Gracias a mis dragones

Crédito Tallerista Sara

 

“Lo mejor para emprender una búsqueda, es la compañía de un dragón.”

La Historia Interminable

Michael Ende 1979

 

El 2020 ha sido un año exótico, un año que se miraría a sí mismo y ni se reconocería por todo lo que ha hecho y deshecho, probablemente sin elección. Ha sido un año en donde hemos tenido que abrazarnos a nosotros mismos, aún sin saber cómo ni cuánto tiempo y, en todo caso, ha sido un año de esperar, esperar a que todo sea mejor, a que todo pueda recuperar su contacto esencial, a que todo pueda volver a tener el color real y no el color que se configura a través de esas pantallas, esas pantallas que ya saben más de nuestras vidas que cualquier otra cosa.

A inicios de febrero de este año había iniciado mi proceso en Prensa Escuela de El Colombiano, una experiencia de la que ya me habían hablado tanto que parecía un sueño que podía recrear en mi mente las veces que quisiera y utilizarlo como una herramienta para avivar mi memoria de felicidad, porque así es como me lo describían mis compañeras de las versiones anteriores, “una experiencia de felicidad”, “un conocer al otro”, “un poder mágico de crear mundos a través de la palabra” y, efectivamente, así me sentí desde el primer momento en que tuve la posibilidad de compartir con los coordinadores y demás compañeros y compañeras talleristas.

Recuerdo cómo nos sentábamos en círculo y nos mirábamos los unos a los otros con un montón de entusiasmo. Se sentía cómo rondaba por ese salón del bloque 12 de la UPB preguntas como: “¿qué estudian los demás compañeros?”, “¿quién será mi pareja de taller?”, “¿qué pensará el otro de mí?” y sobre todo y la más importante: “¿quién es el otro?”. Lo que más aprecio de este grupo es que todos querían saber quién era el otro, nunca conocí una mirada de prejuicio, más bien siempre reconocí una mirada auténtica, esas miradas que describiría Eduardo Galeano como fueguitos, llenas de vida, de ganas de entregarse y recibir.

A mi izquierda casi siempre se sentaba mi amiga María Clara, una mujer pequeña de estatura, pero absolutamente grande en cuanto a corazón y mente se refiere, y a mi derecha, se sentaba Camilo, un amante del campo, el buen cine y el rap, a quien conocía de unos semestres atrás, y otras veces se sentaba mi amiga Manuela, la mujer más enérgica que he conocido en toda mi vida, y con el paso de los talleres ese derecha e izquierda, ese sentarse en un mismo lugar con las personas que ya se conocen se fue desvaneciendo del mapa, porque al fin y al cabo siempre terminábamos sentados con otra persona, y yo terminaba riéndome de historias que jamás habría escuchado de haberme quedado en el mismo lugar.

De haberme quedado en el mismo lugar no habría escuchado jamás la emocionante historia de mi compañera María Sofía sobre la vez que el Esmad la acorraló a ella y a unos amigos, y ella gritaba “No nos hagan nada, no nos hagan nada que estamos tranquilos”, como toda una heroína; o no habría conocido el encantador gusto de Ana Isabel por fotografiar árboles y flores, que más que retratos, son capturas del alma misma de las cosas y espejos de su personalidad; tal vez no me habría podido contagiar lo suficiente de la risa de Stefanía, una risa que expresa tranquilidad y que le hace sentir a uno eso, que la vida hay que sentirla y expresarla, que la vida se contiene en uno y hay que liberarla; no habría conocido a Andrés, la única persona en mi vida que comparte conmigo la alergia al huevo, y que me lo dijo una vez cuando nos estábamos preparando para ser talleristas, sentados en el suelo, en medio de esas charlas entretenidas que él sabe mantener; no habría escuchado la historia de dolor y superación más hermosa, ni a la mujer que la vivió, que se viste de ave fénix, María Camila Aristizábal; no habría conocido a través de fotografías e historias que se escribieron en El Taller a los gatos que María Camila Valderrama ama y cuida como si fueran sus hijos.

