Les recomendamos leer el artículo de El Colombiano: Dime dónde estudias y te diré cómo aprendes, en el que se demuestra la importancia de los espacios para facilitar el aprendizaje.
A continuación, una opinión de Clara Tamayo con respecto al tema.
Cuando leí este informe de la periodista de El Colombiano Helena Cortés, publicado en El Colombiano el domingo 2 de julio de 2017, que trae a colación los estudios de María Rocío Arango, Ernest Leroy Boyer y María Acaso, me identifiqué con la necesidad de que los espacios escolares estén al servicio de la comunicación y el trabajo colaborativo, pues desde que comparto con maestros y estudiantes esta ha sido una obsesión para mí, o mejor, desde que estudié toda mi vida en un colegio que más bien parecía una cárcel, tal como lo describe el informe.
Me emocionó la manera como la arquitectura quiere darle la mano y devolverle el carácter inspirador a los espacios donde una comunidad educativa debe confluir para pensar y crear.
De la manera como se opera el servicio educativo, en la mayoría de instituciones que conozco, lo cual no me permite generalizar, me ha impresionado siempre el acento sobre el aula y los procesos de aula, de una manera que, a mi juicio, relega a la persona y al proceso de formación a un segundo plano, porque desde mi empirismo y mi mirada simplista de la educación prefiero hablar de procesos de formación.
Entonces, por qué me identifiqué tanto con el informe de Helena Cortés.
Uno pensaría que si el acento está nuevamente en el espacio, ¿dónde queda la persona? En primer plano, creo yo, cuando es ella quien puede habitar con dignidad un lugar, pensado para la dignidad, en el que transcurre una parte fundamental de la vida.
No obstante, tengo muy claro que el espacio, por sí solo, no propicia ni la comunicación, ni el trabajo en equipo. En un aula convencional la voluntad de un maestro puede sacar las tortuosas sillas al pasillo y pedirles a sus estudiantes que se sienten en círculo para que puedan mirarse a los ojos y conversar, mirar más allá de sus espaldas.
También sé que hay aulas en las que 50 estudiantes no caben sentados en círculo, ni con sillas ni sin sillas… pero sí sé que será la voluntad del maestro, quien antes de poder tener espacios ideales, como se los merece un proceso de formación humana, es quien puede, con un simple cambio de actitud, devolverle lo fundamental al proceso de formación, en un aula o fuera de ella: la posibilidad de mirarse y conversar, de dignificar los espacios con una presencia inteligente y bondadosa.
Y también sé que es hora de que el Estado sea más coherente con lo que está escrito sobre el deber ser de la prestación del servicio educativo.