Raúl, un corazón que no se apaga

Por: Susana Restrepo Velásquez

Colegio Marymount Medellín

Grado Séptimo 

Tallerista: Wendy Moná Sánchez

Licenciatura en inglés y español

Universidad Pontificia Bolivariana

 

09 de octubre de 1945

Un día aburrido como siempre. Un día largo después de que mis amigas me contaran chismes y fingir que me importaban. Cuando por fin la jornada escolar se acabó fui caminando a mi casa por esa colina empinada de siempre, y en unos momentos llegué; Mi casa no era muy grande, pero cabíamos mis padres y yo perfectamente. Ya quería llegar a mi cama y dormir y no hacer nada. 

Cuando entré por la puerta de mi casa me enojé al ver que mi mamá había traído invitados: Eso significaba que no me podía ir a dormir. Pero, la verdad, tener personas en mi casa no me molestaba; la razón de mi ira era que los amigos de mis padres vinieron con su hijo Raúl; un niño malagradecido que solo causa problemas. Tiene el pelo negro oscuro y un poco rizado. Los ojos cafés y una piel muy clara. 

La primera vez que nos conocimos fue hace tres años; yo tenía seis y el siete. Lo único que ese niño sabe hacer es quejarse y presumir que es un año mayor que yo. Siempre me metía en problemas por culpa de ese niño. Una vez me culpó de haber liberado a un pájaro de su jaula en un zoológico. Había rezado tantas noches para no tener que volverlo a ver; pues resulta que no funcionó.  

Ahí estaba él; mirando feliz el odio que estaba escrito en toda mi cara. Claramente no pienso hablarle. Solo diré que tengo mucha tarea y que los exámenes se aproximan; así evitaré cualquier tipo de interacción. Pero claro, mi madre se tenía que meter en mis pensamientos para decir…  

- ¡Gloria! Mija, ya que acabas de llegar, ¿por qué no aprovechas y hablas con Raúl? Mira lo guapo que está. – Dijo ella, disfrutando mi cara de vergüenza. 

-Pero, tengo mucha tarea, y se están aproximando los exámenes.  Fue lo único que se me ocurrió decir.  

-Ya sabes lo inteligente que es Raúl, él te puede ayudar. Dice mi madre, siendo intensa como siempre.  

Le hice un gesto a Raúl para que me siguiera al estudio, que era un espacio muy grande, lleno de libros y, por supuesto, con la silla más cómoda del mundo. En ese momento quería tirarle una silla a mi madre, esto no arreglaría nada, pero yo estaba muy enojada.

Volviendo al verdadero problema, estaba prácticamente rezando para que Raúl se ofreciera a hacer todo el trabajo, pero rezar no resuelve ninguno de mis problemas. Entonces me tocó lanzarle indirectas muy directas…

- ¿Vas a hacer mi tarea o, ¿no? – Le pregunté perezosamente.  

- ¡Pero qué aburrida eres! – Dijo, quejándose como siempre. – ¡Mejor vamos por un helado! Eso será más divertido.  

- ¿Estás loco? Si mis padres se enteran de que fuimos por helado sin permiso.  

- ¿Y quién dijo que se tenían que enterar?  

Lo odié tanto en ese instante. Mis padres me arrancarían la cabeza si hago algo sin su permiso. Pero tuve que admitir que la razón de mi furia fue mi respuesta… Yo había aceptado y, la verdad, es que él quedó tan impactado como yo. 

-¿Entonces, qué estamos esperando? 

- No lo sé.  

- Bueno, ya aceptaste, entonces no hay marcha atrás. Vamos de una vez.  

Raúl se dirigía a la ventana por la cual salimos. Como vivía en el primer piso de mi apartamento no tuvimos ningún problema. Lo que sí nos costaría era llegar al puesto de helados, ya que faltaba por subir una colina muy empinada, pero ese no era el mayor problema; lo que me preocupaba era qué pasaría si mis padres se enteraban. Cada segundo que pasaba pensaba en el regaño que me darían mis padres si se enteraban de esto.  

El heladero era un señor muy amable, tenía un pequeño carrito con muchos sabores. Y él se encargaba de sonar una campanita para que todos supieran que llegó. Yo pedí fresa y él chocolate. 

Sorprendentemente, fue muy divertido; hablamos de nuestros padres, y nos quejamos bastante. Fuimos a dar una caminata después de llegar al puesto de los helados y la verdad es que me divertí, pero eso es algo que jamás le diré. Con suerte, logramos entrar por la ventana de regreso y nadie se dio cuenta. Minutos más tarde la mamá de Raúl lo llamó y se fue sin despedirse de mí.  

