Hace unos años a un secretario de gobierno medio avispado se le ocurrió la justificación perfecta para salirle al paso a los reclamos que tenían en Donmatías por el aumento de la violencia y los problemas de convivencia. Dijo que la culpa la tenían los cientos de donmatieños que migraban a Estados Unidos dejando familias mochas, hijos sin dios ni ley, pero con dólares en los bolsillos para hacerle el feo al estudio y al trabajo y dedicarse al desenfreno.
No se trataba de un argumento totalmente descabellado, pero semejante conclusión no podía soportarse en vistas y oídas. El asunto merecía un análisis serio.
En 2011, la organización América España Solidaridad y Cooperación (Aesco), dedicada a analizar procesos migratorios en América Latina, anunció que investigaría a fondo las consecuencias sociales del insólito y fascinante fenómeno migratorio de Donmatías hacia Boston, Estados Unidos, un flujo que ajusta ya más de medio siglo y cuyas cifras son inauditas.
Según los cálculos, en Boston viven actualmente cerca de 7.500 donmatieños. Hay quienes se aventuran a decir que en la capital de Massachusetts hay más personas nacidas en Donmatías que en el propio municipio.
Pasaron trece años y nadie en las calles del pueblo da cuenta de las conclusiones de dicha investigación. Muchos dicen que ni sabían que pensaban hacer tal cosa.
Aunque, a decir verdad, cuando se trata de migración, los donmatieños eligen con cuidado sus palabras. Prefieren las buenas historias: el día en el que conocieron la nieve; de aquel que llegó en harapos a Boston arrastrando los pies después de atravesar el hueco durante semanas y en una hora en la estación Maverick consiguió techo, comida y los primeros 500 dólares para enviar a Donmatías; de las borracheras reconfortantes en todos esos rincones que montaron en East Boston para burlar la soledad y simular estar en casa; del demalas (o debuenas) que tras cinco intentos por el hueco logró hacer vida y cumplir el sueño americano de trabajar 16 horas diarias para enviarle plata a su familia.
Casi todas historias sin nombres completos, ni fechas exactas, costumbres que les dejaron décadas de esconderse de la ‘migra’ y de guardar solo para la familia algún que otro secreto o plan que es mejor que los vecinos no sepan, ni aquí ni allá.
También hablan pasito para responder el gran interrogante: ¿cómo empezó todo?, ¿cuál fue el origen que le permitió a un pueblito lechero del Norte de Antioquia colonizar una parte de Boston, Massachusetts, algo que medio siglo atrás solo se atrevieron a hacer los irlandeses?
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William Aguirre, un periodista de la Universidad de Antioquia oriundo de Yarumal, demoró ocho años en conseguir un recorte de la revista Time que aún se lamenta de haber perdido en un trasteo.
William llegó junto con su esposa por primera vez a Boston a mediados de los 90 gracias a su suegro, quien arribó en la segunda ola migratoria desde Donmatías a mediados de los 80. El recorte que atesoraba fue publicado el 3 de marzo de 1967 y narró el desenlace de la revolución del párroco Abelardo Arias, un cura liberal que puso de cabezas el orden social de Donmatías; envalentonó a los campesinos y cargó contra los que bautizó “caciques”, los doce mandamases del pueblo a quienes no les gustó ni poquito que el cura fundara la Cooperativa de Ahorro y Crédito de Donmatías (que con los años llegaría a ser de las más poderosas del país) y que acabó con el monopolio de los ricos que prestaban a usura a los campesinos para su labor agropecuaria.
El padre Abelardo creó uno de los primeros programas sociales del país, que benefició a 85 familias y se financió con fondos de la iglesia.
A inicios del 67 los conservadores y ricos del pueblo no aguantaron más y le pidieron al todopoderoso obispo Miguel Ángel Builes que sacara de la parroquia al cura revoltoso. Y Builes –quien gobernó cuarenta años la diócesis de Santa Rosa de Osos, se ufanaba de promulgar que “lo que Dios hizo desigual, el hombre no puede cambiarlo” y que azuzó como pocos la guerra bipartidista– no dudó en ordenar la salida de Arias.
Ahí fue cuando el cura puso en jaque la jerarquía eclesial; desconoció la orden y pidió directamente al Vaticano mantenerlo en el cargo. Cuando Builes mandó el reemplazo, los campesinos lo sacaron tallado con pistola y machete en mano. Así que el mundo puso sus ojos sobre el ignoto pueblo del Norte de Antioquia desde donde se desató una pugna que podía repercutir en la anquilosada jerarquía del clero.
La revista Time y el New York Times siguieron con detalle el asunto hasta que el Vaticano negó la solicitud del padre Arias y este aceptó la decisión dejando tras de sí un pueblo en revolución que, infectado por el espíritu bélico del país, degeneró en violencia.
Con el pueblo convertido en un polvorín, decenas de donmatieños consideraron por primera vez la posibilidad de salir de allí. En ese momento se alineó la otra circunstancia que sería determinante para desatar la migración.
En la década del 60 comenzó un boom de la industria textil en Donmatías con la llegada de la empresa Industrial del Vestido que le confeccionaba a la entonces gigante Caribú. El pueblo se convirtió en esa década en epicentro del sector textil y proveedor de mano de obra calificada para la industria.
Desde 1969, personas de Medellín, Envigado y Donmatías empezaron a aterrizar a Lowell, una pequeña ciudad de Massachusetts, con una potente industria textil de un siglo de antigüedad. La adquisición de maquinaria desde Estados Unidos hacia Medellín había creado lazos entre esa región y Medellín lo que facilitó que los industriales en Lowell buscaran aquí mano de obra ante el volumen de trabajo que tenían.
