Pasaba ya de la medianoche y en la vereda Filadelfia, la más grande del corregimiento de El Aro, en Ituango, solo se escuchaba el murmullo de los grillos y las luciérnagas, acompasado por el croar de los sapos que se iban acumulando en los patios y solares de los ranchos.
Solo una casa estaba alumbrada en la fría oscuridad de la madrugada, la de Jáiber Cuadros. El hombre, que no había probado bocado desde el mediodía, sudaba como camionero en tierra caliente y caminaba nerviosamente de un lado a otro por el pasillo principal de la vivienda.
El motivo de su desesperación era su mujer, Leida Orrego, quien se encontraba acostada en la cama matrimonial, en dolorosas labores de parto y acompañada por varias de sus vecinas quienes, con harto cuidado, le acariciaban la panza y le secaban el sudor con pañitos de agua tibia. “Respire despacio, Leida, despacio”, le decían suavecito al oído, y la parturienta hacía caso, pálida y dócil como la Virgen María. “Ufff, ufff”, se atacaba de aire para luego echarlo de su boca a chorros repletos de saliva.
El bebé apuraba el milagro y la valiente madre insistía en aplazarlo hasta el día siguiente, a una hora más civilizada en la que pudieran estar presentes los médicos. Pero sus esfuerzos fueron en vano y no quedó más remedio que salir corriendo hasta la casa donde los médicos descansaban, a más de una hora de camino.
“Vaya usted, Jaíber, y tráigalos que este niño quiere nacer”, gritó una vecina asomando su cabeza por la puerta de la habitación, y el asustado papá, sin contestar siquiera, brincó a la calle y arrancó a correr. Iba siendo la 1 de la mañana cuando llegó a trompicones a la casa donde dormían Giovanny Graciano y Lina Gómez López, los dos médicos del Hospital San Juan de Dios de Ituango. “Giovanny, Giovanny, ábrame por favor que es urgente”, vociferó Jáiber tartamudeando. El médico se despertó y corrió a atender al campesino. Detrás suyo iba Lina, intentando mantener sus ojos abiertos.
—Qué pasó, Jáiber.
—Que Leida va a parir. Necesitamos su ayuda.
A toda prisa se pusieron los uniformes y tomaron los elementos médicos, luego tomaron el camino hacia la casa de la parturienta. Sudorosos llegaron cuando el reloj marcaba las 3 de la mañana. De camino habían logrado comunicarse con el hospital, para que enviara una ambulancia a la carretera. El niño, a quien habían decidido bautizar Yeimer, empujaba presuroso y su madre ya no tenía alientos.
“Hay que llevarla para la carretera”, dijo Giovanny después de examinarla. “Esto no va a dar tiempo”, agregó tímidamente.
Dos de los vecinos improvisaron una hamaca con palos de escoba y una cobija. Ahí subieron a Leida, bien arropada, y cogieron el selvático camino hasta la carretera. Excitados por la urgencia del parto pasaban corriendo los arroyos y las ramas atravesadas; brincaban barrancos y pateaban piedras y se hundían en los pantaneros. Hasta una serpiente tuvieron que espantar sin detenerse, y avanzaron con la luna como testigo, muda y pálida como la madre envuelta, mientras la neblina iba cubriendo la manigua como una colcha vieja y opaca.
El niño no daba tregua y su joven madre, colgada en la hamaca y rebotando dentro de la cobija como si estuviera jugando en un mataculín, lloraba y pegaba gritos; resoplaba y gemía; y balbuceaba que la ayudaran, que no aguantaba.
“Resista, doña Leida, resista que vamos bien”, respondía el médico Giovanny en el fragor de la carrera, pero a Leida el niño se le escurría del vientre embadurnado de sangre y placenta. “No puedo, ya viene, va a nacer”, gritó la madre con sus últimas fuerzas y el grupo, guiado por Jáiber y Giovanny, tuvo que detenerse en el monte para decidir qué hacer.
“Vamos que por allí hay donde, por allí hay ranchitos”, dijo el padre y todos siguieron sus huellas con el mismo apuro de antes. Encontraron una troja, uno de esos ranchos pequeñitos donde los campesinos guardan el maíz sobrante de las cosechas. El lugar estaba oscuro y repleto de bichos, pero allí acomodaron como pudieron a Leida, sobre una desbaratada camita que olía a humedad. A la mujer solo le bastaron tres pujones para dejar salir a su niño, a Yeimer, quien fue recibido por Giovanny a mano limpia.
“Nació el niño, y está sano”, expresó feliz el médico en medio de aquel improvisado pesebre. El recién nacido fue envuelto en sábanas mientras que a la madre la volvieron a subir a la hamaca, para llevarla hasta la carretera, donde estaba esperando la ambulancia.
Ya eran casi las 6 de la mañana cuando se dio el milagro, y hasta las aves madrugaron a celebrarlo, porque en medio de los árboles se armó un bullicioso corrillo de turpiales, sinsontes, canarios y pechirrojos que arrullaron a los peregrinos hasta la carretera.
Un milagro en el monte, gracias a dos médicos valientes y a un grupo de vecinos serviciales que, lograron que una madre pudiera dar a luz a su hijo, sobre un humilde lecho con olor a maíz.
Yeimer se llama; el niño de junio, de Leida, de Jáiber y de Ituango.