Por: Farley Alexander Lemus Muñetón
Institución Educativa Presbítero Antonio José Bernal
El “Don” despierta entre las seis y las siete, da un fuerte bostezo y se encuentra con el día que apenas empieza a palpitar, mientras el sol se asoma tímido, como un niño emprendiendo la primera travesía del amor. A través del balcón un rayo de luz se afana, imprudente, entre las cortinas, atraviesa su retina y lo obliga a visualizar el conflicto que las montañas encubren. Así, en medio del drama, cierra de nuevo sus ojos y escucha el lejano sonido de las motos que no pasan por su cuadra, sino por la vía que lo une con el resto del mundo.
La tranquilidad y la paz están en el ambiente, tan densas y profundas que parecen verse, sentirse y respirarse momentáneamente. Noto, por la ventana, cómo el “Don”, con ademán parsimonioso, se mueve y empieza a prepararse. Aquella fuerte e incesante calma matutina se transforma en resolución y el “Don” abre su tienda, pero no se apresura, no tiene porqué.
Lleva en la mano un termo tintero color mar, color cielo que emociona sólo con su presencia. Pero no es para él. Vende a buen precio ese líquido a todo aquel que padezca, o no, la temible debilidad que deja la somnolencia temprana. A buen precio, lo ofrece también a aquellos que despiertan naturalmente; ellos, los que empiezan el día sin responsabilidades que los inculpen, sin miedos que los acomplejen, ni cadenas que los condenen. O, sencillamente, a quien sea que tenga los mil pesos que cuesta el vapor que humedece la nariz, el olor que enardece los corazones y el gusto amargo de la bebida aclamada por revivir a los casi muertos víctimas del cansancio.
Me convierto, al dejarme poseer de la intriga, en el primer cliente del día. Grietas sobre sus arrugas, una piel cristalizada por el tiempo que se estira, dejando ver por completo aquello que pende, sin clavos, del rostro envejecido del hombre, y con esa sonrisa de par en par lo deja salir.
- Buenos días- dice.
- Buenos días, “Don”, ¿Cómo me le va?- le respondo mientras me detengo en la imagen que inspira y compro el café, más por probarlo que por necesidad. Le hago las preguntas, busco distraerme, no estoy tentado a ir por más que esas respuestas que duran tanto como el café, que no es mucho y yo bebo rápido.
- ¿Cuánto lleva usted por el barrio?- y como si volviera a la infancia, como si se hallara a sí mismo en el museo de recuadros enmarcados por cada momento vivido que componen lo que llamamos memoria, el “Don” libera una expresión de emoción contagiosa.
– Jmmm, imagínese… desde que me casé, ya hace unos cuarenta años- relata. Yo, que esperaba una réplica típica como “¿por qué la pregunta?” o algo parecido, me encuentro sumamente interesado, sorprendido por sus ganas de narrarle al mundo su aventura por la vida, las peripecias que a través del tiempo lo forjaron.
El “Don” vivió en los barrios toda su vida, primero en Santa Cruz, “arribita de la Intermedia”, y se casó hace cuarenta y dos años con “Nena”, con quien tuvo sus hijos y nietos, con quien construyó e hizo crecer su tienda, con quien se mudó a Barbosa por unos meses y volvió hace unos cuantos años, con quien se levanta cada día y con quien hoy comparte sus momentos tristes, felices, aburridos y emocionantes. Cuando su primer hijo tenía más de un año, y el segundo nació, compró un lote en La Francia.
– Y vea, esto era mejor dicho un monte, por acá no había es pero nada, la casa de enfrente, la de ustedes, todo eso de ahí no estaba todavía.
– Solo las vías, me imagino.
– Ni siquiera, eso era puro pedrerío.
– Lo más maluco era cuando llovía- dijo otro cliente que había llegado a comprar dos mil pesos de huevos, una cebolla, un tomate, un quesito y un sobre de Chocolisto mediano.
El “Don” trabajó veintinueve años en una empresa, hasta que se jubiló, pero nunca se quedó sin nada que hacer. Compró un taxi y trabajó dos años por las calles de toda la ciudad, pero dijo no gustarle eso de salir todos los días por ahí y recibir el sueldo en menuda: billetes de mil, dos mil o cinco mil. Él prefería las “quincenitas o ya mensual”; aun así, como quería quedarse más tranquilo y estable, transformó la que ya había convertido en casita en La Francia, rompió paredes y montó la puerta ancha donde apareció la tienda.
- Ya de eso pasó mucho rato- termina la frase con una sonrisa.
No alargué más la conversación, no por el hecho haber acabado el café, ni por haberme aburrido pues esa posibilidad no existía, sino por los clientes que se aproximaban, queriendo ser atendidos y también deseando, más que lo que comprarían, el entrañable momento de conversación con el “Don”. Me despedí, a las siete y veintidós, salí de la tienda y salté del primer escalón a la calle, en vez de pasar por los otros dos. Noté cómo en ese minúsculo lapso de tiempo, el día había ganado la batalla y la vida se apoderaba de la cuadra.
Era domingo y lo sabía porque este se anunciaba a través del vallenato, las champetas, el reggaetón y las baladas. Todas juntas parecían una sinfonía disparatada, tan equívoca para ese día y esa hora, pues perturbaban los sueños y las esperanzas y hacían retumbar, como terremotos de alta magnitud o espíritus e invocaciones, las camas de aquellos que pretendían tomar este día para el descanso del cuerpo.
La tranquilidad era ajena a nuestro mundo y el ruido no era propio solamente de las motos. Tomé un respiro y visualicé lo que había a mi alrededor, miré las grietas de la calle, el desnivel se sentía incluso a través de mis zapatos; observé los colores de las fachadas, obras negras y arreglos navideños, blancos como la paz o verdes como la esperanza con diseños distintos y hermosos. Escuché el ruido, sentí la independencia de cada uno y la armonía que juntos construían y comprendí, tal vez por primera vez, la belleza de lo que hay y de lo que cada uno aporta, de lo que cada uno vive. Entendí cómo era posible una vida de 40 años entre lomas, tráfico, tinto y mucha música. No quise hacer lo mismo, pero quise volver a donde el “Don” a tomar otro café y a preguntarle por las raíces, el tronco y las ramas que conforman su enredada vida y que se traducen en las experiencias que lo convierten en un libro viviente, en uno de esos pilares del barrio.