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“Medellín necesita un diagnóstico del conflicto”

El historiador Jorge Orlando Melo habla de la transformación que vivió la ciudad durante el narcotráfico.

  • Melo participó en el foro #MedellínEsMás que narcotráfico, de EL COLOMBIANO. FOTO CAMILO SUÁREZ
    Melo participó en el foro #MedellínEsMás que narcotráfico, de EL COLOMBIANO. FOTO CAMILO SUÁREZ
01 de julio de 2019
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Seis décadas de auge industrial y de bonanza, otra más de turbulencia y dos de aterrizaje de emergencia, hasta las más oscuras profundidades de su historia. El siglo XX fue de sombras y luces para Medellín, que vivió el esplendor de su desarrollo económico hasta los años 50, consolidando una ciudad moderna, con servicios púbicos de calidad, barrios planificados y sistemas masivos en servicio, a saber, un tranvía eléctrico y un ferrocarril.

La violencia política desatada tras el magnicidio de Jorge Eliécer Gaitán, en abril de 1948, produjo olas sucesivas de desplazados del campo a la urbe, lo que disparó el hasta ese momento controlado crecimiento demográfico. Los barrios de invasión, la marginalidad y el desempleo empezaron a cambiar el panorama en los años 60 y 70. En ese escenario emergieron negocios ilícitos –el contrabando, la marihuana y la coca– que terminaron de configurar la antesala de los años más críticos de la otrora “Tácita de plata”.

En diálogo con EL COLOMBIANO, el historiador antioqueño Jorge Orlando Melo habla de la transición sufrida por Medellín, antes y después de la época del narcotráfico, y de las perspectivas de futuro. Se requiere, dice, un nuevo pacto social para no retroceder.

Medellín fue una ciudad pacífica hasta los 50, con manuales de urbanidad, con planificación de barrios y con un tranvía eléctrico. ¿Cómo se gestó esa conocida “Tacita de plata”?

“Todas las ciudades fueron pacíficas hasta esa década, no solo Medellín, pero esta tuvo algo en particular: no hubo cultura de gran propietario y de indígenas. Se creó más bien una cultura individualista y, para controlarlos, los dirigentes de finales del siglo XIX hicieron un esfuerzo muy grande por promover valores culturales y de convivencia. Funcionó durante muchos años pero no fue suficiente. El propósito fue consolidar una ciudad muy moderna, con servicios públicos adecuados”.

“Para que la gente de la zona rural, que estaba llegando, aprendiera a convivir en la ciudad de manera adecuada, con reglas, se expidieron normas de limpieza, como no tirar las bacinillas por la ventana o amarrar los caballos en lugares específicos. Esas normas de urbanidad las escribió Tulio Ospina Vásquez. Esa idea de educar a los campesinos era de los empresarios y ricos de Medellín”.

“Así fue durante años cuando los que venían eran de la clase media de los pueblos, educada de forma elemental, y venían en pocas cantidades. Por eso Campo Valdés, Aranjuez o Manrique se pudieron hacer con cierto orden”.

¿Cuándo empieza el viraje a una violencia más generalizada en la zona urbana?

“Todo empieza a cambiar con la violencia en los 40 y los 50, cuando crecieron las olas migratorias del campo. Eso creó el primer problema. No había suficiente orden para organizar todo; además, venían sin plata porque habían sido desplazados a la brava. Como no podían comprar lotes hicieron invasiones y ahí se desordenó la ciudad, entre los 60 y los 70. Empezó a crecer el desempleo y aumentaron las invasiones. La ciudad se llenó de tugurios y creció gradualmente la violencia”.

“Se creó la imagen de una ciudad que tenía comunas de invasión. En ese momento coincide con la irrupción del narcotráfico y las oportunidades que ofrecía, dentro de una cultura supremamente individualista”.

¿Qué factores previos jugaron a favor de esa transformación cultural que promovió el narcotráfico?

“El factor comercial es importante porque crea una diferencia. Los otros factores son muy similares al resto del país. Cali en 1970 era muy parecida a Medellín, con barrios de invasión y con tradición de incumplimiento de la ley como la que tenía Antioquia. Lo diferente es la tradición individualista”.

“El contrabando, por ejemplo, era usual tanto en Cali como en Bogotá y Cartagena, donde era un hábito desde la Colonia”.

“Otro aspecto es el religioso, que controla la conducta en las cosas graves, es decir, por la religión puede que la gente no mate, pero no deja de comprar contrabando. La religión no sirve para controlar las prohibiciones civiles. Incluso trasciende la idea de que uno a otra persona no le puede robar, pero si se lo puede hacer al Gobierno”.

“El libro del padre Farías que se enseñaba en las escuelas del país decía que no pagar impuestos violaba la ley humana pero no la divina. Eso fue común en Colombia y América Latina, es una tradición española no propia de Medellín. Lo que es propio de Medellín es la independencia de las personas y una tradición individualista”.

¿Se le puede imputar la alteración de los valores solo al narcotráfico o nuestro ADN cultural ya traía elementos que favorecieron este cambio?

“Había algunos elementos. Algo es cierto: hay valores anteriores que preparan para que el narcotráfico sea admitido, pero apenas llega la influencia en los valores es muy grande. Cambia la manera como se conciben las cosas, lo que antes creía un grupo pequeño se vuelve general como las ganas de hacer plata”.

“Todos pueden tener aspiraciones de conseguir plata, pero el narcotráfico ofreció oportunidades de hacerla muy rápido en un momento en que era muy difícil. No cambió las aspiraciones pero ofreció alternativas para comprarle la nevera o la casa a la “cucha”. También es de proporción: pareciera que fuera mucha gente pero no, la mayoría de personas consigue la plata legalmente”.

Usted propone un nuevo diagnóstico sobre los fenómenos de violencia actual, ¿cuál es su justificación?

“Pienso que ya se resolvió una parte importante de la violencia que dependía de grandes grupos de narcotraficantes. Eso ya no lo tenemos. También desapareció la violencia del conflicto paramilitar. Eso ya se eliminó. Ahora tenemos que pensar en cómo reducir la violencia en lo que nos queda porque ya no son 6.000 homicidios al año sino 600”.

“Tiene mucho que ver con delincuencia más pequeña y, por eso, necesitamos saber cuáles quedan y cuántos afectan para tratar de intervenirlos, cuáles obedecen a conflictos personales y a negocios ilegales. No todo obedece a microtráfico”.

¿Es optimista con el futuro de la ciudad?

“No se va a dañar mucho más, tiende a mejorar pero muy lentamente. Para que mejore más rápido se debe tener un diagnóstico más exacto de lo que está pasando”.

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