¡A mi madre!
Aún recuerdo mis tardes de infancia. El pueblo era pequeño con unas enormes araucarias en su plaza principal. Su majestuosidad sólo era comparable con el ícono gótico de la villa: la iglesia de Nuestra Señora de Las Victorias. Pero, ni El Parque de Las Araucarias, ni las grisaceas tardes, ni los emblemáticos termales,son los mitos que invaden mis recuerdos.
Lo que marca mis recuerdos de aquel nido en el que se convirtió el terruño, fue la seguridad que me prodigaba la presencia de mis padres. El gris otoñal que ornaba continuamente el cielo de Santa Rosa, aunado a las torrenciales lluvias que ennegrecian el pavimento de las pequeñas calles que recorrian el pueblo y los arreboles que despedian los atardeceres, despertaban en mí fantasmas de inseguridad e incertidumbre que sólo desaparecían cuando cruzaba la puerta de mi hogar. Allí estaba ella, mi madre, con su sazón, con su mirada cariñosa pero firme, con su capacidad de diluir cualquier vestigio de miedo. Me sentía seguro.
Para construir ese paraiso, así recuerdo mi mundo pueril, estaban mi madre y mi padre. El también era vital pero su presencia era menos cotidiana. Los cafetales nos lo arrebataban varios días a la semana, aunque éramos recompensados los viernes o sábados cuando llegaba con las alforjas aromatizadas de frutos tropicales que hacían las delicias de nuestra cotidianidad. Mi padre era mucho más que un proveedor, era un hombre noble, un caballero a carta cabal. Era el esposo de mi madre, y ella era su polo a tierra en el hogar.
Mi madre era esa silenciosa y fiel esposa que, tras bambalinas, garantizaba que todo funcionara. Nunca sobró nada en mi hogar; pero tampoco nada hizo falta, con unas pocas monedas ella siempre hizo milagros. Aunque, pensándolo bien, en mi casa si había una sobredosis de risas, tranquilidad, amor filial y nunca faltaba ese exquisito sudado de res que ella preparaba todos los miércoles.
La infancia y la adolescencia las recuerdo como aquellos tiempos en los que se podía creer que la vida era perfecta: la felicidad se extendía a lo largo de 24 horas y esto se repetía 7 días a la semana. Y Lilia, así se llama mi madre, era artífice de que yo tuviera esas sensaciones, que aplacara mis miedos y que asumiera la posibilidad de volar lejos y soñar un poco más.
Fue al final de la adolescencia cuando supe que había sido bien entrenado, y que estaba listo para enfrentar nubarrones y tormentas más allá de las laderas de mi cafetero pueblo. Estaba listo para partir. Aunque mi padre titubeó, ella no dudó en hacer mis maletas. Llenó las alforjas con cariño y ternura. Fue firme antes de mi partida, aunque no olvido ese amanecer en el que me despidió en el portón de la vieja casa, entonces, unas lágrimas en sus mejillas me recordaron que tras esa ferrera voluntad se escondía una madre sensible que dejaba volar a uno de sus retoños.
No la volví a ver en más de siete años.
La mujer que hoy despido es la abuela de mi hijo, la esposa de mi padre y la hija de Ana, mi centanaria abuela que nos abandonó hace tan sólo unos años. Lilia fue una hija ejemplar, y cuidó de Ana con esmero y cariño hasta su último suspiro. Agradezco de corazón su abnegación para acompañar a papá en su enfermedad, al igual que a mi ausente hermano. Mamá nunca dudó, los acompañó con cariño y convicción. Ejemplar fue su dedicación.
Hace un par de años comenzó a ejercer como madre itinerante. Después de dedicar dos décadas a extender la calidad de vida de mi padre, mi hermano y mi abuela, enfermos y limitados, sus hijos le agendamos un periplo de cariñosos abrazos y besos en ciudades y paises donde hubiera nietos esperándola. Nietos que nacieron y viven en otras liatitudes, porque ella nos enseñó a volar.
Aunque ella fue el núcleo, todos estos años, alrededor del cual ha girado la vida de sus hijos, fue corto el tiempo que tuvimos para compartirle el inmenso mundo que nos impulsó a conocer. Vivió en el terruño toda su vida…y allí descansa en paz.
Adios, mamá, !vuela en paz¡
Que lindo reconocimiento a la labor de una mujer,que como hija,esposa y madre dio todo su ser para luchar y sacar adelante todos sus retoños.
Merecido homenaje hoy que ya no esta entre nosotros.
Los acompaño de todo corazón en estos difíciles momentos,un abrazo primo.
Comparto tu tristeza y admiro tu hermosa despedida
Giovanny. Que hermoso escrito. Dios bendiga a tu Madre, estoy seguro que desde el cielo mira su obra en ti, con amor y con orgullo.
Un abrazo,
Kike Gallego