Una lejana y marginal provincia, una burguesía que siempre sacó provecho de las circunstancias, una turbulencia en la península y una proclama que le dio vida de forma efímera a ese país paisa que aún 211 años después permanece en el imaginario. Un viernes 11 de agosto de 1813, el momposino Juan del Corral, entonces dictador del estado soberano de Antioquia, proclamó la independencia de la provincia en la catedral de Rionegro y desde entonces asumimos esa fecha para celebrar la antioqueñidad, algo tan efímero y cambiante que es complejo de definir.
Antioquia era entonces la tierra más pobre y atrasada del Virreinato, estaba ahogada en la corrupción y el hambre, a pesar de su riqueza minera.
“La provincia, se advierte, con lastimera compasión del que la ve y conoce, está casi en las últimas agonías de su ruina”, escribió el gobernador Francisco Silvestre en 1783.
Vivían unas 50.000 personas, 60% era gente libre, mestiza, parda, mulata y zamba, que iba y venía sin control civil ni religioso y sin ser de provecho para el reino, por lo que era considerada una masa peligrosa.
Parte de la misión del visitador real Juan Antonio Mon y Velarde cuando llegó a finales de 1700 era ordenar esa provincia moribunda para meter en cintura a tanto vago sin oficio y volverlos súbditos útiles.
Restableció el orden público, depuró la administración, impulsó las rentas, revivió la minería con nuevas ordenanzas, instaló graneros públicos para almacenar cosechas y creó juntas de agricultura para mejorar arados, semillas y cultivos.
Parte del timonazo que dio Antioquia se le debe a Mon y Velarde, que antes de irse lanzó una premonición: “Aquella provincia, la más atrasada del Reino, llegará a ser algún día la más opulenta”.
Había también una burguesía creciente muy coaccionada por el exceso de impuestos y las trabas al libre comercio. Esperaba el momento propicio para desarrollar sus negocios y, como una carambola a tres bandas, la época llegó cuando la Independencia se consolidó y acabó con el monopolio español. Como hace rato aguardaban la ocasión y, además, el movimiento libertario y luego de reconquista en Antioquia fue de los más pacíficos entre las provincias del reino, Medellín picó en punta y se convirtió pronto en polo del comercio del país.
La élite representaba el 18 % de la población y vivía en Medellín, Santa Fe de Antioquia, Rionegro y Marinilla. El naciente comercio local tejió relaciones, primero familiares y luego comerciales, con Mompox, Cartagena y algunas antillas como Curazao y Jamaica.
El juego de las élites de la provincia siempre fue a dos bandas. Hay registro de protestas en Medellín contra la invasión de Napoleón a España y la prisión en Bayona de la familia real y hubo hasta donaciones promovidas por el Virrey para la guerra contra el intruso. No faltó quien pusiera para la “vaca” 100 patacones de oro y decenas de maravedís, la antigua moneda española.
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Pero también hubo protestas y señales de descontento. Cuentan que ya en 1801, no se alumbraron las casas, ni las calles, como era tradición el día del cumpleaños de la reina; y en 1807, el Cabildo de Santa Fe no participó en las ceremonias donde se juraba fidelidad al rey.
Dice el escritor Luis Latorre Mendoza que las clases proletarias no fueron ni las precursoras ni las iniciadoras de la Independencia, fueron Antonio Nariño, José Acevedo y Gómez, El Sabio Caldas y Camilo Torres, que tuvieron en Antioquia el apoyo de José Manuel Restrepo, José María Ortiz, Francisco de Ayala, José María Montoya, entre otros. De a poco levantaron al pueblo que estaba atado al rey.
El 22 de mayo de 1810 se estableció la primera junta de gobierno en Cartagena y luego el 20 de julio se quebró el florero de Llorente. La junta se estableció el 30 agosto en Antioquia con el gobernador Francisco de Ayala. Acá no hubo refriegas, ni motines, ni levantamiento popular, como en otras ciudades, y se consolidó una sola junta provincial que evitó fracturas y enfrentamientos armados entre villas de la misma provincia.
Antioquia apoyó la propuesta que Cartagena puso sobre la mesa para que el país se constituyera como confederación de provincias unidas y se opuso al proyecto para que Santafé siguiera siendo el centro político de la república. Eso sí, aunque la oposición se manifestó, no hubo amenazas ni combates, el interés no era nunca pelear, era otro.
