El árbol de guayabas

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En cada párrafo se refleja una sensibilidad profunda que se nutre en la capacidad de observación de Miguel Ángel. Con esta narración sencilla recibimos un regalo de memoria con la que muchos nos identificamos. La vida en familia, como oportunidad de formación humana, así como el regocijo con el campo y su generosidad, se nos muestran en las palabras de Miguel Ángel como un camino de reconexión social a partir del cuidado colectivo.


Sandra Zuluaga Sánchez, directora de la Fundación Ratón de Biblioteca, nos lee esta historia:


Crédito Miguel Ángel Zapata

Era un día de enero del 2020 muy soleado. Mi familia y yo, un chico explorador y curioso de 13 años, vivíamos en Enciso, y como era costumbre cada año, decidimos irnos a la finca que teníamos en Guarne. La finca de siempre, la casita de siempre, la gente y la comida de siempre, lo que no sabía es que ese día encontraría algo que jamás había notado.

Un viaje de 45 minutos en bus desde Medellín al pueblo de Guarne. Un pueblo que, a mi parecer, es muy especial; tiene varios puntos de encuentro; una gran cafetería en donde venden tintico caliente; una iglesia principal, muy religiosa, muy conservadora, al lado de hoteles, moteles y bares; es un pueblo que lo tiene todo. El pueblo de los contrastes. Cuando llegamos a la plaza principal, llegamos a uno de mis trayectos favoritos: cuando nos subimos al microbús para ir desde el pueblo hasta nuestra finca.

Lo que siempre suelo observar son los paisajes en sí mismos; a veces hace tanto frío que las copas de los árboles parecen temblar. Hay árboles viejos, y árboles llenos de retoños. Estoy seguro de que hay unos que ya nos conocen, nos miran desde arriba, saben que somos la familia que hemos llegado a visitar la finca, a tomar un descanso y a disfrutar. 

Guarne es un municipio localizado en el Oriente del departamento de Antioquia, muy cerca de Rionegro, en ocasiones creo que muy cerca del cielo, porque en las noches sopla muy fuerte el viento y nadie sobrevive sin un cafecito. Uno de los aspectos más sobresalientes allí es que hay colectivos de personas que se dedican a plantar árboles como una iniciativa para recuperar la fauna y la flora nativa. Guarne tiene muchos árboles, aunque también mucha zona urbana.

Cuando llegamos a la finca suele ser noche, así que ese primer día nos dedicamos más a organizarnos y a ordenar los objetos que hemos llevado para poner cada cosa en su lugar. Es bueno cuadrar todo porque somos una familia grande: mis padres, mi abuela, primos, tíos, tías, compañeros de mis familiares y un par de perros. La casa adentro no es tan grande; tiene cuatro habitaciones y dos baños, pero como toda típica familia antioqueña “donde cabe uno, caben dos”, así que siempre nos acomodamos. En cambio, afuera, la finca es grande: dos piscinas, dos columpios y una gran cosecha.

Al día siguiente sí inicia la acción. Nos despertamos desde las 8 a.m., a desayunar, aunque ese desayuno es más una carrera para ver quién acaba primero para lanzarse a la piscina. Nos encanta chapotear y jugar con el agua. Después de eso sigue la hora de ir a coger las frutas, pero los primos nos llaman para el almuerzo, como si el mundo nos estuviera retrasando para tal maravilla. Almorzamos un platado de frijoles, y después nos vamos a recoger las frutas.

Miguel-Angel-Zapata

Mi primo y yo empezamos a recoger aguacates, ciruelas, moras, mazorcas, limones y naranjas. Parece que nada falta. Nos alejamos en el camino, mirando la hierba para encontrar frutas caídas, y como si fuera un campo de batalla, mi primo coge una fruta verde pequeña que había en la tierra y me la lanza, juegos que recuerdo con amor y dolor. Yo estaba desprevenido, así que recibí el impacto de la fruta y, en medio de llanto y quejidos, tomé la fruta y noté su olor particular. Olía a los jugos que hacían en la casa. ¡Era guayaba!

Miramos hacia arriba y era real. Habíamos encontrado un árbol de guayabas. El árbol era grande, quién sabe cuántos años llevaba allí, tenía un sinfín de fruticas verdes pequeñas, parecían eternas. Mi primo y yo nos miramos asustados, sentíamos que habíamos encontrado un tesoro, esto fue más impactante aún al imaginarnos que ese árbol hacía parte de la colección de árboles que nos había visto crecer y no lo sabíamos.

Después de eso llamamos a toda la familia y nos sentamos alrededor del árbol a comer guayabas, mientras mamá me ponía hielo en la cabeza. Mamá dice que tengo que cuidarme más y yo siento que también debemos cuidar al árbol de guayabas. El árbol de la familia es un guayabo, en él nos hemos trepado, siempre nos sentamos en círculo a su merced y lo protegemos como parte de la familia.

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