No voy a olvidar tampoco que mi compañera Samantha fue de las primeras personas en acercarse y decirme, con una confianza que no es habitual porque muchas veces nos enseñan a ser distantes, reservados y no hablar con desconocidos, que alguna vez podíamos salir, que podríamos compartir algún día cuando se acabara El Taller con los demás compañeros, y yo sentía que era alguien recibiéndome y entregándose aún sin conocerme del todo, alguien dispuesto.

De haberme quedado mirando y escuchando hacia una sola dirección no habría conocido a Karol, la más joven entre todos, ella siempre tenía una pregunta, un comentario, una atención especial puesta en cada cosa; y no habría escuchado la historia de Henry sobre cómo decidió que quería ser profesor ni de su libro de enseñanzas que venera y quiere con todo su corazón. Tantas cosas que siento que hoy, de alguna manera, me hacen compañía, porque abrazan esas otras historias, experiencias sencillas y anécdotas cotidianas que todos tienen y que también tengo, y que nos hacen sentir absolutamente humanos y ver al otro como alguien emocionante y diferente.

Cuando todo parecía marchar normal, y había conocido algo de cada uno de mis compañeros llegó la pandemia del COVID 19 en marzo y decidió que era una buena idea quedarse por un tiempo prolongado. Tuve mucho miedo por lo que ese virus pudiera hacer en mí, en las personas que amo, y en las personas más vulnerables, pero también tuve mucho miedo por lo que pudiera suceder con mis vínculos sociales, un miedo extraño a no poder volver a escuchar la voz de mis compañeros en tiempo presente, sin unos segundos de retraso, no poder ver los gestos lo suficientemente claros, ni poder verlos entrar por la puerta del salón, y mirar disimuladamente su caminado, su pinta, su cabello, sentir esa energía.

Aun así, recuerdo que cada viernes continuábamos haciendonuestros encuentros de preparación, y nos preguntábamos por nuestra salud mental, y francamente nos hacíamos mucha compañía, junto con los coordinadores que trataban de mantenernos animados y fuertes. Recuerdo bien que antes de recibir a nuestros estudiantes, Clara, una de nuestras coordinadorasnos preguntó si considerábamos que era mejor hacer El Taller con los chicos de manera virtual o esperar hasta el próximo año para hacerlo de manera presencial. Yo fui de las que dije que lo prefería presencial, así tuviera que esperar hasta el próximo año. Y agradezco que haya sido una idea que no se convirtió en realidad.

Sara-Montoya-Gracias-a-mis-dragonesDías posteriores decidimos que El Taller lo realizaríamos demanera virtual, y que íbamos a tener más de cien estudiantes de distintos lugares de Antioquia. La virtualidad había logrado que Prensa Escuela pudiera llegar  a personas con las que antes habría sido complejo, aunque, es posible afirmar que también dejó de llegarle a otras, a aquellas que solo podían asistir de manera presencial, a aquellas que les quedaba imposible conectarse a una red. Incluso, durante los talleres, la mayor tasa de deserción que se dio fue por motivos de conexión.

Antes de iniciar los talleres con los estudiantes, los coordinadores decidieron quién sería nuestra pareja de trabajo. Una decisión que nos generaba ansiedad a todos, y que después de recibir el nombre de esa persona podría generar diversos sentimientos, que irían desde alegría, expectativa, duda, hasta frustración o miedo. Creo que el sentimiento no dependía tanto de la percepción que se tiene sobre la otra persona, sino de la sensación que se tiene de uno para con esa persona. En mi caso: “espero parecerle una buena compañera”, fue lo que pensé, porque desde que me salió su nombrecito yo supe que ella sí lo sería.

