La pólvora estallará en la víspera y en el amanecer de diciembre en todo Medellín y en todo el Valle de Aburrá. Miles de manos lanzarán los voladores que tronarán al tiempo armando ese rugido violento que se extenderá por horas. Cientos de miles de oídos se aturdirán, cientos de millones de pesos pasarán de manos en bodegas, calles y entables piratas a cambio de bengalas y papeletas mini volcanes.
Los brazos, las piernas y los ojos de algunos se quemarán. Algún volador alcanzará un balcón, entrará a una casa y solo por azar no terminará en una tragedia que marque para siempre a una familia.
Cientos de aves morirán después de una lenta agonía. Decenas de perros y gatos se perderán presas del terror, sufrirán sin importar los métodos que intenten sus cuidadores, algunos de ellos morirán cuando el organismo colapse, al no aguantar más los efectos que les detona el ruido.
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Todo eso pasará inevitablemente sin importar las campañas, que otra vez llegaron de manera tardía apenas días antes de la temporada decembrina, que nuevamente fueron inferiores al problema, y quedará la respuesta postergada hasta el próximo año a la pregunta de qué se puede hacer mejor para combatir la tradición nefasta que en los últimos cuatro años dejó secuelas, muchas de ellas de por vida, a 431 personas en Antioquia, solo para hablar de los casos reportados, los que se salvan del abrumador subregistro.
Algunas alcaldías como la de Envigado intentaron hacer algo diferente y lanzaron su campaña antipólvora desde septiembre, yendo a los barrios y a los colegios. Pero otras, como Medellín, volvieron a quedar colgadas. Según le aseguraron desde la Alcaldía a EL COLOMBIANO a inicios de noviembre, este año el Distrito, el Área Metropolitana y Gobernación se unirían por primera vez en muchos años para lanzar desde el 12 de noviembre una ambiciosa estrategia en varios frentes, tanto desde la pedagogía y sensibilización a la ciudadanía como el plan operativo de seguridad y los procesos sancionatorios para tener un impacto real frente a la problemática.
Pero lejos de ocurrir eso, solo hasta el pasado 27 de noviembre la alcaldía presentó su campaña. Y la articulación anunciada tampoco se materializó. De hecho hubo esta semana un insólito rifirrafe entre Alcaldía de Medellín y la Gobernación de Antioquia, pues mientras que la Secretaría de Salud de Medellín aseguró no tener reportes de lesionados por pólvora este año, desde la Seccional de Salud departamental reportaron que sin comenzar diciembre Antioquia tiene ya 28 quemados, ocho de ellos en Medellín.
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Pero al margen de la discusión sobre la eficacia de las campañas institucionales, la realidad es que el autocuidado en las familias, de los padres y cuidadores con sus hijos y consigo es el punto de partida.
Las devastaciones
Se conocen, por supuesto, los impactos que causan las quemaduras con pólvora en la piel. Si la lesión es de segundo grado, lo cual es bastante frecuente con este tipo de pirotecnia, según el INS, la formación de ampollas desencadena un dolor que para muchos afectados se torna insoportable.
Cuando son de tercer grado lo que siente la víctima es un dolor que lentamente va dando paso a un entumecimiento de la zona afectada, síntoma inequívoco de que la lesión alcanzó los nervios y está destruyéndolos. Cuando llegan hasta los órganos, el riesgo es potencialmente fatal.
También se conocen de sobra los riesgos por posibles amputaciones de extremidades por el estallido de estos explosivos en las manos o cerca de alguna extremidad, cuyo proceso clínico puede tomar hasta más de un mes antes del alta médica, para luego empezar a enfrentar un difícil proceso psicológico y hasta económico por la incapacidad física que se impone para asumir funciones laborales.
Es tan complejo el tratamiento clínico que requieren este tipo de lesiones que el San Vicente Fundación empezó hace unos días una “vaca” para adquirir una termoformadora, un equipo necesario para mejorar las tasas de éxito en los procesos de cicatrización y proporcionar tratamientos personalizados como máscaras de comprensión y férulas a las víctimas de quemaduras.
Esta en particular es una época complicada para el personal de salud, pues a los quemados por pólvora se suman también los lesionados por líquidos calientes, que según el médico cirujano del San Vicente Fundación, Hidalgo Vélez, presentan altos riesgos de quedar con secuelas permanentes. Este año van más de 8.500 casos de quemados con líquidos calientes.
Pero también existen otros estragos que no son tan conocidos. Entre las secuelas que pueden dejar las quemaduras por pólvora están los daños hepáticos severos y disfunción cerebral; infecciones severas en los huesos, condición conocida como osteomielitis, y también problemas de coagulación, que ocurren cuando la quemadura desencadena en el cuerpo una falta de producción de una proteína encargada de facilitar que la sangre coagule correctamente, según María Gabriela García, toxicóloga y docente de la Facultad de Medicina de la Universidad de Antioquia.
