Por: María Paulina Marín
I.E. Pbro. Antonio José Bernal
Sábado veintitrés de septiembre. Ha terminado la obra “El atravesado”, de Andrés Caicedo, las personas empiezan a retirarse del teatro Matacandelas después de presenciar aquel monólogo interpretado por Edwin García Duque. Mi compañero y yo estamos felices. Al salir del teatro, la fachada transmite la esencia de un pequeño hogar con la arquitectura típica de las finquitas de antaño, el frío abraza nuestros cuerpos y, a su vez, nuestros cuerpos se abrazan para agradecer el tiempo compartido.
Son las 9:10 p.m. y nosotros caminamos hacia la estación Pabellón del Agua del tranvía. Las calles, oscuras y poco concurridas, me atemorizan, pues pocas veces he transitado aquella zona de La Candelaria. Pero en medio de esa soledad se ven locales ruidosos y con un ambiente animado; otros más calmados, otros más melancólicos. Mientras mi compañero piensa en cuál es el camino y me guía, yo, carente de algún sentido de ubicación, observo con detalle el ambiente nocturno.
Hay algo que llama la atención de los dos: un pequeño bar situado en una esquina. En su interior hay un hombre con acento rioplatense que suscita el interés en nosotros. Aquel hombre, cuya edad oscila entre los 40 y 50 años, canta tangos. Observamos desde afuera, pero un señor nos dice, de manera familiar, que entremos. Ingresamos al local. El pequeño recinto está adornado con fotografías e ilustraciones de grandes exponentes del tango y la tenue iluminación ameniza el ambiente. Atisbo a mi compañero, canta con una enardecida belleza que ahonda en mis partes más sensibles. La manifestación de las artes en el tiempo implica la sensibilidad para apreciar el instante en el que transcurren sensaciones y emociones impetuosas que nos absorben y trascienden en el alma.
Desde nuestra posición vemos al señor rioplatense de perfil, su cabello largo recogido en una cola alta y sus ademanes que evocan una época pasada nos embelesan. Dan las 9:50 p.m. y pese al deseo de seguir apreciando aquella presentación musical, el transporte público no da espera. Nos acercamos a la barra y, mientras yo pago, mi compañero deposita dinero en una cajita para el señor tanguero. Él le agradece y le comenta que lo vio cantando, y que es bueno que los jóvenes escuchen tango. Finalmente nos retiramos. La noche es bonita. Las artes incorpóreas, las artes del tiempo, danzan al son de las melodías de arrabal en el Homero Manzi.