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Son 127 personas, contando a vuelo de pájaro, las que se apean a la entrada del templo comedor de La Cruz, en la comuna 3 de Medellín, para almorzar. Esas mismas 127 personas habían venido horas antes a desayunar. Ahora son las 11:30 de la mañana. Entre todos, son casi cien niños que llegan a almorzar. Se acomodan en los comedores con un orden casi marcial. El líder del templo comedor, Dorian Alberto, se sube al altar donde hay un gran Cristo crucificado y dirige una oración.
En las mesas estaba dispuesta, minutos antes, una jarra con una gran sopa de verduras y los platos bocabajo. De un momento a otro, un grupo de mujeres trajo el seco: arroz amarillo, cerdo en salsa, ensalada y una galleta dulce. Los niños, mientras Dorian Alberto habla, no se mueven, escuchan con atención y los que son católicos repiten la oración, el resto calla con respeto.
El templo comedor es una obra de la Fundación Saciar Banco de Alimentos. Es un templo ecléctico, en lugar de bancas que miran hacia el altar y dispuestas para que el fiel se arrodille, hay comedores donde el necesitado se alimenta. Las mujeres que preparan la comidan y sirven a las mesas tienen a algún familiar entre los beneficiados; es decir, el único requisito que un niño tiene para venir a comer es que su madre dé un día de servicio cada quince días; todas las mujeres que están en la cocina han sido entrenadas para cumplir altos requisitos de bioseguridad y etiqueta. Dorian Alberto dirá: “Algunas de ellas han conseguido trabajo en restaurantes y hospitales gracias a las capacitaciones que les dimos acá”.
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En una de las mesas, los niños me piden que les sirva la sopa. Ninguno empieza hasta que todos los platos están llenos. Como con ellos, uso la cuchara en todos los platos y una niña —es evidente que tiene una alergia en la cara que le estalla en paños y resequedad— me dice que use el tenedor y el cuchillo, como ella lo hace. Noto: todos usan correctamente los cubiertos y no termino de saber qué pienso de eso. Los niños se comen hasta el último arroz y al final la galleta.
Reparo en los ancianos —todos se aproximan para charlar con Dorian y los representantes de la Fundación Saciar—, en la pobreza extrema evidente en la ropa, en los dientes. ¿Quién vela por ellos? Algunos me dicen que si no tuvieran este desayuno y este almuerzo no comerían nada. Aguantarían hambre. ¿Y en la noche qué comen? “Arrocito, salchichón, rodajas de tomate”.
Hay que señalar el lugar común, la paradoja. La Cruz está a media hora de La Alpujarra, a veinte minutos de la Unidad Intermedia de Manrique, a quince minutos del Parque Gaitán. Si no fuera por la Fundación Saciar —por ese banco de alimentaos que nutre a más de 7 millones de personas en Antioquia, Chocó y Córdoba, por esas 85.000 toneladas de alimentos que donan ciudadanos, organizaciones varias, iglesias, empresas—, el hambre capearía de peor manera en esta ladera.
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Semana atrás la Universidad de Antioquia y la Gobernación publicaron el “Perfil alimentario y nutricional de los menores de 18 años en Antioquia 2023”. Revelaron que el 72 por ciento de los hogares visitados están en inseguridad alimentaria. El estudio tuvo una muestra de 5.833 niñas, niños y adolescentes; descubrieron que el 14,4 por ciento de los menores de 5 años está en riesgo de sobrepeso.
En una tarde de junio, Lorena Patricia Mancilla López, asegura que uno de los grandes problemas de la alimentación es que no se ve como un derecho sino como una caridad, por eso sucede que la saciedad de miles venga de la misericordia y la piedad de comunidades religiosas. “He rastreado que algunas de las protestas recientes, con excepción de la de 2021, están relacionadas con la alimentación, como sucedió con el paro agrario que le estalló a Juan Manuel Santos cuando era presidente”.
Mancilla López asegura que el hambre se recrudeció después de la pandemia, acentuándose en el Valle de Aburrá: “El Urabá, por ejemplo, tiene un 90 por ciento de inseguridad alimentaria, un 30 por ciento de esa población tiene una inseguridad severa del 30 por ciento. En 2019, el Valle de Aburrá tenía el 50 por ciento de su población en inseguridad alimentaria, pero el año pasado subió al 72 por ciento; eso quiere decir que en el último gobierno creció un 20 por ciento; el área metropolitana del Valle de Aburrá es la subregión que más creció en pobreza e inseguridad alimentaria”.
Dice la experta que durante el confinamiento por la pandemia de covid-19, se generalizaron prácticas de sedentarismo asociadas con la alta exposición a pantallas de celulares, computadores, tabletas y televisores: “Los datos recolectados muestran que solo el 34 por ciento de los adolescentes hombres y el 13,8 por ciento de las mujeres entre 13 y 18 años cumplen la recomendación de la Organización Mundial de la Salud (OMS) de hacer actividad física por 60 minutos diarios”.
