Hace casi un siglo, cuando Medellín aún estaba confinada en sus montañas y la única conexión con el mundo era la recién inaugurada vía férrea hacia el río Magdalena, que tardó medio siglo en construirse, el sueño de abrir un nuevo camino carreteable que conectara a la ciudad con el mar Caribe unió los lazos de los paisas.
Pese a ser un sueño cuyo origen se remonta incluso a los tiempos coloniales, sólo sería hasta entrado el siglo XX que bajo el liderazgo de figuras como Gonzalo Mejía y Fernando Gómez Martínez el proyecto se convertiría en empresa de una región entera, en la que además del presupuesto público, ciudadanos de todos los orígenes y clases sociales se arremangaron sus camisas y sumaron fuerzas para sacarla adelante.
Dentro de las múltiples anécdotas que dejó aquella cruzada, que inició oficialmente con un acto inaugural realizado un lejano 10 de junio de 1926 en la antigua terminal de la línea de Tranvía de San Cristóbal, una de las más llamativas fue recogida por James Parsons en su tesis sobre la colonización antioqueña del Urabá.
Y es que en medio del jolgorio de aquella jornada, que ya había sido precedida por una campaña en la que el Centro de Medellín se llenó de mapas con el trazado de la futura vía, folletos y hasta se creó una Junta Propulsora para la Carretera al Mar, el acto comenzó con una ceremonia de bendición de una sencilla barra de hierro.
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Aunque a simple vista la barra no tendría nada de especial, la misma había llegado desde el lejano municipio de Amalfi, en el Nordeste antioqueño, desde donde una mujer identificada como Ana Campuzano decidió entregarla como su más preciada herencia para el proyecto.
En una carta con fecha del 18 de mayo de 1926 y dirigida a don Gonzalo Mejía, la mujer exaltó con generosas palabras la ambiciosa empresa, considerada desde entonces para muchos como un imposible.
“Deseando contribuir con mi pequeño óbolo a la magna obra muy patriota, remito a usted una barra para contribuir con esta ofrenda que por ser mía es muy pequeña y que no es de oro ni valiosa como la de Isabel la Católica, pero sí de hierro templado al calor del entusiasmo para simbolizar así lo que es el acerado músculo ‘antioqueño’ que habrá de abrir nuestra carretera al mar, gigantesca aorta por donde circulará hecha verdadera civilización nuestra vida nacional y aún americana”, plasmó Campuzano en su misiva.
“Quisiera que al colocar dicha herramienta en manos de los trabajadores antioqueños se oyeran en las selvas de Urabá y repercutiera en el mar Caribe este sonoro grito que es toda una epopeya: ‘Llevo el hierro entre las manos porque en el cuello me pesa’. Paso a la carretera al mar y a la hegemonía antioqueña”, añadió.
Desde aquel acto inaugural habría que esperar por lo menos hasta el 28 de enero de 1955, para que el dictador Gustavo Rojas Pinilla encabezara un evento público en Turbo en el que se celebraría la puesta en funcionamiento de la vía; un hito que no alcanzaría a ver en vida Gonzalo Mejía y que le costaría múltiples dolores de cabeza a la región, teniendo que enfrentarse a los tiempos eternos y la desidia de la burocracia del gobierno central.
Así lo ilustraría por ejemplo Fernando Gómez Martínez el 1 de noviembre de 1956, cuando en la plaza principal de Turbo se inauguró un busto en honor a Gonzalo Mejía.
“Gonzalo se convirtió en adalid de la vía al Mar (...) Había que luchar contra las montañas, los ríos, la selva, pero contra los enemigos más duros: la indiferencia, la incomprensión, la burla, la falta de recursos, la carencia de fe de los hombres. Era más fácil entrarle al riñón de la peña que a la voluntad de un ministro; más sencillo contonear la cordillera que convencer a un banquero; más factible esguazar un río que ablandar a un Congreso. Pero al frente se hallaba este macho y ante su voluntad, su decisión y su empeño desaparecieron las dificultades”, sentenció entonces.
