Buitres acechantes

Por: Mariana Restrepo Cano

Centro Educativo Autónomo

Podría llamarme a mí misma de muchas maneras: solitaria, introvertida, callada o para almas amantes de léxicos más elegantes que el mío, ermitaña.

Realmente salir de casa no es mi actividad favorita, he evitado ir a fiestas, mentido para huir de situaciones sociales e incluso simplemente encapsular mi paranoica mente en el ruidoso estruendo de la música a todo volumen en mis audífonos. Pero, ¿realmente es paranoia esto que siento? En la definición de la paranoia encontramos, en palabras mucho más rimbombantes, que es el pánico irracional a sentirse seguido, visto o incluso en grave peligro. Sin embargo, ¿realmente es irracional el miedo que siento? ¿Es realmente solo un invento de mi abrumada mente el hecho de sentir turbias y pesadas miradas sobre mí?

Salgo de mi casa y mientras camino por las calles de nuestro país que oculta inmoralidades, encuentro rostros que no reconozco, pero, por la mirada en sus ojos, ellos sí parecen encontrar en mi asustado rostro y en el saco holgado de mi padre, que uso en algunas ocasiones, algo inmensamente atrayente.

Avanzo en mi camino ignorando los murmullos que me siguen, mi mente se ahoga como si una pared negra con todos mis miedos escritos se hubiera abalanzado sobre mi temblorosa figura. Escucho como uno de los seres que me acecha me llama por un nombre que no es el mío, y que solo sonó encantador en la mente de buitre de aquel tipo que me susurró al oído palabras que, según él, son dulces, pero para mí no son más que amenazas. Acelero el paso y le subo el volumen de mis audífonos en un intento frustrado de desaparecer mágicamente de ese lugar; sin embargo, los comentarios sobre su deseo atroz parecían penetrar directamente en mi mente. Con miedo de ser perseguida, paso de largo al lugar donde realmente deseo llegar, buscando despistarlo o al menos impulsarlo a abandonar sus intentos de conquista, con unas habilidades de seducción que dan la sensación de haber sido adquiridos en una carnicería.

Afortunadamente, o desafortunadamente, creo haber descubierto la razón de mi paranoia. Durante un encuentro de Prensa Escuela estábamos conversando y nos topamos con el tema de cuál era el lugar que menos nos gustaba de la ciudad; concordamos varias de nosotras, las mujeres, en que El Parque Lleras, en El Poblado, es una zona que preferimos evitar cuanto sea posible. Pero, ¿por qué? Se preguntarán, aunque realmente no sea sorpresa para nadie. La razón es que tenemos miedo.

Miedo de las miradas que erizan nuestros cabellos, de los ojos que reflejan un deseo perverso y abrumador no recíproco. Miedo de que nuestras ropas, que deberían ser solo telas e incluso formas de expresión cotidiana, sean malinterpretadas como mantos seductores y atrayentes. Miedo de que seamos confundidas y se nos ofrezca dinero por nuestra compañía, todo esto con muestras de un erotismo falso y depravado.

Aquel día descubrí que mi paranoia estaba perfectamente justificada, pero, ¿es realmente mejor saber que muchas mujeres, y no solo yo, se confinan a sí mismas a las paredes de su casa, o a la compañía de familiares altos y fuertes que puedan intimidar y desviar aquellas miradas de nuestro cuerpo? Estamos confinadas a comentarios de madres que nos criaron con cuidado, diciéndonos cómo debemos comportarnos para no “tentar” a esos seres de mirada pesada que nos rodean como buitres sobre una presa que lleva pocos días muerta.

Para mi suerte, yo sí logré escapar de los buitres, pero muchas de nosotras diariamente quedan atrapadas entre sus afiladas garras, con las cuencas de los ojos vacías y heridas en la piel que hacen que poco a poco se desangren hasta desvanecerse.

 

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