Mientras las aguas estaban agitadas por la forma de la república, las élites antioqueñas fueron pragmáticas y pusieron su foco en darle orden civil y jurídico a la provincia que se constituyó como un Estado en 1811. La tarea siguiente fue redactar una constitución que dividiera los poderes, trazara unas líneas generales para reducir la pobreza, distribuyera las tierras realengas y las segmentara en unidades familiares, todo en sintonía con el plan de Mon y Velarde.
En tres años se fundaron Abejorral, Anzá, Santa Bárbara, Angostura, Heliconia, Belmira y Titiribí, se necesitaba tierra para trabajar. El fin era que Antioquia dejara de ser un territorio solo minero, con una masa flotante y pobre, y se convirtiera en una población campesina de pequeños propietarios y labradores, que basaran su prosperidad en el trabajo independiente, en la religiosidad y la moralidad de la iglesia. El 21 de marzo de 1812 se proclamó la constitución del Estado de Antioquia en Rionegro, en su artículo 8 decía: “La ley debe proteger la Libertad pública e individual contra la opresión de los que gobiernan”.
Pero el tiempo pasa muy rápido cuando una amenaza se acerca. Afanado por los vientos de la Reconquista, Juan del Corral corrió a asumir como dictador el 1 de agosto de 1813 para preparar la defensa contra el ejército real. Solo 10 días después se lanzaron las juras de la independencia antioqueña en el Palacio Supremo del Gobierno de Antioquia, ubicado en Santa Fe. “El Estado de Antioquia desconoce por su Rey a Fernando VII y toda otra autoridad que no emane inmediatamente del pueblo o de sus representantes, rompiendo eternamente la unión política de la dependencia de la metrópoli y quedando para siempre separado de la Corona de España”, decía.
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No había tiempo para festejos porque los problemas nacieron a la par de la república. A principios de 1814 los jefes realistas Sámano, Montes y Aymerich habían ocupado Popayán y las juntas provinciales empezaron a organizar los pertrechos y las pocas municiones para auxiliar a Nariño que había marchado al sur. Otra vez se hizo “vaca” en Medellín, ahora para apoyar la defensa contra España, pero la suerte estaba echada.
Del Corral murió el 7 de abril de 1814, dejando a medias las transformaciones y la defensa contra el ejército de Morillo. Murió a los 35 años de tabardillo, como entonces se le decía al tifus. Ante la vacancia, nombraron al sacerdote José Miguel de la Calle, un envigadeño que había impulsado la consolidación del Estado. De la Calle duró un mes, luego fue nombrado el militar Dionisio Tejada, último gobernador antes de que la Reconquista nos aplastara.
En todo caso, en marzo de 1816 el español Francisco Warleta, general de la división de occidente del Magdalena, llegó a Zaragoza con un ejército bien equipado, derrotó al coronel venezolano Andrés Linares y despejó el camino hacia Medellín, a donde entró el 5 de abril. “Enorme, indescriptible fue la consternación de los medellinenses patriotas, así como de desbordante fue la alegría de los partidarios de España, que no faltaban, aun cuando hubiesen estado cuatro años agazapados en la sombra, aparentando que no lo eran”, narra Latorre.
Warleta reunió tres días después a los empleados públicos, los religiosos y los representantes de algunas familias para firmar una declaración en la que obedecían a Fernando VII, “el legítimo soberano”.
Así, de un portazo, se cerró ese primer envión independentista, aunque muy cerca de Medellín ya se preparaba un joven cadete de apenas 15 años que tomaba lecciones con el francés Manuel Serviez, exoficial del ejército napoleónico.
Aún faltan cuatro años y mucha sangre por correr para que se libre el combate de Chorros Blancos el 12 de febrero de 1820, cuando las tres columnas enviadas por José María Córdova cargaron al enemigo a bayoneta limpia hasta hacerlo replegar para siempre. El triunfo marcó la derrota definitiva del ejército realista en Antioquia.
¿Entonces qué celebramos cada 11 de agosto? Quizás la proclama de una independencia efímera y el valor de una generación trágica. Convengamos en que eso que llamamos antioqueñidad es un debate para otro día.