Pero ni siquiera es necesario sufrir quemaduras para tener afectaciones graves en el organismo. La inhalación de los componentes de la pólvora, es decir carbón, nitrato de potasio, bario y fósforo blanco puede provocar daños neurológicos graves, como alteraciones cognitivas, problemas de memoria y aprendizaje y hasta ser factor de riesgo para contraer enfermedades degenerativas como el párkinson, según la especialista.
Los traumas acústicos y las lesiones de todo tipo también llegan acompañados por otra amenaza invisible: el material particulado.
Según Alexánder Cubaque, profesor de la Facultad de Salud Pública de la UdeA, diciembre se convierte en el mes en el que el Valle de Aburrá se cubre con una amenazante capa gris que lleva invisiblemente el material particulado y gases como el azufre hasta los pulmones de cientos de miles de personas, sin importar si están en la calle o en sus casas.
Esta amenaza imperceptible afecta particularmente a mujeres embarazadas, adultos mayores y niños. Si se tiene en cuenta que la alborada se ha convertido para buena parte de la población en un espectáculo digno de admirar desde balcones, cuadras y miradores, en una especie de ritual familiar, es necesario decir que son los mismos familiares, muchas veces los padres, los que exponen a sus hijos a este tipo de riesgos que luego, según los expertos, pueden derivar en enfermedades respiratorias, mejor dicho, pasar las fechas festivas en salas de urgencias.
La tragedia para los animales
La alborada y diciembre en general es sinónimo de dolor para animales de compañía, la fauna del Valle de Aburrá y hasta para los animales de producción.
El médico veterinario del Hospital Veterinario de la Universidad y docente de fauna silvestre, Juan Gonzalo Ochoa Zuluaga, explicó que las detonaciones de pólvora desencadenan en los animales domésticos y silvestres un cuadro de ansiedad y estrés que, dependiendo de la especie, puede terminar en infartos.
La reacción ante este estrés puede ser distinta en los abortos, infartos y reacciones nerviosas como salivar, llorar, aullar, volverse agresivos o correr. Esto ocurre porque los fuegos artificiales emiten sonidos entre los 150 y los 190 decibeles, y el sentido auditivo de los animales empieza a sufrir afectación con ruidos que superen los 65 decibelios.
Las detonaciones les producen una alteración al sistema nervioso que empieza a liberar sin contención alguna la hormona de la adrenalina, por lo que los animales entran en estado de shock y comienzan a experimentar ansiedad, fobia, desorientación, taquicardias, estados depresivos o la necesidad de huir.
Uno de los casos más dolorosos es el que ocurre con las aves, que ahuyentadas y desorientadas por el ruido abandonan los nidos y generalmente sus pichones mueren o los huevos se quedan sin eclosionar.
Las crías de varias especies terminan falleciendo lentamente por hambre, pues en medio de la desorientación son abandonados por sus madres, que también mueren, ya sea estrelladas o atropelladas en medio de la confusión.
Todo esto es evitable y la posibilidad de que así sea depende de cada decisión que se tome en las familias. En una noche como la que seguramente se vivirá este sábado para recibir diciembre, todos están expuestos y la única manera revertir esa tradición es con pedagogía y sanción social para quien ponga en peligro a los demás.
Estos datos pueden mitigar una tragedia
En caso de que un familiar o allegado sufra una lesión por pólvora o por líquidos, en medio de sancochos y asados, que también es un factor de riesgo en estas fechas, los médicos explican que la atención en primeros auxilios puede hacer la diferencia para reducir las secuelas.
Lo primero es tratar de identificar el tipo de quemadura. Si son mayores a centímetros, producen un efecto como de sequedad en la piel, tiene manchas marrones, blancas o negras y se hinchan muy rápido; es indispensable salir a buscar atención médica.
Como contención, se recomienda antes de buscar atención médica quitar las joyas y otros elementos, sobre todo si están ajustados y afectan el área de la quemadura. Esto es frecuente en manos y cuello.
También es importante disminuir la temperatura con agua y cubrir cuidadosamente el área de la quemadura con un vendaje que no presione la herida y que cumpla solo la función de que no esté expuesta.
Entre los errores recurrentes están aplicar café u otro tipo de menjurjes que circulan en redes sociales como claras de huevo, tomate, bicarbonato y otros elementos. También es un error que puede tener consecuencias peores el de aplicar torniquetes cuando son heridas abiertas o amputaciones.
Una práctica recurrente en los últimos años, sobre todo cuando los afectados son niños y niñas, es el de postergar la búsqueda de atención médica por el temor de los padres y cuidadores de recibir sanciones y quedar inmersos en procesos administrativos con las autoridades municipales o regionales y con los funcionarios de Bienestar Familiar, encargados del restablecimiento de los derechos de los menores de edad lesionados.
El brigadier general William Castaño Ramos, comandante de la Policía Metropolitana, recordó que el Código Nacional de Seguridad y Convivencia establece multas de hasta 16 salarios mínimos mensuales para quienes manipulen pólvora sin autorización.
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