Por: Simón Vargas Arciniegas
Colegio Antonino
A diferencia de otras veces, me distraje y no fui a cumplir con mi ritual de ir a verlo cocinar y preparar cada cosa para que todo saliera a la perfección. En ocasiones ayudaba, pero sabía que esa dedicación y destreza que tenía mi abuelo para hacer su sancochito nadie más la tenía. Él revolvía el delicioso caldo con una felicidad y euforia dignas de admirar.
La casa se llenó de un olor cálido y familiar, mamá llamó a pasar a la mesa. Como cosa rara, fue una trampa de ella, apenas me llamó salí disparado por el frente del jardín, pero para mi desgracia ni siquiera habían puesto la mesa. Ella, con cierta expresión burlona, se dirigió a mí y entonó rápidamente: “organiza la mesa, ¡ya es hora!”. Durante un instante me quedé completamente quieto, murmurando para mis adentros: “Ah, de nuevo caí, no lo puedo creer”, y solté una carcajada al unísono con mi mamá.
Me dispuse a terminar de organizar la mesa, acto seguido me quedé observando a mi abuelo por unos segundos. Era una persona con una sonrisa de esas que jamás se olvidan: fugaz y brillante. Sus suaves arrugas que arropan sus ojos cafés oscuro, sus distintivas manos esculpidas por el arduo trabajo que conlleva ser un campesino, sus delicadas y blancas canas que adornaban toda su cabeza, su camisa y pantalón en extrema pulcritud, y claro, no podía faltar, su sombrero vueltiao que, siempre y cuando fuera un momento importante, lo acompañaba.
Recordé con rapidez mientras me sentaba en la mesa su manera de preparar ese sancocho, ¡cómo se tomaba el tiempo de tener cada cosa en su lugar! Conseguía la mejor costilla del pueblo, la más carnudita posible, cultivaba su propia yuca, conseguía un par de papas y otros tubérculos, traía siempre unos plátanos o ‘popochos’ excepcionales, y ponía en marcha su obra maestra.
Siempre me pregunté por qué era tan exquisito su sancocho, quizás con el tiempo perfeccionó su técnica, pensaba yo. Pero en realidad, querido lector, era algo más importante, más especial, y esto procede de las tierras de donde es oriundo mi abuelo, El Cocuy.
A la corta edad de siete años, mi abuelo quedó huérfano de padre y madre. Para poder vivir, algunos vecinos le arrendaban pequeñas partes de sus lotes, a cambio de que él debía labrar y dar la mitad de la cosecha a sus arrendatarios. La tierra jamás lo defraudó, pues encontró en ella el consuelo y ese amor que nunca pudo recibir de sus padres. La tierra lo alimentó, le enseñó y hasta lo educó.
Volví repentinamente al lugar donde me encontraba, ya sentado en la mesa y sintiendo ese tan necesario calor que emanaba el delicioso plato. Vi a mi abuelo al otro lado de la mesa comiendo con gran emoción, como todos los demás, y al mismo tiempo le estaba dando un poco de su sancocho a mi mamá, aunque ella tenía, él siempre le iba a dar más.
Fue en ese momento cuando vi su sonrisa, su mirada expresiva, esa luz y paz que solo él otorgaba. Entonces pensé, en ocasiones el amor no solo son besos, abrazos y palabras de amor, a veces, el amor es un buen plato de sancocho.