque temblorosa, me dirigí a aquel lugar donde estuve esperando aproximadamente cinco minutos. Pasado este tiempo llegó un taxi que conducía un hombre de unos cincuenta años, bastante serio y apático, me monté en la parte trasera del auto, bajando la falda de mi uniforme de gala para que no se viera nada de piel.
- ¿A dónde vamos, niña? – Me preguntó el taxista mientras que miraba por el retrovisor.
- A Florencia, por favor- dije con una cara seria, tratando de ocultar mi miedo.
Durante todo el viaje, que duró unos veinte minutos, yo no dije ni una sola palabra. Solo miraba por la ventana, esperando no ser agredida por algún desconocido.
Cuando llegué a mi casa fue un alivio. Pagué rápidamente y me bajé. Nada iguala la tranquilidad que sentí en ese momento. Por fin me sentía segura en un lugar.
Después de ese día no pude evitar sentirme mal. ¿Acaso yo no podía estar tranquila en la ciudad cuando pasaba tiempo a solas? ¿Es normal tener un constante miedo a ser agredida? ¿De dónde salieron todas estas inseguridades?
- ¡Ya lo sé! – me dije, y me decepcioné de la respuesta. – Es porque soy mujer.
¿Por qué tendría miedo por ser mujer? Fácil, por cosas denigrantes como lo es por ejemplo el acoso callejero, que son situaciones a las que nos enfrentamos todos los días al salir de nuestros hogares, y nos hace sentir inseguras porque tememos que los mismos lugares que solemos frecuentar sean donde podamos ser agredidas.
Tenemos miedo a vivir en carne propia la violencia, como la sufren decenas de mujeres al año.
Tengo quince años, y cada día de mi vida tengo que pensar dos veces como voy vestida a determinados lugares solo para tratar de evitar comentarios soeces en la calle. ¿Acaso la cantidad de ropa que llevo determina la cantidad de respeto que merezco? ¿Cuándo puedo dejar de vivir sin miedo?
- ¡Nunca! – exclamé, enfurecida -Nunca me darán respeto, porque la violencia está arraigada a mi género.
Ahora mi pregunta no es el por qué tener miedo, sino ¿Por qué no tener miedo?
Aquel día en el Metro solo me ayudó a darme cuenta de las inseguridades que han rodeado mis quince años de vida, no porque en este lugar me haya sentido agredida de alguna forma, sino porque después de tanto tiempo entendí que la razón para mantenerme prevenida en todos los sitios que visito son las situaciones de acoso que como mujeres tenemos que enfrentar. Porque en un país como este la que provoca el daño siempre es la víctima, nunca el victimario. Sé que puedo ser la próxima, pero de ser así, quisiera ser la última.