Encuentro de voces

Por: Valeria Villamil Cock

Tallerista

Comunicación Social y Periodismo, Universidad Pontificia Bolivariana

Durante cuatro años que llevo cursando la universidad me he topado con el desafío de narrar, he vivido el placer de contar para el otro y me he atrevido a transmitir lo que quiero expresar; fue en una de esas bonitas coincidencias que descubrí Prensa Escuela.

Un día de enero me encontraba en la clase de reportaje y crónica, recién había presentado un escrito de gran valor sentimental, de esos textos que al hacerlos tuyos llegan al alma y se quedan dentro. Recuerdo que al finalizar la hora mi profesor se acercó y me mostró una invitación que decía “Convocatoria talleristas Prensa Escuela 2022”. – ¿Prensa escuela? ¿Talleristas? ¿Qué es eso?- me pregunté.

Con suma calma y gran detalle me explicó todo lo que debía saber sobre aquel trabajo de voluntariado. Me sorprendió, pues no conocía la existencia de ese programa de El Colombiano. Llegué a mi casa y busqué en todas las fuentes posibles información sobre él. Me encontraba en un momento de mi vida en el que quería vivir experiencias así de enriquecedoras, por lo que proseguí a realizar mi primera hoja de vida y me presenté a la convocatoria.

Después de los procesos de selección recibí la noticia: me aceptaron. Fácilmente fue una de las mayores alegrías del año. Decidí enfrentarme a un nuevo reto personal y profesional que meses después agradecería tanto. Me embarqué en una gran aventura.

Conocí personas maravillosas, Clara, Sonia, Carolina y Jose me recibieron con la más cálida bienvenida, una muy bonita impresión me llevé de aquellos coordinadores que se encargarían de guiarme en este nuevo camino. Pero ese primer día fue aún mejor cuando me relacioné con las que serían mis compañeras, y sin pensarlo, mis amigas, las otras talleristas.

Fueron meses de preparación, corrección, mucha dedicación y apoyo mutuo entre todo el equipo. Cada viernes de reunión me enfrentaba a una tarea distinta, tenía que retarme personalmente, llevar mi creatividad al límite y aportar lo mejor de mí. 

El tiempo pasó y una hermandad empezó a crearse entre las talleristas, me sentí desde entonces parte de un vínculo muy sincero. Wendy, Laura, Luisa, Valentina y Lina me ofrecieron una amistad. El apoyo empezó a ser tan fuerte que el equipo fluía con gran rapidez, teníamos momentos de estrés, pero también explosiones de ideas, nuestro objetivo siempre fue darle a los chicos una experiencia increíble cada viernes y que fuera un recuerdo memorable en sus vidas. 

Uno de los días más significativos en esta experiencia fue aquel 22 de julio, el inicio de El Taller. Estaba emocionada, aunque un tanto nerviosa, era la primera vez que me enfrentaba a un desafío de ese tipo. El reloj marcó la 1:30 y me encontraba uniformada en la portería de la 70 de la UPB, sosteniendo un cartel que decía mi nombre y decorado con flores como suelo hacerlo. Una sonrisa de oreja a oreja fue la protagonista del recibimiento que le dí a cada uno de los chicos que serían parte de mi grupo. ¿Quién pensaría que ellos iban a ser tan especiales para mí?

Las reuniones avanzaban y a medida que interactuamos más se iba construyendo un lazo de confianza. Así que poco a poco los fui conociendo, uno tan diferente del otro, viviendo realidades muy distintas y alejadas una de la otra, chicos que a pesar de no conocerse llevaban algo en común, su interés por Prensa Escuela. 

Tuvimos talleres de todo tipo pues cada sesión abordaba un tema distinto que al final se complementaban entre sí. Fue un constante aprender haciendo, donde se encontraron las voces de los estudiantes con su tallerista. Nos basamos mucho en mostrarles, a partir de los sentidos y de la interacción con su cotidianidad, las grandes historias que se pueden desarrollar y merecen ser contadas. Y, al llegar a las últimas sesiones, los retamos. 

Partimos de preguntas como ¿Qué cosas de tu cotidianidad merecen ser contadas? ¿Cuál es tu intención? ¿Cómo se evidencia la ciudadanía allí? Cosas que fuimos resolviendo a medida que avanzaba El Taller, y cada uno se enfrentó con la responsabilidad y la aventura de narrar.

Encontré chicos con ideas sorprendentes, situaciones de su barrio de residencia, momentos que aquietan su mente y en especial, recuerdos que atesoran en el alma. ¿Mi tarea? Ser el mayor apoyo para plasmar su imaginación en una narración increíble.

El crecimiento que tuvo cada uno fue significativo, la alegría y disposición con la que llegaban a cada taller se notaba en el ambiente, era mucho más llevadero abordar cualquier tema gracias al entusiasmo de los chicos. Ellos no lo saben, pero aprendí muchísimo de cada uno, escucharlos proponer, animarse a expresar, redactar y esperar sugerencias de mi parte es la más grande recompensa que me puedo llevar. 

Recuerdo esa primera sesión, las expectativas en mano de cada uno de los integrantes que iban a atreverse a narrar. Recuerdo sus ilusiones y esperanzas. Sus “muchas gracias Vale”. Sus preguntas como ¿Por qué no hay talleres más seguido?¿Por qué no nos conocimos antes? Recuerdo muchas cosas, pero en especial, la felicidad de cada rostro cuando se daban cuenta de lo bien que lo estaban haciendo.

Así fue El Taller 2022, un espacio íntimo, agradable, enriquecedor y memorable. Hablo por mí cuando digo que es una experiencia que vale completamente la pena y de la cual agradezco haber sido parte. Me llevo en mi corazón a los coordinadores, a mis amigas talleristas y a los chicos, con los que tuve el inmenso honor de crecer y aprender.

 

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