La ciudad es el maestro y yo soy su mediador

Cristian Gutiérrez Por: Cristian David Gutiérrez Martínez

Comunicación Social – Periodismo

Universidad Pontificia Bolivariana

Un mapa de Medellín en el suelo. Recorro sus calles mientras los estudiantes leen sus historias. La narración me conduce al Metro, me bajo en la estación San Antonio, atravieso el Centro sin sentir miedo; tomo un bus a las seis de la tarde, miro el cielo, subo por Aranjuez, arriba, hasta Manrique, una vista panorámica de la ciudad; viro hacia el sur, hacia El Poblado, entro a un colegio, entro a una casa, hablo con el reciclador y la señora que vende mangos. Pongo un pie fuera del mapa: es viernes, son las tres de la tarde y los estudiantes nos enseñan su contexto cotidiano a través de sus escritos. Cada historia es distinta, como ellos mismos, y al nombrarlas el mundo se expande, accedemos a realidades hasta entonces impensadas. En unos minutos asciendo desde Envigado hacia La Candelaria y luego vuelo hacia Amagá, en donde vive una de mis estudiantes. La escritura nos permite plasmar eso que la ciudad nos susurra y, al escribirlo, comunicamos al otro esa voz secreta que encontramos cuando escuchamos lo cotidiano. Es lo primero que se logra en Prensa Escuela: conocer, a través del otro, eso que hasta entonces ignoraba. 

Desde mi adolescencia soñé con ser educador. Me entusiasmaba compartir lo que sé con el otro, generar diálogos que posibiliten la aparición de nuevos saberes. Por eso, cuando comencé mi carrera y conocí al programa Prensa Escuela, de inmediato me enamoré de lo que hacían. Esperé pacientemente hasta que tuve la oportunidad de presentarme. Cuando llegó el momento, realicé la entrevista y unos días después recibí la buena noticia: sería tallerista. Los meses que precedían el comienzo de esta aventura, me la pasé leyendo las historias escritas en versiones anteriores; me ilusionaba tener la posibilidad de acompañar a adolescentes en procesos tan bellos como el de la lectura crítica y la escritura consciente. 

En varios sentidos, aquello que se ha desarrollado en el programa representa la visión de la educación en la que creo; una en la que el estudiante es protagonista de su propia voz, en la que se aprende “tallereando” y en la que el educador escucha y aprende de las experiencias de sus alumnos. Desde el comienzo, entonces, me planteé una meta: construir una experiencia memorable para mis estudiantes, que sea el tipo de espacio del que yo habría querido participar. A pesar de tener todo esto en mente, al momento de transportar estas ideas me encontré con una gran sorpresa; resulta que el diálogo que tejemos en Prensa Escuela no es solo entre talleristas y participantes, sino también con la ciudad.

En uno de los talleres, mientras hablábamos de espacios y contextos narrativos, me surgió la idea de que la ciudad era un personaje más y que, así como a otros personajes, debíamos hacerle preguntas. Es difícil para nosotros, por varias razones, habitar cada uno de los espacios que la urbe nos ofrece, pero como lo dice Emily Dickinson, “para viajar lejos, no hay mejor nave que un libro” y es que leyendo las historias de los otros conocemos a Medellín y a nuestra región, nos acercamos a lugares desconocidos para nosotros. Nos encontramos con el otro, con su realidad, con un otro que a veces choca pero que hace parte de mi entorno y, por lo tanto, debo reconocer. 

Escuchando las historias escritas por mis estudiantes, descubrí una realidad que no había contemplado: que la ciudad nos cuenta cosas y leyéndola es que podemos encontrarla. Al final, es ella quien nos enseña, la que permite la conversación con lo distinto, la que nos permite construir ciudadanía; uno como tallerista no es más que un mediador, un puente para conectar a unos estudiantes ansiosos por conocerla y escribirla. Esta reflexión me permitió comprender las palabras de Paulo Freire: “los hombres se educan en comunión, y el mundo es el mediador”. 

En Prensa Escuela, las figuras del educador y el alumno se difuminan para dar paso a una comunión de saberes en la que todos aprendemos cuando leemos la realidad de los demás.  Ahí está la virtud de esta experiencia, como me lo dijo una de mis estudiantes, en la posibilidad de conocer realidades a las que, difícilmente, se tendría acceso en espacios distintos. 

De Prensa Escuela me llevo, además, esta hermosa filosofía que, en mi opinión, debería ser la base de cualquier modelo educativo: que el tallerista es un mediador, es la figura que posibilita el diálogo entre personas muy diferentes unas de otras; que el tallerista es un ser abierto a aprender de la realidad de sus estudiantes, y que cuando asumimos esta postura, el mundo, con su infinidad de historias, se abre ante nosotros. Gracias a mis estudiantes por permitirme conocer un poquito más de esta ciudad que tiene tanto por decir, y por permitirme acompañarlos en el proceso de descubrirse narradores de sus propias realidades.  

 

 

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