Dios vendía tintico

Crédito Tallerista Andrés

Usan las sillas de los negocios como oficinas. Varios termos con agua caliente. Tres tipos de vasos desechables. Servilletas y pancitos del D1. Un tarro de Colcafé, otro casi lleno de Nescafé y en el último, leche en polvo. Basura por todos lados, manchas oscuras en el piso y sobres de azúcar destapados hacen de alfombra para los más de veinte vendedores ambulantes de café que hay en el parque del municipio de Bello.

Hace tres semanas que estaba en el mismo parque esperando que pasara el bus de la ruta 1022 que me lleva a mi casa. Mientras, con la mano izquierda, buscaba entre mis cosas la sombrilla negra que había comprado dos calles más abajo, pues la lluvia ya empezaba a caer con suavidad sobre nosotros los desprotegidos. En eso, veo a una mujer anciana rompiendo bolsas de basura para tapar con ellas su carrito ambulante. Apurada y con algunas gotas de agua sobre su cara, empieza a mover su coche hasta uno de los negocios con carpa grande y amarilla. El lugar donde se escampó la señora tiene el nombre de Juguitos a 5000, lo conozco porque queda al lado de una tienda de celulares que frecuento para recargar la cívica cuando no tengo afán. Al llegar el bus, seguía sin encontrar la sombrilla. Mientras entraba en la máquina de cuatro ruedas no perdía de vista a la señora y a su puestico de café. Me dieron ganas de comprarle.

Únicamente el día en que estaba esperando a que el bus llegara me di cuenta de que no solo vendía tinticos la señora que se mojaba, sino que, había junto con ella, muchos más vendedores de los que todo un centro comercial puede emplear. Todo el tiempo trato de contarlos para tener un registro de crecimiento sobre aquellos emprendedores de Bello. Nunca hay más de veinte carritos. Uno de ellos es mi favorito porque lo maneja un señor ya grande, con arrugas y con canas. Las veces que hemos hablado me cuenta que no vende tinto por necesidad, sino porque le gusta. A diferencia de él, estoy seguro de que varios de sus competidores lo hacen por un sustento.

Ahí mismo, en el parque, han cerrado una parte de la zona con una malla color verde con la intención de instalar los alumbrados que decoran la ciudad y los municipios de Medellín desde hace 27 años. Cerca de la tela rota que nos separa a los bellanitas del parque se encuentra una valla publicitaria con una imagen utópica de lo que será el lugar. Mientras tanto, los más de veinte carritos ambulantes de café se han instalado alrededor de la prometedora construcción. Algunos de los viejitos que visitan el parque diariamente, en un intento fallido por ver los nuevos diseños navideños, han roto el “muro” que ha puesto la constructora, tratando de calmar sus ansias.

Bello tiene en el parque dos grandes construcciones que lo dividen; parece como si ambas estuvieran en una lucha constante por el lugar. Una de ellas es la alcaldía, grande y blanca; a su lado está la iglesia, gótica y marrón; al frente se encuentran cinco escalones que los bellanitas han utilizado por años para sentarse a conversar, a vender y a cantar. Ahí se parchan los que venden globos sosteniendo figuras de Disney para que el viento no se las robe; los que venden aparaticos a cinco mil para hacer burbujas de jabón; los que venden la salvación; los que venden el chance; y yo, que a veces me siento en las escalas para amarrarme los zapatos.

En las noches de los fines de semana, esos escalones que ahora son patrimonio de los habitantes dejan de estar ocupados solo por los vendedores ambulantes. Algunas familias, amigos, grupos de la tercera edad, perritos y niños adornan el lugar. La iglesia prende unos reflectores color purpura que parecen sacados de una discoteca, y pone en movimiento la campana que avisa el inicio de la eucaristía. Por suerte, la alcaldía los fines de semana se encuentra cerrada, si no, tendríamos a un guardia mirando feo y mostrándonos la escopeta con la que trabaja. Al ritmo de la guasca, un grupo de seis viejitos ponen un poco de melodía al sector, haciendo empalme con las luces estrafalarias de la iglesia. Los integrantes del grupo de la tercera edad, dirigidos por un acuerpado señor, estiran y ejercitan su ya desgastado cuerpo. Mientras los que estamos tomando cerveza, al son de las palmas y los silbidos, les damos un poco de moral.

Las palomas se han vuelto los animales más fieles de los bellanitas. Vuelan de un lado a otro compartiendo el cielo con los que disfrutan el parapente que está en San Félix. También, esperan al mismo señor de gafas redondas, de cabeza redonda y de barriga redonda, que les lleva, en una bolsa café, crispetas para alimentarlas. A él lo he visto rotando por todos los carritos ambulantes de café. Una vez me lo encontré en un pequeño centro comercial cerca del parque viendo un partido del Atlético Nacional. Siempre que lo veo me pregunto dónde vive.

Siento que el parque de Bello es muy ajeno a mí. Solo lo recorro para llegar al Metro, para comprar buñuelos, para comprar ropa o para comprar juguitos. No es un lugar para tener una primera cita, a menos que, tu cita sea amante de los viejitos. Lo único que me llama la atención es saber cómo vendiendo algo tan barato como un café se sostiene la gente. Tendrían que vender alrededor de 1.125 tinticos para ganarse un mínimo. Es decir, vender más de 38 vasos de agua caliente con café al día para sobrevivir como asalariados. Contando con que cada producto tenga un costo de 800 pesos. Hablar con las personas que trabajan en el parque es lo único que me conecta con el municipio. De resto, me atrevería a decir que me siento como un extranjero.

Este forastero, baja varias veces al parque solo para comprar ropa en La Media Naranja que queda diagonal a la iglesia. Mientras reviso lo que tiene el almacén mi mamá recorre otros locales con la esperanza de encontrar calzado para ella. Ninguna prenda me llamó suficientemente la atención como para comprarla. Supuse que mi mamá ya había terminado su recorrido, entonces atravesé el parque de Bello esperando verla por ahí merodeando, pero no fue así. Me tocó llamarla de un teléfono público que está al lado del puesto de Encicla que aún no habilitan. Le pregunté que dónde estaba, que no la veía, y me dijo que estaba al lado de una señora que vendía tinticos. Me reí. Aparentemente mi mamá no se había dado cuenta de los más de veinte vendedores ambulantes de café que hay en todo el municipio. Por último, comprendí que los pedazos de ciudad son solo eso, lugares. Sin embargo, quienes los habitan, les dan algo de vida.

1 comment

  1. Ronald   •  

    Buena historia, buen profe.

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