Transcurridas casi siete décadas de aquel momento, los paradójicos caminos de la historia parecieran haber puesto a Antioquia en la misma posición, esta vez por cuenta de la culminación de las obras de las autopistas 4G, que buscando vencer las limitaciones de la centenaria vía y acercar más al mar no solo a Medellín sino al resto del país desató una oleada de civismo sin precedentes en años recientes.
En medio de los choques que la controvertida ‘vaca’ por Antioquia han generado entre la región y el gobierno central, que tienen su centro de tensión más importante en las obras pendientes del Túnel del Toyo, volvieron a resurgir muchos de los antecedentes que han mostrado cómo la ciudadanía antioqueña ha aportado a obras de interés público.
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Haciendo a un lado la vía vieja al mar, la historia de la salud en la ciudad, por ejemplo, está llena de esos ejemplos de solidaridad y civismo.
Este fue el caso del desaparecido Hospital San Juan de Dios de Medellín, cuyos orígenes se remontan a 1797, desde cuando se encargó de cuidar a los más desvalidos enfermos y humildes de la vieja Villa de la Candelaria.
En la década de 1860, bajo el gobierno de Pedro Justo Berrío, esta histórica institución se transformó en el Hospital de Caridad del Estado de Antioquia, y fue precisamente objeto de una oleada de solidaridad.
A pesar de ser el único centro de atención médica de Medellín desde los tiempos coloniales - tendría que esperarse hasta la década de 1930 para la puesta en funcionamiento del moderno hospital San Vicente de Paúl- para la década de 1860 el San Juan de Dios estaba en decadencia, un drama que impulsó al entonces gobernador Berrío a conformar en 1865 una junta con los comerciantes más acaudalados de la ciudad para rescatarlo, quienes aportaron de su bolsillo y sin falta cuotas mensuales durante dos años.
Tal como lo cuenta el médico e historiador Tiberio Álvarez, en su texto Facultad de Medicina de la Universidad de Antioquia, Ciento veinte años de historia, en 1913 esa misma solidaridad fue la que permitió dar nacimiento al Hospital San Vicente de Paúl, no solamente el primer centro de atención profesional de la ciudad, sino uno de los centros de formación más importantes para los médicos antioqueños hasta nuestros días.
En este caso, fue gracias a la iniciativa y los recursos de don Alejandro Echavarría, que además contó con el impulso del ingeniero Alejandro López ante el arquitecto belga Agustín Goovaerts, la que permitió el inicio de las obras del hospital, hoy uno de los mejores hospitales del país.
A mediados del siglo XX, el entonces principal accionista de la Compañía Colombiana de Tabaco y de la Cervecería Unión, don Pablo Tobón Uribe, también instauró un precedente de iguales dimensiones, dejando una herencia de un millón de pesos para construir un teatro para Medellín, que luego fue complementado con recursos de los gobiernos de Medellín y Nacional, y otros cinco millones de pesos para la construcción de un hospital de la más alta categoría; ambos hoy bautizados con su nombre.
Otro caso fue el de la Clínica de Maternidad, transformada hoy en el Hospital General de Medellín, un proyecto que se echó al hombro la ilustre Luz Castro de Gutiérrez, quien sin desfallecer y tocando la puerta de industriales y empresarios recaudó $150.000 de la época para poner la base del futuro hospital, que luego tuvo el visto bueno de la Alcaldía.
Y pese a tener una envergadura mucho menor al de una gran vía o un hospital, el anecdotario de obras de solidaridad de los antioqueños también tiene múltiples capítulos en la historia del arte y la cultura, como por ejemplo en la conformación del Colegio Académico de Antioquia. Dentro de esta institución, una de los hitos más recordados fue el liderado por el maestro alemán Ernesto Helmkamfp, profesor de música y de piano, quien ante la falta de recursos encabezó una colecta pública precisamente para comprar un piano. Para 1847, el docente alemán logró recaudar la suma de 675 pesos de la mano de 68 donantes que hicieron posible la proeza en la ciudad.
Si se pone la vista en el pasado, la lista de iniciativas similares podría hacerse interminable, ya que la solidaridad y el civismo paisa también cumplió un papel crucial en múltiples proyectos adelantados por la Sociedad de Mejoras Públicas de Medellín, así como obras de la iglesia como la Fundación Hogares San José, entre muchísimos otros.