Andrea, quien fue mi pareja a lo largo de los talleres, y yo, nunca habíamos sido tan cercanas. Sin embargo, me gustaba su forma de vestirse y la forma tan natural con la que llevaba el cabello, incluso he llegado a pensar que yo sería como ella en otra versión: absolutamente natural, tranquila, con tejidos de colores en todos lados, con gusto por la pintura, la naturaleza y las causas sociales. No habría podido existir, tal vez, una compañera más compatible. De hecho, Andrea fue la primera persona que se convirtió en mi amiga netamente de manera virtual. Nos reuníamos mínimo una vez a la semana para organizar asuntos referentes a los talleres, pero también llegamos a hablar del veganismo, el feminismo, la familia, la ansiedad que le generaba el hecho de que ya se fuera a graduar, de la muerte de mi abuela, de que ella no quería ponerse tacones para su graduación, de lo mucho que yo odiaba el frío y madrugar, y de lo mucho que ella amaba el frío y madrugar. Andrea me ayudó a perderle un poco de recelo a la virtualidad, porque aun a través de esos aparatos se pueden generar relaciones muy sólidas, y esta es de las que más agradezco. Agradezco su compañía.

Los talleres virtuales con los chicos comenzaron el 21 de agosto. Yo estaba tan nerviosa y emocionada que, aunque los estudiantes me veían muy firme frente a la cámara, la verdad es que por debajo de la mesa las piernas me temblaban. Los talleres sincrónicos y asincrónicos se pasaron entre lecturas, escrituras, opiniones, risas, juegos, pero sobre todo entre preguntas, cada detalle más que una certeza generaba una duda, y al final los talleres se nos pasaron tan rápido que parecía poco ante la grandeza que significaban. 

Una de las cosas de las que más les gustaba hablar a los estudiante era de su territorio, hablar de sus raíces, su hogar, su barrio y las personas más importantes de su entorno, de hecho, alguna vez realizamos una actividad a través de la plataforma Google Maps, y los estudiantes no solo describían el lugar del cual hacía parte su historia, sino que añadían siempre al final: “Si usted quiere llegar a mi barrio, entonces usted tiene que…”, y entonces contaban que había que coger bus, tranvía, Metrocable, y subir loma, y voltear por la tal parte, especificaban de tal manera que parecían dándole la bienvenida al otro para que conocieran su barrio. Teníamos estudiantes de diferentes partes de Medellín: Santo Domingo, Acevedo, Las Cometas, Villa Hermosa, Manrique, Robledo Kennedy, Sol de Oriente, Castilla, Belén Rincón, Rodeo Alto, Campoamor, Altos de la Torre y de Itagüí como Guayo y Santa María.

Cada viernes la silla de mi habitación se convertía en una nave espacial. Me ponía mi uniforme que era una camisa de El Colombiano, me echaba mi labial rojo, cerraba la puerta y emprendía viaje rumbo a El Taller. Recuerdo muy bien que cuando finalizamos los talleres, una de las estudiantes nos dijo a Andrea y a mí que se sentía profundamente agradecida, más que por todos los aprendizajes sobre ciudadanía, lectura y escritura, por el hecho de que la hubiésemos hecho sentir acompañada, que la salud mental de muchos estaba quebrantada por la situación y que encontrar un espacio para compartir con otras personas era una especie de regalo. Nunca se lo dije, pero sinceramente ellos también me hacían sentir acompañada, me hacían sentir que, desde el hogar, uno podía encontrar otros hogares, que los espacios de conocimiento continuaban abiertos, que la ciudadanía se construye entre todos y pensando en el presente y conociendo cómo nos sentimos y qué pensamos, y que absolutamente todas las historias y anécdotas que contábamos eran precisamente lo que conformaba el gran tejido de lo que era El Taller, y fueron estas, junto con mis compañeros, talleristas y estudiantes lo que, en gran medida me mantuvo constante en ese viaje de pensar, esforzarse, escribir, leer, escuchar, intentar, aprender, fracasar, y crecer que es la vida, sobre todo bajo una situación que todo el tiempo nos tiene en la mira. Gracias por acompañarme.

 

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