Simmon David Ayala Mosquera
“Ver cómo las ideas se convierten en palabras, las palabras en párrafos, los párrafos en historias”, dijo Carolina; en ese momento supe que sobre eso quería escribir.
Llegué a Prensa Escuela por casualidad, una tarde de esas en las que los viernes se alargan en la universidad y uno decide esperar a un amigo para comer algo después. “Acompáñame a dar un taller, en el bloque 9” — eran días de presencialidad — “De una, claro que sí”.
Empezaron a llegar, con uniformes variados, chicos y chicas que no parecían tener mucho en común, ni las edades ni los colegios, pero todos se conocían entre sí, se saludaban con nombres, apodos y bromas del que siempre llegaba tarde o la que rara vez asistía. Ese día la actividad era en pequeñas hojas de colores, uniendo palabras y contando historias, una de mis cosas favoritas.
“Escriban sobre su primera vez”, fue la indicación. Algunos se reían entre susurros antes de explicarles que podía ser cualquier primera vez: el recuerdo de algún viaje o una salida especial. Mi amigo me pidió que ayudara a quienes tenían dudas, mientras él hacía asesorías sobre los textos. Al principio las preguntas tenían forma de coma, tilde o una b, pero pronto se convirtieron en cómo describir el dolor de una fractura o la emoción de un beso y, pensando en las particularidades de cada pequeña primera vez, la duda sobre esos jóvenes y sus historias se fue conmigo.
Dos años después me senté frente al computador, ahora como tallerista en vez de ayudante y saludé a un nuevo grupo de historias con jóvenes curiosos para contarlas. En ese primer encuentro, entre risas nerviosas, con mi compañera Maria Camila, quisimos saber qué pasaba por la mente de los chicos y chicas contando anécdotas sobre zapatos, chanclas y botas.
Entre otras cosas, intentamos resolver la gran duda que estaba en el aire sobre qué estábamos haciendo allí sentados frente a computadores o celulares. En ese momento teníamos meses en los que nos habíamos preparado con muchas ideas: ¡Ciudadanía! Queremos acercarlos. ¡Escucha! Queremos dialogar con ustedes. ¡Narración! Queremos que lean, escriban y creen sus historias.
Al final, el paso a paso de los aprendizajes, que es el recorrido por El Taller, siempre pensando en esas historias, en esa publicación con las narraciones que dejan a un lado la imaginación y hablan de la realidad, lo que pasa frente a uno y, como cierto cliché dice por ahí, “supera la ficción”.
Entonces, en uno de los encuentros hablamos de descripciones y el valor de los detalles, mientras escuchamos a alguna chica reconstruir la finca que visitaba con su papá cuando era pequeña; ella compartió con el grupo algunos párrafos repletos de texturas, olores y recuerdos como si fueran fotografías.
Otro día, hablando de los personajes y cómo ubicarlos en medio de una historia, una chica nos cuestionó sobre qué preguntarle a su profesor, el personaje de la historia que quería escribir y que admiraba porque había migrado persiguiendo sus sueños. Curiosamente, recordé que hacía menos de una hora ella contaba los altibajos de su propio viaje de Venezuela a Colombia y le pregunté por qué no era ella misma la protagonista de su historia: “Eso era lo que quería al principio”, respondió.
En una sesión más, les dijimos que así como uno se presenta con el nombre, los textos se presentan con el título y por eso debe ser interesante, concreto, cautivante, que sea un abrebocas para lo que se va a leer. “¡Yo ya tengo mi título! Nuestra vida colgando en el aire”, dice un chico con la energía de siempre, nos dejó con la duda de su historia y al final reveló que se trataba del relato de cuando se quedó atrapado en el Metrocable. Es un muy buen título, pensé, justo cuando los demás prendían los micrófonos para decírselo.
De cierta manera, siendo muy poético, me gusta pensar en El Taller como algo literal, una especie de carpintería donde los textos se escriben por piezas: algunas ideas sueltas, muchas preguntas y títulos sin historias concretas. Todo se va construyendo y, acompañándolos, uno se da cuenta de que algunas veces es difícil encontrarle la forma a las piezas que van juntas o cortar aquellas que no encajan; otras veces es más fácil darle unas últimas pinceladas.
Leyendo también se nota que la voz es algo muy potente, porque es particular leer algo y pensar: esto es justo lo que esta persona escribiría. Tal vez es por eso que al corregir uno se vuelve más meticuloso, cuida la historia de cada uno en sus palabras, y al reunirse con ese autor hacerle las preguntas correctas: “¿qué querías expresar con eso? ¿Crees que podría haber más de aquello?”.
Entonces, ellos responden, corrigen, preguntan, vuelven a responder, a revisar y a corregir de nuevo. Escribir es un esfuerzo interminable. “Los autores siguen corrigiendo hasta después de publicar” nos dicen en el ejercicio de sala de redacción, y es muy cierto, aunque los autores tienen un proceso que conocen de primera mano y que, en este caso, los talleristas tenemos también la dicha de conocer.
Escribir sí es un esfuerzo interminable, porque de las ideas a las palabras hay un camino muy largo. En ese camino uno escribe, corrige, pregunta, responde, revisa, todo de nuevo y, cuando menos piensa, llega la hora final en la que se entrega el texto. Uno, como tallerista, sabe que no todos serán seleccionados porque todos son diferentes, cada uno con un valor desconocido detrás.
Y me quedo pensando en esa primera vez, hace varias semanas, cuando, con emoción, empezaban las historias a encontrar sus escritores y ellos, a su vez, encontraban sus palabras, que, como bien decía Carolina, pronto serían párrafos que harían esas historias realidad.
El Taller ocurre así, entre un primer encuentro y relatos listos para escuchar, para publicar. Queda lo aprendido, lo que solía ser desconocido, y el esfuerzo de todo el recorrido.