Era la coronación misma de la Independencia del continente. El mariscal Sucre se adelantó para anunciar que la caravana de Bolívar, que venía de Lima, se dirigía a La Paz. A ocho leguas, dicen los relatos, el Ejército Patriota marchó en formación con sus jefes al frente. Entre los oficiales de mayor rango sobresalía el general Córdova, héroe de las llanuras de Ayacucho.
La caballería de los libertadores cruzó en medio de la algarabía mientras los indígenas bailaban danzas típicas y la multitud se agolpaba para ver el desfile. Al fin no había rastro realista en el Alto Perú.
La caravana terminó en la plaza principal donde estaba un solio con tres asientos, uno para Bolívar —que se ubicó en el centro— y otros para Sucre y Córdova, que se ubicaron a diestra y siniestra, tal cual trinidad. Un sacerdote coronó a Simón con un laurel de oro, recamado de piedras preciosas. Pero Bolívar les dijo que “no es a mí, señores, a quien es debida la corona de la victoria, sino al general que dio la libertad al Perú en el campo de Ayacucho (9 de diciembre de 1824)”, según reseña la biografía de Córdova escrita por Jaime Arismendy Díaz.
El general Bolívar agradeció a la mítica segunda división del Ejército de Colombia, que formaba en la plaza, y le entregó la corona a Sucre. Pero el mariscal tampoco recibió el honor y le donó el ornamento a Córdova por considerarlo el hombre clave de Ayacucho con las palabras que envalentonaron su división: “armas a discreción, de frente, paso de vencedores”.
Hoy, 194 años después, la corona despierta una disputa en Rionegro por definir en cuál lugar debe reposar. Su custodio desde hace 20 años dice que debe permanecer en el Museo de Arte Religioso, ubicado en la Catedral de San Nicolás, mientras que la alcaldía pretende llevarlo al Museo de Arte de Rionegro.
Tamaña recompensa
La joya, según la biografía de Córdova de Pilar Moreno de Ángel, fue ejecutada por un orfebre anónimo que se sometió enteramente al gusto de la época napoleónica recurriendo a los símbolos usuales para galardonar a los vencedores: oro, diamantes y laureles.
Pero la historia cuenta que Córdova tampoco se quedó con la guirnalda de 18 kilates, 20 entorchados en hilos de oro, siete florecillas de plata y cinco chispitas de diamante (305 en bruto, en total), unos 554 gramos llenos de historia.
En una carta fechada el 10 de septiembre de 1825 desde La Paz y dirigida a la municipalidad de Rionegro, el prócer, nacido en Concepción en 1799, dice: “Yo no hubiera sido capaz de resistir este honor sagrado en mi cabeza, porque no lo merezco, si no me hubiera puesto como al jefe de los dos mil bravos que arrollaron seis mil de los vencedores en catorce años, porque cada valiente de aquellos es digno de tamaña recompensa”. Luego se pregunta: “¿En qué lugar más digno deberá colocarla que en la sala capitular de dónde nací?”.
Cuenta Moreno de Ángel que tras expresar su voluntad, la guirnalda fue llevada a Rionegro por el capitán Nicolás Caicedo, hecho que generó fiestas y jolgorio a su llegada en enero de 1826. La primera noche pasó en una sala de la casa del alcalde primero, Juan Crisóstomo, donde hubo francachela frente al retrato de Córdova que solo regresaría a su tierra a liderar la rebelión contra Bolívar, autonombrado dictador, intento en el que fue asesinado por la Legión Británica en El Santuario el 17 de octubre de 1829.
El viaje del emperador
Tras su muerte y luego del avispero en el que se convirtió Colombia —entre 1812 y 1886 hubo nueve guerras civiles—, la corona pasó de familia en familia hasta 1888. En ese periodo, cuenta Álvaro Arteaga, quien preside el museo religioso y custodia la joya, se perdieron algunas piedras.
Por eso, al fundarse el Banco de Oriente en Rionegro, en 1883, las autoridades decidieron llevar la corona a sus instalaciones que después llevaron el nombre de Bancoquia y luego de Banco Santander. El 26 de octubre de 1999 el gerente de la entidad le hizo entrega al municipio de varios elementos históricos, entre ellos, la olvidada corona.
Arteaga, entonces presidente del Centro de Historia de Rionegro, recibió la pieza y en un sobre de manila se lo llevó y lo depositó en cajas de seguridad en el museo.
Durante 20 años la guirnalda de oro permaneció en el mencionado museo sin mayores sobresaltos, salvo los desfiles militares a los que era llevada para darle garbo al festín.
En una carta a José María Obando, en 1827, Córdova escribió: “No se puede usted imaginar lo afligido que está mi corazón al ver el caos en que nos encontramos”. Bien podría adaptarse la frase a la disputa en que se convirtió el destino de la bendita corona.
Resulta que la actual alcaldía construyó debajo del parque principal el Museo de Arte de Rionegro, en el cual pretende exhibir la alhaja. Para tal fin, el 29 de agosto pasado ordenó el traslado de esta y otras 32 piezas, entre miniaturas, porcelanas y vitrinas, so pena de realizar las respectivas denuncias y querellas.
Dice la administración que la urna de seguridad dispuesta tiene vidrios templados, con blindaje nivel tres, con chapa de seguridad de caja fuerte, además de un sistema eléctrico de alarmas conectado al centro de control municipal.
El argumento del traslado es que los rionegreros puedan disfrutar del recuerdo vivo de Córdova y que se cumpla su deseo, según Vladimir Castro, secretario de Servicios Administrativos de Rionegro. Castro indica que la alcaldía radicará un oficio ante la curia en la que se solicitará la entrega de las piezas en cinco días.
Pero Álvaro Arteaga, el custodio de la joya por 20 años, no está de acuerdo. Argumenta que el Concejo es la máxima autoridad y que este debe disponer de la corona. “Me opongo a entregarla, el alcalde impone su voluntad y no respeta. La sala capitular es el mismo Concejo, no el museo nuevo en el que corre peligro. Sería el primero en conseguir abogado para demandar y se cumpla la voluntad de Córdova”, afirma. Dice que recogió 6.300 firmas para conservar el actual depósito y que pese a la solicitud del obispo hará lo que diga el Concejo.
El 26 de noviembre, esta corporación, después de escuchar antropólogos, arqueólogos e integrantes del Consejo Municipal de Cultura, decidió elevar consulta al Ministerio de Cultura, indagando por sus competencias en el pleito.
Sin definición a la vista, Castro dijo que si cumplido el plazo no reciben la corona, aplicarán el Código de Policía para recuperar los elementos.
Arteaga se mantiene en su posición de línea de batalla. “Que recurran (a vías legales). Me mantengo en mi posición, no hay ningún problema”.
“Suplico (que Rionegro) reciba el homenaje —culmina la carta de Córdova— que le presenta con la más benigna intención, el que por su valor moral haré después de esta generación, honor a las virtudes y patriotismo de ese pueblo adorado de mi alma”.
Discreción sin armas, señores, diría Córdova.