Hola Galileanos!!
En medio del cierre de año, y preparando los afanes propios de la Navidad, resulta muy curioso identificar cómo en estas noches de luna llena se alborotan todas nuestras expresiones de admiración por este blanco pedruzco que nos ronda diariamente, a unos cuantos miles de kilómetros de distancia sobre nuestras cabezas.
la Luna llena despierta el poeta que todos creemos tener por dentro. También, en muchos casos, activa el espíritu de la generosidad que nos motiva a compartir un plato delicioso con las personas que amamos en algún sitio cercano. Igualmente, y en términos más astronómicos, la luna llena se muestra tan grande y luminosa que resulta imposible de ignorar. Durante los 30 días del mes olvidamos la existencia del cielo, y es esta luna llena la que nos recuerda lo pequeños que somos, lo diminuta de nuestra existencia en el universo infinito que insistimos en estudiar con telescopios y toda clase de artefactos.
En estas noches de luna llena recuperamos la esperanza, afianzamos la ilusión y sentimos que todo lo bueno será posible. Observar el cielo con el ojo desnudo, binoculares o telescopios adquiere prioridad y propicia reuniones aplazadas por días infinitos.
Disfrutar de la luna es bastante simple y relajante. Sin pena, sin temor, sin miedo y sin agüeros, sáquele un ratico a la novela de la noche y regálese 5 minutos de cielo. A lo mejor se anima y recupera ese no se qué que desde hace rato se le había perdido, en el no se dónde de los recuerdos de infancia.