Por: José David Aguiar Cárdenas
Institución Educativa Carlos Vieco Ortiz
Aunque en ocasiones salíamos hasta cinco horas seguidas a jugar, ese día fue muy diferente pues había llegado Pipe, un amigo que, por causas de la violencia, se vio obligado a irse del hermoso corregimiento en donde vivíamos. Este lugar estaba constituido por una calle principal que contaba con casas coloridas y pocos edificios de más de dos pisos. Además, el agua del río se escuchaba con una fluidez siempre constante y, desde la casa, se podía percibir un aroma parecido al del campo. Los pajaritos llenaban el ambiente con sus melodiosos cantos y las verdes montañas rodeaban aquel pequeño y acogedor espacio.
Ese día, después de salir de la escuela, como era habitual, mi grupo de amigos y yo nos dirigimos juntos a nuestras casas. En ese momento, Alex y su hermano decidieron correr detrás de la chiva de las 12:15 m. y se aferraron a las escaleras de la parte trasera. Este transporte permitía subir al capacete en donde, normalmente, se llevaban los bultos de café y plátano que luego se vendían en el pueblo. Mis amigos hacían esto con la esperanza de llegar más rápido a su hogar. El resto de nosotros subíamos a pie, disfrutando del camino con cantos, risas y demás actividades como patear una botella imaginando que era un balón. Sin duda, esos momentos compartidos eran algunos de los muchos que mejoraban nuestras tardes, y de los pocos que dejan una huella más que profunda, pues quedan guardados en la mente y el corazón.
Aquel día noté cómo la casa de Pipe, que había estado vacía y con la puerta cerrada durante meses, ahora se encontraba abierta. El garaje estaba ajustado y se podía ver que alguien había llegado, puesto que unas cajas estaban apiladas en la entrada. Sin embargo, esa imagen me hizo recordar aquella mañana en la que llegamos al colegio y Pipe no se encontraba en el salón.
Nuestra profesora conocía las razones de su falta, pero no nos comunicó nada, al fin y al cabo, éramos niños de no más de once años. Pasaron unos días y Pipe siguió sin asistir al colegio. Cuando íbamos a la cancha, sentía profundamente la falta de mi amigo. Para nosotros era algo extraño, nuestra mente imaginaba muchas cosas, pues también observábamos que su casa parecía estar vacía. La intriga llenaba nuestro cuerpo y, por más que su primo Camilo se negara a contar lo sucedido, fue tanta la insistencia que, al final, supimos que Pipe se había ido. Él y su familia se vieron obligados a abandonar La Clara por razones que desconocíamos.
Para nosotros era habitual pasar por su casa para invitarlo a salir a jugar, pedirle a su madre permiso para que así él llevara un balón con el que nos pudiéramos divertir un rato, pues Pipe tenía todos los juguetes y objetos que un niño de nuestra edad pudiera desear.
Por eso, el día en el que vimos las cajas en la casa de Pipe, la situación se tornó intrigante. Todos nos miramos a los ojos, compartiendo una mezcla de curiosidad y asombro. Y, al regresar la vista hacia el pasillo… encontramos a Pipe junto a su abuela, una viejita que siempre nos vendía bolis y cremas de mango, coco, Milo y demás sabores, a precios que rara vez superaban los cuatrocientos pesos.
Mi amigo salió corriendo a la acera de su casa, donde nos encontrábamos. Nos saludó y entablamos una conversación con tanta facilidad que pareció que nunca se hubiera ido. Luego de un rato, pactamos ir más tarde a la cancha para jugar fútbol o montar bicicleta, como siempre lo hacíamos. Normalmente bajábamos juntos en nuestras bicicletas hacia la cancha; sin embargo, si alguien no tenía cómo descender, nos montábamos hasta cinco en una sola para llegar todos al mismo tiempo. Esto era algo sencillo: dos iban en la silla, uno sentado en la barra superior y los otros dos se debatían por quién se iría en los tacos traseros y delanteros.
Cuando por fin llegué a mi casa, saludé a mamá y a papá, y subí corriendo a mi cuarto. Mi hermanito estaba en la cama de arriba y le pregunté que, si después de almorzar, quería ir conmigo a la cancha a jugar. Después de su respuesta afirmativa, bajamos corriendo al comedor con la energía que para los niños de esa edad es inagotable. Y en el momento en el que él por fin se dignó a acabar su almuerzo, cogimos nuestras bicicletas y bajamos pedaleando a toda velocidad. Nuestros espíritus siempre han sido muy competitivos y, por esto, nos retábamos a una carrera en donde el ganador era quien llegara primero a la cancha.
Todavía recuerdo esa tarde alrededor de las 4:00 p.m. mientras jugábamos un partido de fútbol; el cielo empezaba a ponerse un poco anaranjado y la intensidad de este color aumentaba con el paso del tiempo. Cuando se hicieron las 6:00 p.m., el sol se escondió entre las montañas, visualizamos las primeras estrellas y a la bonita luna que se asomaba entre una cortina de nubes para empezar a irradiar y dar un poco de luz a la noche que se avecinaba.
Aunque mamá siempre nos daba horarios estrictos para regresar a casa, mi hermanito y yo decidimos quedarnos hasta las 7:00 p.m. jugando con todos nuestros amigos. La llegada de Pipe era un motivo de gran felicidad; habían pasado más de seis meses desde que tuvo que irse del corregimiento. A raíz de esto, optamos por extender un poco más nuestro tiempo de diversión, disfrutando de cada instante que, en un futuro, nos permitiría mirar hacia atrás y, a través de un recuerdo observar lo felices que éramos. Sin embargo, al llegar a casa, mamá nos estaba esperando, pues, para ella, no había argumento válido que justificara nuestra desobediencia y el hecho de llegar tarde. Así, no solo regresó Pipe, sino también, volvieron esos castigos que nuestra madre nos imponía con tanto amor.