Los nervios aprendieron a escuchar

Crédito Tallerista María Clara

En esta edición de Prensa Escuela a los nervios se les dio instrucciones distintas. Ya sabían, por habladurías de otros nervios, que lo complejo e interesante del primer taller en Prensa Escuela era aquel encuentro de presencias. Pero de un momento a otro todo cambió. Se dieron órdenes de que las letras se tenían que componer en casa y los ojos ahora tenían que mirar pantallas. Como muchas cosas inesperadas, a mediados de marzo llegó una pandemia que, como una tiza en un tablero, trazó límites que difícilmente se podían cruzar. Entonces, los nervios hicieron un plan de contingencia en el que se definió a la pantalla negra como el campo de juego y se pensaron tácticas y estrategias para manejar la situación con el mejor de los cuidados.

Ya habían estado en eventos importantes. Los nervios habían hecho de las suyas en el primer encuentro de talleristas y coordinadores. Otra vez, jugaron con más intensidad al momento de descubrir las parejas y volvieron a atacar momentos previos al primer taller. 

Fueron varias cosas las que configuraron a la virtualidad: la central de comunicaciones se estableció en el grupo de WhatsApp, los audios y los textos hacían de mensajes y el aula era una reunión en Google Meet. En esa virtualidad eran pequeñas cosas las que nos alegraban: ese sonido de una solicitud de entrada a las reuniones; que los jóvenes tuvieran el atrevimiento de prender su cámara y que dejaran ver los gestos y muecas en la composición de su rostro; lanzar una sentencia graciosa y obtener una risa; stickers en el WhatsApp que aumentaban el repertorio de la colección de aquellas imágenes que se compartían por el medio. 

Recuerdo aquel impacto la vez que una estudiante me dijo “señora”, pero recuerdo aún más cuando me llamaron “profe” y las distintas ocasiones en las que cambiaron mi nombre por el de Catalina. Y no olvido esa calma tan particular que me dio mi compañero Henry cada vez que alguno abandonaba el taller por diferentes razones, el primer día que pasó entendimos que los aciertos eran celebrados y los errores asimilados, pero siempre eran nuestros, de los dos.

Claro, los nervios extrañados sentían aquellas peculiares sensaciones a las que no se habían acostumbrado.  Era como desenvolver un hilo que nos conectaba, de forma muy lenta con cada persona, en un encuentro que no podía ir más allá de una pantalla, limitada por sus pulgadas: las historias de los jóvenes mutaban, se moldeaban, se acomodaban, se cuestionaban, algunas volvían a sus inicios, otras se apagaban, y unas hacían ciertos remiendos y quedaban listas.

Las conexiones se diversificaron y parecía un aula imaginaria llena de un entramado de hilos de variados colores. Cada conexión era única. Los nervios se calmaron y se sentaron a escuchar las historias que nos vinculan a los otros, a aquellos jóvenes: los asuntos del amor que siempre parecían invadir al grupo; la inolvidable muerte de un querido burrito que se llamaba Chavez; muertes inevitables de seres queridos; un anhelo por viajar a París y cumplir un sueño; el encierro de un adolescente que se moría por experimentar el mundo; un escape a la violencia en nuestro país y un noviazgo virtual peligroso.

Poder sumergirse en una historia y verla con los ojos del autor nos permite otredad. Y Prensa Escuela permite ese fluir de identidades en el otro, vibrar con realidades distintas y comprender un poco de qué se componen las personas y sus porqués. Al final, e incluso sin instrucciones, y a pesar de las oscuras realidades derivadas de la pandemia, los hilos nos conectaron desde la virtualidad. Y los nervios ahora aguardan a la espera de una próxima edición.

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