Han pasado ya 7 años. Desperté una vez más, pero esta vez ya no era una niña, ya tenía 15 años, y me di cuenta de que crecer al lado de Raúl hizo que me enamorara de él. Mañana será el día en el que nos volveremos a ver y esta vez será diferente porque es mi cumpleaños número 16 y él va a venir a mi casa con su familia y celebraremos juntos. 

5 de enero de 1952

Por fin era el día; no podía creer cuánta energía había gastado esperando este momento. Pero lo que en realidad me tenía tan nerviosa era ver a Raúl. Me arreglé, me puse un vestido azul rey y me maquillé. No muy extravagante porque quería que a Raúl le gustara mi apariencia. El resto era esperar a que llegaran.  

Pasaron un billón de horas hasta que por fin llegaron, ya eran por ahí las 7:30 de la noche y nos sentamos todos a comer. Nuestro comedor era pequeño, pero había espacio suficiente para todos. En la mesa había unos platos caseros gigantescos hechos por mi madre. Debo admitir que de cocina sabe bastante. Después de eso, él se dirige hacia mí y mi corazón amenaza con salirse de mi pecho. 

-Hola, Gloria, estas muy hermosa, y feliz cumpleaños.  

-Muchas gracias. – Dije tratando de no enloquecer.  

-Y, ¿qué dices? ¿Vamos por un helado? 

Cuando dice eso casi me derrito; se acuerda de cada pequeño detalle, así como yo.

-Claro que sí.  

Como la última vez, salimos por la ventana del estudio y dimos una pequeña caminata hasta el puesto de helados. Y antes de regresar nos sentamos en una silla al lado de un pequeño parque. Era un ambiente hermoso; los árboles estaban llenos de flores y aves, las cuales cantaban hermosas sinfonías, y la mejor parte de todo; olía a café. Y para rematar, el paisaje estaba precioso; el cielo estaba teñido de un rojo muy oscuro y tenía trazos de naranja y rosado por todos lados. ¡Qué belleza, de verdad!

Jamás llegué a pensar que Raúl fuese mi primer beso. Estaba convencida de que nunca ocurriría algo así, pero estaba equivocada. Esa noche, Raúl me tomó de la mano, y cuando ambos terminamos los helados, me dijo que era la niña más hermosa y brillante del mundo. Y después me besó. Ahora sí, llegamos a mi casa y antes de que él se fuera me pidió ser su novia y, por supuesto, acepté.  

4 de abril del 1954 

Ya estábamos juntos desde los 16, y no sabía que Raúl estaba por irse del país a Holanda para iniciar una carrera universitaria. Pero ¿qué hay de mí? ¿Qué pasaba si se juntaba con otra? Estaba decidida a proponerle que no se metiese con nadie más.

Esa misma tarde salí a su casa; un lugar pequeño pero muy acogedor. La entrada de su puerta estaba cubierta de enredaderas y varias flores; un detalle que la verdad me encanta. Y al tocar el timbre el me abrió la puerta. 

-Gloria, ¿qué haces aquí?  

- No puedo creerlo. ¿no es obvio? Raúl no te puedo dejar ir a Holanda sin mí. Te vas a casar conmigo, ¿sí o no?  

-Está bien. Gloria, ¿te quieres casar conmigo?  

Y para mi sorpresa ya tenía un anillo en el bolsillo de su suéter. En ese momento me sentí la protagonista de un cuento de hadas. ¡Fue tan hermoso ese momento porque ya tenía un anillo! Cada detalle de nuestra relación lo convertía en una historia majestuosa. Y admito que me sentí como la mujer más suertuda y especial en el mundo. 

- ¡Si! – Grité de inmediato, llena de felicidad. Y lo abracé largamente. 

 6 de septiembre del 2022 

Tuve una vida larga y saludable al lado de Raúl. ¡Estoy tan agradecida de haber contado con él desde una temprana edad!. Y la verdad es que me hace y me hará mucha falta. Logramos criar 5 hijas, lastimosamente una falleció, pero amé cada segundo de esa vida que Raúl me permitió tener. Murió hace poco, y me duele tanto no haberme podido despedir de él. Pero, finalmente, estoy tan feliz de que él estuvo ahí para mí siempre que lo necesitaba. Lo voy a seguir amando tanto, aunque su corazón se haya apagado, él sigue vivo en el mío y en los que lo admiraban y querían.  

 

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