El trabajo en las textileras acabó en los 80, pero el flujo no paró. Por el hueco, la mayoría; con papeles falsos, otros tantos; y con visa, unos pocos, siguieron llegando, sobre todo a East Boston, una zona barata y con amplia oferta de programas públicos. Migrar se volvió parte de su ciclo vital.
Las remesas siguieron llegando. En los registros del municipio consta que para mediados de los 90 Donmatías llegó a tener 150 fábricas de textiles de todos los tamaños, cinco hoteles y una cooperativa con un brazo financiero superior a las de las capitales del país.
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Desparramada en una acera de Calle Azul –un corredor recién inaugurado para atraer turistas– Ana María, una estudiante con porte de voleibolista, comparte una ensalada de frutas con su abuelo mientras cuenta entusiasmada que por fin, tras meses de insistir, su papá accedió a darle como regalo de graduación de once los tiquetes para volver a Boston. Aunque esta vez solo utilizará el tiquete de ida.
Algunas cosas han cambiado. Los días en los que la mayoría de los hijos crecían criados a punta de teléfono y giros mensuales quedaron atrás. La prioridad de quienes viajan, una vez empiezan a recoger dólares, es reunirse con su círculo cercano o incluso viajar en gallada de una vez.
La soledad ya no parece ser una opción. Una de las personas que prepara viaje está dispuesta a pagar $18 millones para que sus tres perros viajen en avión mientras ella se va por el hueco.
El otro gran cambio es la destinación de esas remesas, que años atrás se centró en impulsar negocios textiles y lecheros y ahora se concentran en la propiedad raíz. Donmatías vive un verdadero frenesí de construcción y por todo el pueblo se están regando edificios con acabados propios de sectores como El Poblado y Laureles.
Dependiendo de la suerte y la capacidad de ahorro, un donmatieño puede adquirir desde un apartamento hasta un lotecito en el pueblo con cinco años partiéndose el lomo lavando platos, atendiendo mesas, empacando productos, limpiando baños, cuidando personas o construyendo casas.
Pero la transformación más grande, que repercutirá en el futuro del pueblo, la está causando la desbandada de jóvenes. No hay cifras oficiales pero funcionarios de la alcaldía estiman que, solo en área rural, desde el corregimiento de Bellavista, entre 120 y 150 jóvenes salieron en el último año y medio.
El sector textil, que se ha mantenido fuerte a pesar los embates, ha acusado el golpe. Por ejemplo, en la planta de Prointex, una empresa emblemática y que hoy opera en el lote donde funcionó la pionera Industrial del Vestido, predomina el acento costeño.
Prointex tiene una trayectoria de más de tres décadas en la industria del denim y trabaja con varias de las marcas más cotizadas del mercado. Cada mes procesa cientos de miles de prendas que ingresan en crudo y salen convertidas en apetecidas prendas después de un proceso industrial y manual que deja a cualquiera boquiabierto.
Pero mantener esos estándares no ha sido fácil, cuenta Mónica Ruiz, gerente administrativa, pues no solo la juventud del municipio es esquiva sino que muchos empleados veteranos, madres y padres de migrantes, se han retirado del oficio gracias a las remesas que envían sus hijos, llevándose consigo una experticia valiosa y difícil de reemplazar.
La solución la han encontrado en la Costa Atlántica. Hasta allí se ha corrido la voz de que en Donmatías hay empleo digno y desde allá han llegado jóvenes en masa. Así que el pueblo migrante ha sido destino de otro proceso de migración interna. De ahí que muchos digan que no es descabellado pensar que en Boston hay más donmatieños que en el propio municipio.
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En su libro autobiográfico, el escritor y periodista estadounidense Gay Talese recuerda su viaje al pueblito italiano de sus antepasados para intentar entender por qué su papá, un inmigrante del sur de Italia, decidió poner una distancia más que física con su tierra natal, por qué se negó a volver, a mantener un vínculo real con sus parientes más allá del envío de regalos gringos a sus familiares pobres.
El escritor concluyó que su padre, al igual que miles de inmigrantes, vieron la necesidad de marcar una diferencia entre su espíritu ambicioso que los llevó a cruzar el océano con el espíritu que juzgaron conformista de quienes se quedaron a vivir –o sobrevivir– en su tierra.
El fenómeno de la migración de Donmatías ha sido diferente, y tal vez ahí ha estado la clave para mantener ese flujo durante cinco décadas.
El periodista colombiano Jorge Caraballo documentó entre 2015 y 2017, a través del proyecto “East Boston, nuestra casa”, cómo cientos de donmatieños y latinoamericanos fueron expulsados por un implacable proceso de gentrificación en East Boston que infló los arriendos a niveles imposibles para la población migrante y cómo el espíritu comunitario de la gente de Donmatías le permitió a cientos de familias mantenerse a flote, encontrando empleo y vivienda y expandiéndose a localidades cercanas como Revere, Chelsea, Winthrop, Everett y Lynn.
Pero más clave todavía han sido las redes de apoyo que se mantienen entre Boston y Donmatías, lo que sin duda ha sido posible gracias a la flexibilización del proceso de visado gringo que benefició a miles de colombianos, particularmente entre 2008 y 2018.
Don Ramiro Mejía, por ejemplo, es un caso particular pues aunque pudo viajar varias veces nunca quiso quedarse. Sus viajes junto con su esposa siempre han sido para apoyar a su familia: a sus hermanos, su hija, su nieto. A aligerarles la carga aunque sea por unas semanas. A garantizar que ese pueblo partido en dos a 4.000 kilómetros de distancia siga pelechando.