Por: Mariana Acosta Gutiérrez
Tallerista Prensa Escuela 2019
Licenciatura en Humanidades y Lengua Castellana
Universidad de San Buenaventura
Cuando nos preguntan ¿Qué eres? Vienen a nosotros una infinidad de respuestas, colores, lugares e, incluso, sabores. Pensamos, tal vez, en que somos vida, somos ciudad, somos luz, somos caos, somos transformación. En definitiva: vamos siendo. Somos seres inacabados y en cada paso que damos nos vamos (re)escribiendo. Es por eso que narrar sobre nuestra historia, nuestros orígenes, nuestras inquietudes, nuestros miedos, hace que cada día seamos más ciudadanos, esto es, más humanos.
Chocolate
Bajo mis pies la tierra seca, los pequeños matorrales, el crujir de las hojas y las viejas vías del ferrocarril en el campo de Caracolí. Poco recuerdo el pueblo. En general, poco he ido a esa tierra de ancestros en la que casi todos alzan la voz para rezar el padre nuestro, y con la misma fe susurran conjuros (bien y mal intencionados) que viajan con el viento.
Iba con mi abuela y mi padre a la vereda El 62, donde vive el tío abuelo Arcángel. Siempre existió un pequeño paradero del Ferrocarril cerca de su casa; ahora se llega en motorodillo, un ingenioso transporte que se fue desarrollando poco a poco cuando se acabó oficialmente el sistema ferroviario, y los trenes salieron de circulación. Sus pioneros tomaron una moto, la organizaron con un tablado, pusieron rústicas sillas encima y comenzaron los viajes que comunican muchas veredas con el pueblo.
Por una entrada, que antes era trocha y ahora son escaleras, nos esperaba Arcángel Gómez, hijo de Jesús Emilio y de Virgelina. De tez morena, cachetes grandes, el cabello bañado en canas, sin camisa y con un crucifijo en el pecho. Solo traía encima la cruz, una pantaloneta azul que combinaba con la pintura de la sencilla casa de adobes, una sonrisa sincera bajo el frondoso bigote y una especie de bastón que le ayudaba a apoyarse en cada paso.
La abuela y mi padre conversaban con Arcángel y yo ocasionalmente asentía con la cabeza, pues casi no le entendía. En realidad le comencé a prestar más atención a una estructura de madera que estaba cerca de nosotros. Había un olor fermentado, dulzón y fuerte, pero jamás imaginé que podría provenir de ese montón de granos que estaban allí.
Vi por primera vez al cacao secarse, uno de los procesos que se necesitan para tener el chocolate como la conocemos. Hasta ese momento, solo lo concebía empacado, sin sospechar que un familiar lejano lo tenía ahí, en toda la entrada de su hogar.
Ana Isabel Gómez Molina
Universidad Pontifica Bolivariana
Comunicación Social y Periodismo
Una hoja en blanco
Desnuda completamente desnuda, tacita, impávida se descubría cada vez que la encendía. Como todas las tardes de aquella lluviosa temporada de abril deseaba ser hurgada y acariciada por los dedos más magníficos que se han posado sobre ella. Desde aquel día que la descubrió con un único propósito de poseerla.
Era el momento más íntimo y secreto para él, anhelaba cada tarde poder llegar a casa, aislarse, no ser perturbado por el ruido y la multitud de la ciudad. Regresar a su entrañable morada y disfrutar junto a una copa de vino era el único placer por aquellos días. Sus dedos hacían magia, tenían la precisión y el ritmo más pulcro, como si estuviera tocado las más finas notas musicales, cada vez que la rosaba y sentía la fricción de sus dedos.
Al unísono los sonidos se volvían melodía, flotaban por toda la habitación y se quedaban suspendidos en el espacio, le recordaban sensaciones y la hacían sentir viva, muy viva cuando era acariciada y hurgada, pero el cansancio y el tedio del día lo impedían… ¡Otro día ser tocada!
Le conmovía verlo así entre las sabanas, con su mirada aislada y sin ideas.
Como quisiera no verte así, y que posaras tus dedos sobre mí como en otros días, cuando la inspiración, la fuerza, el deseo y la imaginación te impulsaban a adentrarte en tus más íntimos pensamientos.
¡Por fin! siento como has escrito las mejores líneas sobre mí, me has adornado con cada letra, palabra, frase y forma. La tinta fue provocando al compás de tus dedos la sensación de no ser más una hoja en blanco. Has impregnado la satisfacción de tantas horas de angustia e insomnio.
Maritza Montoya Pérez
Tallerista Ratón de Biblioteca
Bajo la lluvia
Medellín aguarda muchas historias. Sus faroles que alumbran las largas avenidas son testigos de las miradas tímidas, de las palabras fugaces, de los abrazos inacabados, de las discusiones remotas, de la melodía de los pájaros, del bullicio de los autos, de los susurros de algunos de sus habitantes, del color de la vida y, por qué no, de lo oscura que puede llegar a ser.
