Rojito, una ruta a la convivencia

Por: Sofía Martínez Salgado

Centro Educativo Autónomo

Grado Noveno 

Tallerista: Wendy Moná Sánchez

Licenciatura en inglés y español

Universidad Pontificia Bolivariana 

Hoy quiero que me acompañen a mi cárcel azul, también llamada colegio, una cárcel a la que solo se va cinco días a la semana. 

Desciendo la loma de mi casa en Florencia, abajo, al finalizar la calle pasa el bus de 5:50 am. Al salir de mi casa lo primero que hago es ponerme audífonos y reproducir aleatoriamente todo tipo de música. Al llegar a la parada de buses, a la espera de la ruta 283, me acompañan unas cuantas personas y con muchas ansias esperamos al rojito con un profundo deseo de que no esté lleno…por fin, llegó. 

Apurados, todos se amontonan en la puerta para subirse. Yo soy un poco más calmada, espero que todos suban y luego voy yo; “Muy buenos días”, saludo duro al conductor y, con una sonrisa, le entrego mi billetico y cuando me devuelve, también  le vuelvo a sonreír y me voy con un “Gracias”.

Elijo un puesto cerca a la puerta, pues mi viaje es corto. Al sentarme, por el contrario de los demás, no tomo el celular, eso me marea y, además, creo que me gusta más el hecho de observar a quienes van conmigo, me gusta mucho verlos  mientras escucho mi música, siento que la cara que más transmite emociones es la de las 6:00 am en un bus que progresivamente va más lleno.

Hay mucha variedad de personas, algunos ojerosos y con el cabello un poco desarreglado, deduzco que su trabajo los puede absorber bastante y aun así están un día más luchando contra el tráfico de una ciudad para llegar de nuevo a su deber.

Se sube de una persona de la tercera edad y al ver que en la parte de adelante nadie se inmuta decido levantarme, sonreír y decir; “Bien pueda”, y me levanto con la gratitud de haber recibido una sonrisa tierna después de un “gracias mijita”. Y sigo con mis deducciones, veo a los estudiantes; casi todos van muy organizados, tal vez sea porque tienen más tiempo o porque les importa más que a los adultos lo que dicen los demás sobre sus apariencias. 

Al pasar por una iglesia veo a muchas personas hacer el mismo movimiento con sus

manos, algunos hasta cierran sus ojos para hacer ese gesto y allí me doy cuenta de que muchos, sobrecargados por la cotidianidad, se alivianan un poco porque confían en que, en algún momento, su realidad cambiará con ayuda del omnipotente.

También me concentro en mirar una panadería llena de personas tomando tinto, me da un poco de hambre y también me alegra saber que el dicho de “al que madruga dios le ayuda” no solo es para quienes vamos con destino a nuestras responsabilidades, sino también para quienes se quedan en casa todos los días, y madrugan así sea solo para disfrutar de panes recién hechos.

Ya estoy próxima a bajarme de este bus lleno de tantas emociones. Toco con fuerza el botón rojo, pido amablemente permiso, bajo tres escaleras y siento como me abandona el calor característico de las personas y me recibe un frío y fuerte viento. Entro a mi colegio, me quito mis audífonos y me preparo para mi diaria realidad.

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