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El gobernador de Antioquia, Andrés Julián Rendón, dice que no hay tema que le preocupe más y que por este año buscó recursos del departamento para luchar contra el hambre: “Encontramos una situación muy crítica. Tenemos el 40 por ciento de los hogares con algún problema de inseguridad alimentaria, eso son 986.000 hogares, eso nos pone en una situación muy crítica; le pedimos a la Asamblea Departamental que nos diera una fuente para atender ese problema, ellos autorizaron utilizar hasta el 7 por ciento del impuesto vehicular, eso son como 324.000 millones de pesos que vamos a concentrar en las personas en pobreza extrema, que son más o menos 400.000 antioqueños.
La distribución de ese dinero será así: programa de Alimentación Escolar (PAE) para población de 6 a 17 años, 174.000 millones de pesos; programa Arrullos para madres gestantes y niños de 0 a 5 años, 40.000 millones de pesos; programa para adultos mayores, 47.000 millones de pesos y producción de alimentos, 63.000 millones.
Dice Rendón que unas semanas atrás llevaron una tonelada de alimentos a Vigía del Fuerte, uno de los municipios más alejados del departamento, bañado por el río Atrato. “Queremos ir a buscar a los niños en los lugares más apartados, eso puede costar mucho dinero, pero vamos a salvar vidas”.
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Es un miércoles y no se sabe muy bien si va a llover o viene un sol de apocalipsis. A las dos de la tarde una fila de hambrientos hace fila a las afueras de la Plaza Minorista. Hay de todo: muchos ciudadanos venezolanos, mujeres jóvenes que parecen universitarias, ancianos, niños. Debajo de una carpa, varios vendedores de la plaza se organizan con costales de verduras —cebolla, pepinos, lechugas, repollos, zanahorias, papas— y unas cuantas piezas de carne: hueso, carne no tan magra.
Empieza a llover, una mujer joven, bien vestida, dice: “Yo soy madre de dos niñas, me quedé sin trabajo hace unos cuantos meses y una amiga me dijo que viniera, que acá daban alimentos; esto es como cada quince días, y la verdad le quitan el hambre a más de una persona”.
Un hombre que no revela el nombre dice: “Un día decidimos organizarnos para evitar que la gente se aprovechara de las donaciones de la Minorista, entonces pusimos un horario que es los miércoles al mediodía. Viene mucha gente: doscientas, trescientas, cuatrocientas personas, es difícil. Nosotros nos organizamos, pero necesitamos que nos ayuden con carpas y uniformes para quienes entregamos la comida”.
De repente empieza a llover con tenacidad, pero nadie se mueve de su fila, todos conservan el orden, esperan sus papas, su yuca, su plátano, todo es demasiado difícil: la necesidad tiene cara de perro mojado.
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La Fundación Saciar tiene sede en Guayabal, cerca de la Cruz Roja. Afuera de la bodega hay camiones, camionetas, todas repletas de alimentos. Hay cajas y cajas de verduras, enlatados, empaques y un hombre me explica: “Nosotros tenemos un programa para que no se pierdan cosechas aquí cerca, vamos al Oriente y al Suroeste, nosotros mismos levantamos cosechas de zanahoria, papas, hortalizas que se pueden perder y que nadie va a aprovechar, con eso alimentamos a miles de personas en Medellín y Antioquia”.
La Fundación llega a diez departamentos, 47 municipios de Antioquia, 9 subregiones, 16 comunas de Medellín y tres corregimientos. Cuenta con 748 voluntarios con más de 107.000 horas de voluntariado, son personas que seleccionan alimentos, que empacan, que disponen; se benefician 169.375 personas cada mes y 339 instituciones.
Pedro Nel Giraldo Araque, el representante de Saciar, es un hombre católico, preocupado desde 1999 por el hambre, desde que se dio cuenta de que a los desplazados por el conflicto armado los atendían en Medellín con leche en polvo y “bienestarina”. “¿De dónde se iba a nutrir esa gente? Empezamos a buscar gente que nos donara plata, que nos diera algún alimento, y así llegamos a esto que ves hoy”.
Uno de los momentos claves para Saciar fue cuando los bananeros del Urabá los llamaron para aprovechar cerca de 200.000 toneladas de banano que se perdían todos los años. Buscaron a la empresa Griffith, en el Oriente antioqueño, encargada de hacer sabores y alimentos para industrias enormes como Frisby, KFC, Ranchera y muchas más. Griffith tomó el banano y creó un súper alimento que desde hace varios años nutre a madres gestantes y niños.
Dice Pedro Nel: “Griffith fue muy importante para nosotros porque el banano era muy complicado de trabajar, porque la harina que se desarrolló se ponía negra, así como sucede el banano; Griffith tuvo que hacer todo un proceso para evitar eso y además añadirle unos nutrientes importantes”.
El gran problema de estas harinas es que además de nutrir tienen que saciar, por lo que pueden estar vinculadas a una subida de peso, según los organismos. Sin embargo, centenas de mujeres gestantes han podido nutrirse de esta manera.
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El hambre campea en Medellín y Antioquia, es evidente. Miles de iniciativas buscan frenar un mal que parece desbordarse. En 2021, la autopercepción de pobreza alcanzó su punto más alto, según Medellín Cómo Vamos: el 32 por ciento de las mujeres así lo afirmó, frente al 30 por ciento de los hombres. La alimentación como derecho parece una utopía, a veces solo queda la caridad.