Era un 24 de noviembre, el sol se ocultaba entre las nubes que decoraban la ciudad como lo suele hacer durante todo el mes. Medellín prefería dejar de ser la eterna primavera y optaba por ser un día de invierno. Sin embargo, ahí estaba, empapada, repleta de emoción y con ganas de volver a casa, pero el centro era un total caos, las personas corrían de un lado a otro intentando escapar de la lluvia, por lo que preferí hacer una pausa.
¿En serio tengo que acelerar el paso para alcanzarles? ¿En serio no me puedo dar un respiro para contemplar el encuentro entre las gotas de lluvia y el pavimento? Agarré mi maleta, tomé la mano de mi madre y emprendimos nuestro regreso. Tomamos un taxi en el paradero del Nutibara -que por cierto es el hotel con más tradición en la zona-, y comenzamos a cruzar la ciudad en dirección norte en medio de sus charcos, melodías y tenderetes.
La música que iba componiendo el mismo acontecer de la vida fue pausado. El auto había frenado en seco. Una moto se había atravesado en la carretera y, de repente, sin explicación alguna, él estaba a mi lado: sus ojos, reflejaban el miedo de tener que apretar el gatillo; sus labios, palpitaban, tornándose cada vez más oscuros; su piel, reflejaba cómo su mente iba reconstruyendo un fantasma mientras me apuntaba en la sien con su revólver. Yo, en cambio, estaba suspendida en un tiempo y espacio al que no pertenecía.
¡Mamá, mamá por favor entrega el dinero! – grité apenas recobré el sentido. El olor a pólvora que emergía de su arma de fuego me estremecía. No sé qué más ocurrió, solo recuerdo que en una estación de policía venció el silencio y como uno más de los múltiples casos, diez años después, triunfó el olvido.
Mariana Acosta Gutiérrez
Universidad de San Buenaventura
Licenciatura en Humanidades y Lengua Castellana
La primera conexión con mi historia
Siento nervios. Esperé este día desde que tengo uso de razón. Le pedía cada año sin falta a mi mamá que me llevara a aquel lugar que conocía toda la familia, menos yo. -Todavía no, es peligroso- era la respuesta que me daba siempre que le hacía mi petición, pero después de esperar 14 años por fin se cumplió un pequeño sueño que parecía frustrado.
Mientras miro por los sucios vidrios llenos de polvo de la Van, admiro la belleza de las montañas repletas de cultivos de café, aguacate, granadilla, maíz y fríjol. Veo las vacas, los campesinos con sus sombreros y ponchos en sus caballos, las pequeñas fincas con gallos y gallinas. Aprecio el esplendor del campo. A medida que nos acercamos, mi madre me cuenta pequeñas anécdotas de su infancia.
-Allí viví cuando tenía 5 años, me iba caminando hasta el pueblo sola. Desde ese filo nos tirábamos su tía y yo en unos pedazos de madera. Esos eran nuestros juegos- Recuerda mientras señala.
En el fondo se ve el letrero que indica la entrada: “Bienvenidos al municipio de Urrao”. Por fin llegué, sigo sin creerlo. Me enamoré a primera vista, me sentí en casa, a pesar de que lo visitaba por primera vez. Aquí, a un poco más de cuatro horas de Medellín, se forjó la historia de mi familia materna. En este lugar se conocieron mis abuelos y nacieron sus cuatro hijas. Allí cada una se enamoró, mi madre conoció al amor de su vida y también sufrió por dejarlo ir. Recorrí las vías como una niña sorprendiéndome de cada calle, de las veredas, de las casas, del río Toné que atraviesa el pueblo, del colegio donde estudió mi mamá, de las tiendas que aún seguían a pesar del tiempo. De cada detalle que lo hacía para mí un lugar único.
En Urrao mi familia empezó desde cero, sin un solo peso ni una casa para vivir, paso a paso, con mucho trabajo y esfuerzo, llegaron al ascenso. Pasaron hambre y dificultades, pero en su momento llegó el momento de la abundancia, el cual no duraría mucho por el arribo de la violencia. Esto provocó que mi mamá con todos los demás abandonaran el pueblo que los acogió y tomaran rumbo a Medellín.
¿Qué se siente dejar el hogar? ¿Cómo es posible sentir miedo de volver al lugar de tus orígenes? No sé, solo me tocó el pos del proceso en el que Urrao solo era un bonito recuerdo que hacía parte de la nostalgia de momentos que no volverán. Tanto me hablaron de él desde pequeña, que me hice un imaginario del pueblo y lo tomé como propio sin pisarlo. Esperé el día con paciencia y esperanza. Cuando llegó supe que Medellín no era mi única casa, sino que tenía otra que poseía una parte de mí, de mi historia.
Tal vez no tenga mar o unas playas paradisíacas. No cuenta con una arquitectura histórica y de admirar. No es una maravilla del mundo, pero es mi pequeño paraíso.
Luisa Fernanda Guiral Cano
Universidad Pontificia Bolivariana